Este resumen es generado por inteligencia artificial y revisado por la redacción.

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A mi hijita Bayolet le hicieron unos exámenes cuando tenía cinco años. Ya se había desmayado dos veces en el colegio y no sabíamos por qué… Ahí le encontraron mercurio”, narra Gladys Ordoñez, madre de la comunidad indígena de Shintuya, ubicada a orillas del río Madre de Dios, en la Amazonía peruana. Las mujeres de este territorio aún recuerdan al grupo de “forasteros” que llegó, hace una década, para tomarles muestras de sangre y cabello. Semanas después regresaron para advertirles que los peces que estaban comiendo, su principal alimento, podían estar contaminados.
“Nosotros dijimos que no, que eso no podía ser”, recuerda María Santos, otra madre de la comunidad. “Acá no sacamos oro. Acá no hay minería”. Pero el origen no estaba en el pueblo. Aguas arriba, la minería ilegal de oro vertía mercurio en los ríos de la región Madre de Dios, luego los peces entraban en contacto con el metal pesado y estos descendían con la corriente hasta terminar en los platos de decenas de familias.
Once años después, el problema es el mismo. La pequeña Bayolet ya cumplió 16 años, cursa cuarto de secundaria y dice que aún le cuesta concentrarse en clases. Cuenta también que su mayor anhelo es terminar el colegio y estudiar enfermería. De aquellos años recuerda el cansancio constante, el sueño en el aula, la debilidad y que tras el diagnóstico de afectación por mercurio solo recibió tratamiento contra la anemia.

Bayolet tenía cinco años cuando fue diagnosticada con mercurio en la sangre. Solía desmayarse en clases. Foto: Max Cabello
/ MAX CABELLO
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En su casa tratan de comer más pollo o gallina para reducir el consumo de pescado, pero no siempre les alcanza el dinero. Aquí las familias viven en pobreza, con índices de desnutrición y atención médica limitada. Su conexión con pueblos vecinos, además del río, son camionetas 4×4 que brindan el servicio de transporte privado sin horarios fijos. Cuando estos vehículos aparecen, unos veinte niños y adultos se abalanzan y apretujan dentro y en la tolva de cada uno. Cuerpos superpuestos en un largo y peligroso trayecto de tres horas.
“Creo que el Estado debería informarnos y volver a hacer nuevos estudios. No solo a los niños, también a los padres, porque la minería en los alrededores ha avanzado mucho y no sabemos qué hacer en estos casos”, dice Gladys Ordoñez.
Shintuya es uno de los diez territorios indígenas —de las etnias Harakbut, Yine y Matsigenka— asentados alrededor de la Reserva Comunal Amarakaeri. Esta área protegida, repartida entre las regiones de Madre de Dios y Cusco, no solo se ubica en una de las zonas más biodiversas del país, sino también en uno de los focos más críticos de contaminación por mercurio debido a la expansión aurífera. Solo entre 2021 y 2023, la minería arrasó 1800 hectáreas en tres comunidades que rodean la reserva, según un reporte de febrero de 2024 del Proyecto Monitoreo de la Amazonía Andina (MAAP).
En los últimos años, varias de estas comunidades amazónicas y centros poblados ubicados en la ruta del tránsito minero han recibido la visita de científicos de universidades, nacionales y extranjeras, que buscan medir el impacto de los metales pesados en la población. Los “forasteros”, como los llaman en Shintuya, les dejaron un mensaje que aún resuena: el mercurio está servido en sus mesas.

Las familias de los pueblos harakbut, yine y matsigenka rodean la Reserva Amarakaeri y están afectadas por el pescado contaminado. Foto: Max Cabello
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Para dimensionar la magnitud de este problema, Mongabay Latam construyó una base de datos que reúne 7725 muestras de mercurio en humanos y más de 5900 en peces, tomadas a orillas de los ríos amazónicos de Madre de Dios en Perú, Beni en Bolivia y Madeira en Brasil. El análisis de los 39 estudios científicos, publicados entre 1997 y 2024, reveló que los habitantes de al menos 249 comunidades indígenas y ribereñas han estado expuestos a la contaminación a lo largo de 27 años. Además, que 702 comunidades más están en riesgo solo por estar situadas entre los focos de minería ilegal y los casos de personas que dieron positivo a la presencia de mercurio.
En el caso de Perú, los investigadores tomaron 3380 muestras a personas de 102 comunidades y 78.4 % de ellas —80 localidades— presentaron niveles de mercurio por encima del límite permitido por la Organización Mundial de la Salud (OMS). En el caso de las 846 muestras en peces, tomadas en por lo menos 16 comunidades de la cuenca del río Madre de Dios, los estudios revelaron que dos especies de alto consumo para los pobladores indígenas y ribereños tienen mercurio en sus tejidos. Además que 291 comunidades más desconocen cuánto metal pesado hay en sus cuerpos y el peligro de esa exposición constante.
Tras analizar estos datos, Mongabay Latam visitó las comunidades aledañas a la Reserva Comunal Amarakaeri, como Queros, Shintuya, Puerto Luz, y los centros poblados ubicados en en la zona de influencia minera, para saber qué pasó con los niños, niñas y madres gestantes que dieron positivo a mercurio hace más de diez años.

