Es uno de los museos más bellos del mundo y el destino turístico imperdible de la capital. En sus salas alberga 50 mil piezas prehispánicas que se abren como un portal al pasado para seguir comunicándose con nosotros. Cubierto de buganvilias siempre floreciendo, rodeado de jardines desde donde todavía se puede ver el cielo limeño, el Museo Larco de Pueblo Libre sostiene en su museografía la vigencia de quienes caminaron nuestro territorio siglos atrás y dejaron en sus expresiones de barro, tejidos y metales, su sabiduría.
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Pero la historia del museo no comenzó aquí, en este distrito histórico. Se remonta a Chiclín, en la costa norte de La Libertad, donde Rafael Larco Hoyle albergó hace 100 años sus primeras colecciones distribuidas a su criterio, siempre pensando en acercarlas a los habitantes de esas tierras para que reconocieran en ellas su pasado.
Rafael Larco Hoyle sostiene una pieza de la cultura Recuay. Investigó el pasado precolombino en diversos libros como “Los cupisniques” y “La escritura mochica sobre los pallares”.
/ Museo Larco
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Larco creció rodeado de piezas arqueológicas y un profundo interés por la cultura peruana. Su padre Rafael Larco Herrera era coleccionista y él mantuvo esa enorme fascinación por las civilizaciones prehispánicas bastante arraigada. De pequeño se fue a vivir a Estados Unidos para educarse. Estudió administración, finanzas e ingeniería y regresó al Perú con todo ese conocimiento en 1923, pero también trajo a este continente el interés de la época en la formación de los grandes museos. “Estamos hablando de la época del indigenismo. Es la época de las vanguardias en donde sí hay un interés por reconocer que la cultura propia es la base de una identidad. No pensó únicamente en formar una colección, eso existía bastante, sino en hacer un museo para la gente. En 1926 lo funda en su propia Hacienda Chiclín, construye el edificio del que sigue existiendo la fachada”, nos cuenta Ulla Holmquist Pachas, mientras damos un recorrido por el depósito del Museo Larco, uno de los espacios más fascinantes que alberga. Holmquist Pachas es arqueóloga, museóloga y directora de este museo en el que ha pasado décadas de su vida. Es como su segunda casa.

La arqueóloga Ulla Holmquist Pachas llegó al Museo Larco hace 30 años. Actualmente se desempeña como directora. Detrás, un imponente atuendo de oro moche.
/ @richardhirano
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Gracias al apoyo de su padre, Rafael Larco Hoyle inició su propia colección. Con el tiempo, fue adquiriendo nuevas colecciones norteñas, como las procedentes de los valles de Virú y Moche, de personas que habían gestado sus propias colecciones y tenían el interés de preservarlas: “Desde un inicio tuvo el deseo de formar un museo”, señala la directora. “Va albergando las colecciones que forma y el estudio para entender qué era antes y de qué hablaba esta elevada cultura. Él tenía un enorme cariño por la cultura Mochica porque finalmente era la cultura local que expresaba el haber alcanzado un gran desarrollo civilizatorio, agrícola y con expresiones religiosas tan potentes en su mitología”. Larco consideró que la gente con la que trabajaba en su hacienda era heredera de este conocimiento desarrollado cientos de años atrás. También tuvo mucho interés por entender ese gran desarrollo agrícola de la costa norte que logró alimentar a grandes poblaciones, un potente desarrollo hidráulico, construcciones monumentales, y que a su vez pudo dejar piezas de una expresión artística elevada.
Holmquist nos explica que Larco entendió al museo como una gran biblioteca o un centro del saber, que cada pieza es un libro abierto, un espíritu que conserva hasta el día de hoy. En 1956, el museo se traslada a Lima, a la bella casona virreinal del siglo XVIII, de puertas, ventanas y aires trujillanos, en Pueblo Libre, donde nos encontramos.
