Pero su regreso a nuestro país no responde solo a la cartelera. Para Darín, Perú, también está ligado a un recuerdo familiar.
“Guardo grandes momentos, pero el más especial es un viaje que hice con mi familia, invitados por el Ministerio de Cultura y Turismo. Recorrimos Cusco, llegamos a Machu Picchu y luego volvimos a Lima. Fue un periplo de dos semanas extraordinario, una de esas experiencias que te marcan en la vida, no solo a mí, sino también a mis hijos y a mi mujer”, confiesa.
LEE MÁS: Andrea Pietra: “Los años me dieron calma para no ponerme tan nerviosa como al principio. Hoy disfruto más”
Ricardo Darín interpreta “Escenas de la vida conyugal” de manera intermitente desde el 2013, cuando la obra se estrenó en el Teatro Maipo de Buenos Aires. Desde entonces, el montaje ha girado por Argentina, España, Chile, Uruguay y Perú, primero junto a Érica Rivas y luego con Andrea Pietra. Once años después, la obra sigue llenando salas y encontrando eco en el público.
La explicación, cree, está en el corazón mismo del texto de Ingmar Bergman. Su capacidad para poner en escena la naturaleza inestable, contradictoria y profundamente reconocible de las relaciones de pareja.
“A través del tiempo, no han cambiado demasiadas cosas entre las parejas. Por eso sigue interpelándonos, nos pone frente a un espejo en el que podemos reconocernos en sus acciones, discusiones y en sus párrafos. Y quizás ahí radica su fuerza. Habla de cosas profundas y serias, pero con un tono de humor que vuelve todo mucho más amable”, afirma.
Esa misma vigencia, que Darín reconoce en la obra, también ha transformado su propia relación con el personaje. Con los años, admite, su mirada se volvió más atenta a los matices. Las obras bien escritas, sostiene, se vuelven más hondas con el tiempo.
“Uno aprende todos los días y va comprendiendo con mayor profundidad qué quiere decir tal cosa, a dónde va, de dónde viene. Función tras función, ensayo tras ensayo, va encontrando nuevos sentidos en los textos, nuevas razones detrás de cada frase, de cada reacción y de cada silencio. Cada vez que con Andrea nos juntamos para ensayar, no solo para pasar letras, sino para reflexionar sobre la obra, siempre encontramos algo nuevo. ¿Por qué? Porque el mundo y nosotros estamos en movimiento”, dice.
Esa búsqueda constante de nuevos sentidos es la misma que hoy define su forma de acercarse a Juan. Darín insiste en que no le gusta justificar a los personajes ni juzgarlos de antemano. Prefiere habitarlos y entenderlos desde adentro. El juicio, cree, debe quedar del lado del público. Pero si algo lo sigue conmoviendo de su personaje, más allá de sus zonas oscuras, es precisamente esa sinceridad en un mundo que —según dice— suele inclinarse con demasiada facilidad por la hipocresía o la mentira.
“Es polémico y criticable, sobre todo para la platea femenina, pero yo rescato ese rasgo de alguien que, más allá de todo lo que está ocurriendo, es absoluta y brutalmente sincero. Comete un ‘sincericidio’”, detalla.
Sobre esa tensión emocional se apoya también buena parte de esta etapa de la obra, marcada por su trabajo junto a Andrea Pietra. Darín subraya que no solo comparten años de amistad, sino una confianza que se traduce directamente en escena. En una pieza sostenida por dos personajes, dice, esa conexión resulta decisiva.
LEE MÁS: “Escenas de la vida conyugal”, con Ricardo Darín y Andrea Pietra, amplia su temporada
“Andrea es como una hermana para mí. Nos conocemos hace muchos años y esa confianza se traduce en el escenario. Además de ser una gran actriz, es una compañera muy generosa, siempre dispuesta a servirle la escena al otro. En una obra como esta, eso es fundamental. Su llegada le dio a la pieza una humanidad, una feminidad y una ternura que realmente cambiaron su tono”, asegura.
