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Argentina es la aristocracia del genio: en el arco, el capitán indiscutible que odiaba el fútbol, al que consideraba un juego estúpido y una pérfida invención de los ingleses: Jorge Luis Borges es un atajador inmutable. No necesita moverse porque cada pelota que llega ya fue soñada, pateada y refutada por otro Borges enfáticamente circular.
Argentina es la aristocracia del genio: en el arco, el capitán indiscutible que odiaba el fútbol, al que consideraba un juego estúpido y una pérfida invención de los ingleses: Jorge Luis Borges es un atajador inmutable. No necesita moverse porque cada pelota que llega ya fue soñada, pateada y refutada por otro Borges enfáticamente circular.
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Frente a él, la línea de contención es un dechado de inteligencia desconfiada. Piglia sabe leer la jugada del rival antes de que al rival se le ocurra: para él todo partido es una conspiración y él tiene las pruebas que lo demuestran. Juan José Saer retiene la pelota hasta la exasperación, fiel a su zona, al río, a la frase que no termina nunca porque pervive en la memoria del espectador. Y Bioy, el socio perfecto, nos recuerda que no siempre hay que ser la estrella para ganar el partido.
Escritor argentino Julio Cortázar. (Foto: Wikimedia)
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En el mediocampo reina Cortázar, el ‘10’, que pierde tres pelotas por intentar una gambeta imposible y a la cuarta fabula una jugada que no existe en los manuales. Juan Gelman distribuye hondo, siempre entregando al compañero indicado: capitán moral sin brazalete. Y Aira, extremo perpetuo, corre hacia adelante sin mirar nunca atrás porque enmendar es de cobardes y de cada 10 desbordes desconcertantes, no menos de tres acaban en gol.
El tridente de ataque es una maravilla: muy pocas selecciones del continente pueden exhibir tal poderío. Se despliega con una ferocidad que el resto del once contempla con respeto. Hebe Uhart es una jugadora de maravilloso y bucólico potrero con un humor seco que se ríe de la solemnidad de sus compañeros y contrincantes. Mariana Enríquez sabe causar terror en las defensas contrarias. Ejerce una técnica sucia y mortífera: hace verosímil lo impensable, la mejor manera de quedar en soledad ante el arco. Y la imprescindible Samanta Schweblin, cuya obra es concisa, pero todos sus goles son importantes. Es un elenco que juega con la soberbia hermosa de la posteridad y del mito fundacional. La mejor de las coartadas posibles.
España no se acompleja. Deslumbrar no es lo suyo. Salió a resistir, al juego de la paciencia y a todas las formas austeras con las que es posible ganar. Donde Argentina apuesta a la genialidad que en un minuto lo cambia todo, España arma un bloque coral, curtido en los campos de la historia, a puro pulmón, ejerciendo una táctica violencia cuando hace falta.
Bajo los tres palos, Javier Marías sabe demorar las cosas cuando es necesario. Tres páginas de subordinadas para hipnotizar al rival y desactivar cualquier arremetida peligrosa. La defensa es un muro de macizas disidencias. Juan Goytisolo se fue a jugar a Marrakech, pero su rabia es intrínsecamente española, aunque se esfuerce en negarlo cada jugada. Luis Goytisolo, ya inmortal, marca sin fallas y en silencio, sin pensar en los aplausos fugaces: destino de central elegante y rocoso, como los que no se encuentran ahora. Chirbes baja al barro, hace entradas a destiempo y nunca sonríe en las fotos antes del partido, porque no encuentra ningún motivo válido para ella. Y Vila-Matas, imposible de marcar porque nunca está donde se supone: el ideal del líbero invisible.
Escritor español Javier Marías.
/ J. P. GANDUL
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El mediocampo es altamente laborioso. Muñoz Molina cubre toda la banda, infatigable, dueño de un físico labrado con puro oficio, siempre dispuesto a sacrificarse para que otros brillen. Cercas organiza desde la duda: cada novela suya está protagonizada por un jugador preguntándose en voz alta si debe hacer el pase o no y esa vacilación resulta ser la lucidez que conduce al gol, casi siempre hermoso y extraño. Almudena Grandes corre y crea y marca por los que ya no pueden hacerlo, sin pedir nunca el cambio; el vestuario nacional es más cálido con ella.
Y entonces aparecen los dos poetas, que son el talento raro capaz de decidir un partido donde el marcador no quiere abrirse. Gil de Biedma es intermitente y tiende a aislarse, pero cuando aparece no perdona. Antonio Gamoneda, capitán y ariete mineral, establece su propio partido en una lengua que él mismo ha forjado, y por ello indescifrable para los defensas. En punta, Marsé, nueve tosco y héroe de barrio, repleto de gambetas y quiebres aprendidos en las calles de una Barcelona que ya no existe más.
Es un equipo que, si va a ganar, lo hará por convicción. ¿Tiene menos genio que el rival? Seguramente. Pero es más equipo y eso siempre suma.