Siempre a la vanguardia
A diferencia de la mayoría de museos del mundo, por su depósito se puede caminar, ver de cerca cada pieza en sus vitrinas —son más de 30 mil cerámicas cupisnique, virú, salinar, nasca, mochica, huari, chimú, chancay… todo un sueño para investigadores nacionales y extranjeros—. Estos espacios suelen ser inaccesibles, pero el Museo Larco conserva el principio de divulgación de su fundador, una mirada vanguardista que busca compartir el conocimiento ancestral, aún vigente, de nuestros antepasados, al que muchas veces deberíamos volver.
El depósito visitable forman parte del recorrido que enriquece y da una visión más completa de la narrativa del museo.
/ Museo Larco
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Lúcumas, pepinos, yucas, pacaes, maíz, papas; es decir, los frutos de la tierra aparecen representados en cerámica, así como felinos, ballenas, aves y una diversidad de peces que fueron su alimento. Pero van más allá. Son ancestros, mitología, seres sagrados de los Andes. Los hombres pallares, por ejemplo, son los chamanes; pero a la vez son semillas producto de las cosechas, son vida. Ulla nos explica que los pallares están en el momento entre el fin de la cosecha y el reinicio del ciclo agrícola: “La semilla es la vida en potencia. Pero tiene que haber un tiempo en el cual la recoges, la guardas, la cuidas y luego la metes adentro de nuevo para que germine”. Se trata de tiempo y de ciclos.
Ingresar en cada sala es acceder a una investigación actualizada, con muchos datos e información que siempre se están renovando. Y al mismo tiempo, es un viaje entretenido y enriquecedor. Al ingreso a la exposición nos reciben cabezas clavas de distintas culturas. Las tres primeras salas no se dividen en períodos o en el detalle de estilos de cada cultura (que puede tornar densa la visita), sino en conocer la cosmovisión en su conjunto. Así, se organiza en culturas del norte, del centro y del sur: “Entre 2008 y 2011 hicimos una nueva curaduría de todo el museo, y ese fue uno de mis trabajos principales, en función de contar la cosmovisión. Hay mucho escrito sobre cada cultura. Lo que queremos es decir qué tienen en común y qué nos enseñan hoy sobre nosotros. Ese fue el gran cambio que hicimos, pero bebiendo de la selección de piezas que ya Larco había hecho”. La curaduría actual integró una narrativa con conocimientos de historia del arte, antropología, historia de las regiones y una conexión con las culturas vivas.
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Esta visión conversa con la Galería Erótica Checán, que alberga una colección con representaciones explícitas de actividad sexual del antiguo Perú que, en realidad, expresa mucho más que la sexualidad. Expone la relación entre los seres que habitan el mundo y la fertilidad. Es como introducirse en la mente de quienes ahora no existen, pero dejaron en sus piezas mensajes para entender lo que somos o podemos ser. Las piezas de oro, plata, joyería y textiles nos muestran sus vestimentas, ajuares y sus conexiones con el más allá. El sacrificio, la muerte, rituales y la música se entrelazan.
Uno de los proyectos del museo con más impacto ha sido la digitalización de su colección desde antes de la pandemia. Es así que cuando todo cerró, el Museo Larco estuvo preparado con sus colecciones colgadas online y de libre acceso para todo el mundo. “Se hace más accesible, pero se tiene que preservar —dice Holmquist Pachas—. Pedimos que sea citado de manera correcta porque queremos que la gente sepa dónde está, que existe en la vida real y se puede conocer un museo de Perú, de la ciudad de Lima. Así se animan a venir desde cualquier destino”.
En las salas del Museo Larco se va más allá de la apreciación estética: se puede comprender cómo los antiguos peruanos concebían el mundo de arriba, la tierra y el mundo de abajo; cómo afrontaban las crisis climáticas; y cómo superaban enfermedades y hambrunas ocasionadas por fenómenos como El Niño, que en este siglo XXI vuelve a encontrarnos sin prevención. Mirar al pasado para sostenernos en el presente es quizá la mayor lección de humildad que nos deja este museo centenario.