Con esa misma naturalidad con la que habla de sus compañeros de escena, Darín recibe también los elogios sobre su propia trayectoria. Lejos de asumir el lugar de “mejor actor” de su generación, dice no creer en rankings ni en coronas.
“No creo en eso de ser el mejor. Los actores tenemos etapas, momentos, y dependemos mucho de los proyectos, de los directores, de los compañeros y de las oportunidades. Sería injusto y arrogante quedarme con un elogio así, sobre todo cuando he tenido la suerte de encontrar gente que confió en mí y me abrió puertas”, afirma.
Esa resistencia a pensar la carrera en términos de jerarquías se advierte también en su relación con Hollywood. Aunque durante años recibió ofertas para trabajar allí, nunca lo asumió como una meta pendiente. Las propuestas —tres, según recuerda— no terminaron de convencerlo: en algunos casos por los personajes, en otros por las condiciones. La más conocida se dio mientras estaba en España con “Art”, cuando le pidieron interpretar a un narcotraficante mexicano en la película “Hombre en llamas” (2004), dirigida por Tony Scott y protagonizada por Denzel Washington. Él prefirió volver a casa.
“No estaban dadas las condiciones y lo que me ofrecían no terminaba de conmoverme. Fueron dos o tres veces, pero los personajes no me convencían. En una de esas oportunidades yo estaba en España haciendo teatro y me proponían volar a Los Ángeles para reunirme con un director. Les dije que no podía, que tenía que volver a mi casa, a ver a mi mujer y a mis hijos. Les costaba entenderlo, porque existe cierta idea de que Hollywood es la meca. Pero no tenía nada que ver con estar en contra de Hollywood: simplemente no acepté algo que no me cerraba”, recuerda.
Hablar de lo que no aceptó le resulta más sencillo que detenerse en aquello que, con los años, preferiría haber hecho de otra manera. Aunque reconoce que no todas sus decisiones lo dejaron conforme, evita entrar en detalles por respeto a los proyectos y a las personas con las que trabajó. Prefiere admitir que en una carrera larga hay elecciones más acertadas que otras, sin convertir ese balance en un ajuste personal.
“Hay cosas de las que no me siento orgulloso, pero no me gusta hablar de ellas porque sería injusto con los colegas. A veces das en la tecla y otras veces no. Cada vez que encaro un proyecto, si tengo que ser honesto, no tengo la menor idea de lo que voy a hacer. Tengo presunciones, una imagen aproximada, pero después necesito discutir con el director, encontrarme con mis compañeros, revisar y analizar el texto. Hay muchos caminos posibles, y a veces, a la distancia, veo ciertas cosas y pienso que podría haberlas evitado o hecho mejor”, dice.
La misma reserva con la que evita exponer sus errores aparece cuando habla de Javier Bardem. Darín supo que, en una reunión con figuras de peso en Hollywood, el actor español había desviado los elogios sobre su propia carrera para mencionar la suya. No eran amigos ni siquiera se conocían, pero Bardem lo citó como una referencia y mencionó una de sus películas. A Darín ese gesto lo sorprendió por su rareza en un medio donde ese tipo de generosidad no abunda.
“Javier es un ser muy generoso y sensible. Es tan grande como actor y como ser humano. Cuando me enteré de lo que había dicho sobre mí, empecé a buscar un camino para conocerlo, para agradecérselo, y así nació una amistad que ya tiene más de 25 años”, cuenta.
Su vínculo con el Perú también pasa por el cine. Recuerda con claridad “La teta asustada”, la película de Claudia Llosa que en el 2010 compitió con “El secreto de sus ojos” en la carrera al Oscar. Dice que la vio y que le impresionó tanto la dureza de la historia como su nivel de realización.
“La vi dos veces, porque me encantó. Es una película dura, pero también uno de esos exponentes del cine que están en peligro de extinción. Es una obra genuina de un grupo de personas muy valientes, con una historia apabullante y un nivel de realización superlativo. Hay que tener mucho coraje para contar algo así, y ellos lo tuvieron”, afirma.
