domingo, mayo 3

A veces no valoramos del todo el impacto de la inclusión financiera. De hecho, como meta a la que debemos aspirar, suele quedar eclipsada por otros objetivos altamente importantes, como la disminución de la pobreza, la reducción de la informalidad y la lucha contra la inseguridad. Muchos la entienden simplemente como el acceso a una cuenta bancaria. Pocos la reconocen como lo que es: una vía muy potente para solucionar muchos de nuestros problemas cotidianos y mejorar la calidad de vida de las personas.

Pero empecemos por lo básico. ¿Cómo cambia, por ejemplo, la vida de quienes acceden a billeteras digitales? En nuestro país, herramientas como Yape han transformado la manera en la que se hacen negocios y nuestra relación con el dinero y las personas. Para muchos, sobre todo en zonas rurales, pagar servicios o darle dinero a un familiar o amigo implicaba viajar y asumir el costo y los riesgos de hacerlo. Ahora, eso ha cambiado para el 65% del país.

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Esta capacidad de transacción no solo es conveniente, también nos hace más resilientes. En tiempos de emergencia, como cuando las vías de tránsito están bloqueadas por desastres naturales, las billeteras móviles mantienen intacta la cadena de pagos y transferencias. Un individuo en necesidad de recursos no depende de una red de apoyo cercana, puede recibir respaldo desde lejos o, incluso, acceder a un microcrédito.

El sistema financiero, en general, permite a las familias capear de mejor manera las crisis, sobre todo cuando se le compara con mecanismos comunitarios como préstamos entre pares, donaciones recíprocas, o panderos que, sin duda, son valiosos, pero tienen limitaciones: los miembros pueden hallarse en problemas al mismo tiempo y, por ende, incapaces de ayudarse entre sí, por ejemplo. El sistema formal ofrece previsibilidad, estabilidad y flexibilidad en tiempos inciertos.

También hay una relación causa-efecto entre la adopción y uso de billeteras digitales y la reducción de la pobreza. Un estudio del Massachusetts Institute of Technology en Kenia (país que empezó a usar estas herramientas hace casi 20 años) mostró que su uso se asoció con un aumento significativo del consumo per cápita, por la posibilidad de mantener finanzas más ordenadas y guardar el dinero de forma segura. Calculan que, gracias a ellas, unas 194.000 familias salieron de la pobreza. Y el impacto fue especialmente notable en las mujeres, ya que más de 185.000 pasaron de la agricultura de subsistencia a pequeños emprendimientos, al poder asumir mayor independencia y control sobre su patrimonio.

A esto se suma evidencia recabada por el Consultative Group to Assist the Poor que muestra que los hogares con acceso a productos de ahorro o seguros formales tienden a asumir inversiones más arriesgadas, pero potencialmente más rentables, al contar con una red financiera que los protege frente a pérdidas inesperadas.

En síntesis, el impacto positivo y expansivo de la inclusión financiera es innegable. Perseguirla desde el sector privado, con productos bien diseñados y simples que pongan al usuario al centro y, en conjunto con el Estado, amplificando la educación financiera y cerrando la brecha de infraestructura digital, es clave. Como también lo es medirla de forma precisa, con herramientas como el Índice de Inclusión Financiera de Credicorp, que hace unas semanas presentó su quinta edición.

Como ven, no hablamos de tener una cuenta bancaria, hablamos de cambiar vidas.

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