Entre todos los grandes males que brotan y rebrotan en el Perú, sin que aprendamos cada lección, acaba de reaparecer uno fresco, amenazante, de dimensión catastrófica, tan viejo como nuevo: el mal de la miopía política.
Cómo la miopía política peruana no va a ser catastrófica, es decir, capaz de causar graves daños humanos, materiales e institucionales, cuando a mitad de camino de elecciones generales se cambia un presidente por otro al margen de la Constitución; cuando de un día para otro pasamos de la normalidad a la anormalidad en abastecimiento y costos energéticos, y a vivir una nueva temporalidad virtual, educativa y laboral; y cuando los postulantes al poder están más concentrados en cómo ganar las elecciones que en cómo gobernar y legislar, con una mirada electoral tan corta que no ven por dónde vienen y van los desconcertados votantes y sus demonios de última hora.
Los grandes males peruanos están, además, entrelazados y sumidos en complejidades, ya sea porque, en el caso del gas de Camisea, lo que hizo bien Alan García lo hizo mal Ollanta Humala, o ya sea porque los intereses privados se impusieron por sobre los intereses públicos. Lo cierto es que, en materia de exploración, explotación y comercialización de fuentes energéticas, tenemos un engorroso nudo de imprevisión, ineptitud, anarquía, cinismo y corruptela que puede explotar en llamas, como las lenguas de fuego que hemos visto apuntar al cielo en los últimos días en las alturas del Cusco.
Un componente de ese engorroso nudo, que tiene mucho que ver con la perversa visión de corto plazo de los sucesivos gobiernos (con los ojos apenas puestos sobre la nariz), es que carecemos de agresivas políticas de energía alternativa. Hemos ganado en hidroeléctricas y nos hemos estancado en lo demás. Hace poco, la Fuerza Aérea del Perú habría cancelado unilateralmente el ambicioso proyecto eólico José Quiñones, casi listo para entrar en operación en el 2026 en Lambayeque, con una inversión de 250 millones de dólares. Ahora prevalecen los contratos frágiles sobre las concesiones firmes. Y así como no sabemos qué hacer con Camisea y Petro-Perú, menos vamos a saber cómo movernos frente al alza del precio internacional del petróleo y su repercusión económica y social nacional, a raíz de la prolongada crisis bélica del Medio Oriente.
Las consecuencias catastróficas de nuestra vieja miopía política, medidas en incertidumbre e insatisfacción, deberían servir de prueba ácida en el actual proceso electoral en curso para no seguir mirándonos el ombligo y pensando en gobernar como si fuese un golpe de suerte.
Es la oportunidad, precisamente, de que la clase política aspirante al poder pueda entender, a la vuelta de las esquinas de abril y junio, que las funciones de gobernar, legislar y garantizar seguridad jurídica y estabilidad constitucional requieren a futuro de una visión de Estado de mediano y largo plazo, y que quien no la tenga, llegado el 28 de julio, tendrá que construirla a pulso noble y decente, con apertura, coraje, vergüenza y humildad, pero de ninguna manera pretendiendo conducir al país al despeñadero, como lo hizo Pedro Castillo.
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