A esta altura de su carrera, lo que aparece no es la ansiedad por lo que falta, sino una disposición a seguir aprendiendo. Cuando se le pregunta qué le falta por hacer, no menciona un proyecto ni un personaje pendiente.
“No sé qué me falta por hacer, pero sí sé que quiero seguir aprendiendo. Para mí, vivir también es incorporar algo nuevo cada día. Se aprende de la gente joven, de la tecnología, de los cambios del mundo y también de esos prejuicios que uno arrastra desde la infancia y que, al revisarlos, descubre que ni siquiera te pertenecen”, sostiene.
Esa misma voluntad de revisión la aplica también sobre sí mismo. Entre los errores que hoy reconoce menciona dos con honestidad: no haber terminado los estudios y no haber cuidado antes el cuerpo.
“No terminé mis estudios secundarios, universitarios. Empecé a trabajar desde muy chico y me absorbió toda la energía, el trabajo en la actuación. No me quiero justificar, pero era muy joven, tenía 12, 13, 14 años, mis padres estaban separados y en mi casa hacía falta ayuda económica. Trabajar me absorbió mucho tiempo. De eso me arrepiento”, dice.
Tras adelantar que “Lo dejamos acá”, el thriller argentino que protagoniza junto a Diego Peretti, llegará a las pantallas en el segundo semestre de este año, Darín cuenta que ya se prepara para otro desafío actoral y físico: la segunda entrega de “El Eternauta”, cuyo estreno está previsto para los primeros meses del 2027.
“Tengo que estar muy bien de piernas, sobre todo fortalecer los cuádriceps, porque habrá muchas corridas. Ya en la primera temporada me tocó hacer escenas con un vestuario muy pesado, al que se suman armas, cascos, escafandras y mochilas. En total, cargo entre 20 y 25 kilos encima. Hacerlo una vez no pasa nada; hacerlo quince veces, corriendo 150 metros, te obliga a estar realmente preparado”, explica.
Así vuelve ahora a Lima: con “Escenas de la vida conyugal”, una obra que medio siglo después sigue encontrando eco porque habla de lo que nadie termina de resolver del todo: el amor, la convivencia, el desgaste y sus heridas.
“La vida ha sido muy generosa conmigo, aunque también me golpeó duro, como con la muerte de mi hermana. He perdido a mucha gente querida, pero también he recibido mucho. Por eso uno tiene que aferrarse a lo positivo y tratar de mantener la mente clara. Ese es el secreto”, subraya.
DETRÁS DEL ARTISTA
En su vida personal, Darín también construyó una historia de largo aliento. Conoció a Florencia Bas en 1987, en una pizzería de la calle Corrientes, en Buenos Aires. La atracción fue inmediata, pero el vínculo se consolidó con el tiempo. Se casaron en 1988 y formaron una familia con sus dos hijos, Ricardo —‘Chino’— y Clara. Darín recuerda ese comienzo como una escena breve y reveladora. La vio pasar desde el ventanal de una pizzería donde estaba con amigos; cruzaron miradas y algo lo impulsó a salir tras ella. La alcanzó en la vereda, cruzaron juntos la avenida y, del otro lado, casi sin pensarlo, la invitó a bailar. Así empezó una historia que, con los años, se convertiría en uno de los pilares de su vida. “Es casi como la letra de una canción popular. Desde que nos conocimos nos quedamos pegados. Su aparición en mi vida fue algo impresionante. El amor, el cariño y el afecto fueron creciendo a medida que la fui conociendo: su sensibilidad, sus sentimientos, su manera de pensar, su forma de tratar a los demás. Su identidad, su singularidad. Es un ser luminoso para mí y, sin duda, el pilar fundamental de nuestra vida familiar es ella”, confiesa.
El dato
“Escenas de la vida conyugal” va desde el 22 al 26 de abril en el Auditorio del Pentagonito. Entradas a la venta en Teleticket.