Los investigadores tomaron muestras de cabello y sangre a niños de las comunidades y centros poblados. Foto: Max Cabello
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Algunas madres de Shintuya preguntan cuándo volverán a hacerles más análisis de sangre. Otras quieren saber qué medicina pueden tomar para “limpiarse” el metal o cómo reconocer los síntomas de una intoxicación por mercurio. Las mujeres sin dudarlo culpan a la pandemia. Dicen que fue el momento en que la crisis económica y alimentaria se agravó y los obligó a recurrir por temporadas a la minería para subsistir. Si bien en su territorio no se practica esta actividad, algunos pobladores harakbut se ven forzados a migrar por pequeñas temporadas para trabajar en los enclaves del oro ilegal y eso los expone a un mayor riesgo. No tienen otra opción.
“Yo ayudo a mi pareja en la mina. Algunos meses al año vamos a las zonas de Quincemil y Delta. Entramos al río, extraemos, lavamos, pero también quemamos mercurio. Eso no sé cómo nos afecta… Me han dicho que es malo. No sé si mi esposo está enfermo o si yo lo estoy ¿Quién nos puede explicar eso?”, dice Iris Yante, madre de tres niños que están expuestos a la contaminación.
En uno de los estudios extraídos de nuestra base de datos, los investigadores analizaron la relación entre los niveles de mercurio y el desarrollo cognitivo, motor y visual de los niños que viven cerca de la minería artesanal y de pequeña escala. Para ello, tomaron muestras de cabello a 164 niños y niñas, de entre 5 y 12 años de edad, de 14 pueblos urbanos y no urbanos que rodean la Reserva Comunal Amarakaeri. Seis de estos pueblos corresponden a las comunidades indígenas de Diamante, Shipetiari, Puerto Luz, Boca Isiriwe, Puerto Azul y Shintuya.

En las comunidades indígenas piden más información sobre cómo prevenir los daños por mercurio. Foto: Max Cabello
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La investigación se realizó entre el 2015 y 2016, como parte del Estudio de Cohorte Amarakaeri (AmCS por sus siglas en inglés) liderado por investigadores de la Universidad de Duke, de Estados Unidos, a través del Duke Global Health Institute, en alianza con científicos de instituciones extranjeras y peruanas. El documento, publicado en 2020, reveló que un tercio de los niños evaluados (32.9 %) presentaba niveles de mercurio en el cabello superiores al límite establecido por la Organización Mundial de la Salud (OMS). Los pequeños afectados mostraban un déficit en su capacidad cognitiva, una reducción en su estado físico en general y problemas en la respuesta motora visual.
Los datos también mostraron que los menores de edad que viven en las comunidades indígenas presentan mayores índices de toxicidad que sus vecinos de los centros poblados o urbanos: el nivel promedio de mercurio hallado en sus cabellos fue de 4.1 miligramos por kilo (mg/kg), en comparación al 1.6 mg/kg detectado en los niños no indígenas. En general, el 85 % de las muestras tomadas a menores indígenas rebasó el nivel de seguridad de 2 mg/kg señalado por la OMS.

La minería artesanal e ilegal ha rodeado la Reserva Comunal Amarakaeri. Foto: Max Cabello
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En Shintuya, las casas de madera empiezan a ceder terreno al ladrillo y al cemento. En medio de sus bosques, la construcción más moderna es el colegio: un punto de encuentro donde llega el internet y los niños se reúnen a jugar. Washington Anyosa Bernales, uno de sus profesores más antiguos, cuenta que los estudiantes siguen presentando problemas de atención, y lo atribuye al uso de celulares, no a la exposición a metales. Pero en su propio relato aparece otra pista: “La mayoría son niños que, en vacaciones, se van con sus padres a las zonas mineras. Ellos trabajan con el oro y la familia se mueve con ellos… Migran constantemente. Cambian de colegio, por eso vemos mucho ausentismo”, señala.
Anyosa recuerda que un grupo de científicos llegó a este colegio hace una década, cuando su infraestructura era precaria. Allí reunieron a docentes y alumnos para explicarles cómo intentar reducir la intoxicación. Por ejemplo, consumir frutas con antioxidantes y nueces, por su contenido de selenio, y reducir el consumo de peces depredadores que almacenan más mercurio.
La recomendación tiene sustento científico. Claudia Vega, del Centro de Innovación Científica Amazónica (CINCIA), explica que la principal vía de exposición al mercurio en zonas mineras es el consumo de peces carnívoros, pues estos, al devorar peces más pequeños, terminan concentrando más metal en su interior. Por eso, recomienda el consumo de especies de menor tamaño, como el boquichico (Prochilodus nigricans) o la carachama (Pterygoplichthys pardalis), en comparación al dorado (Brachyplatystoma rousseauxii) o la doncella (Pseudoplatystoma punctifer).

La minería artesanal e ilegal ha rodeado la Reserva Comunal Amarakaeri. Foto: Max Cabello
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En esta cadena alimenticia, los peces acumulan metilmercurio, una sustancia que se forma en el agua a partir del mercurio y que constituye la forma más tóxica de este metal. José Alfonso Apesteguia, químico especializado en toxicología y docente de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos, explica que este compuesto orgánico se absorbe con gran rapidez en el cuerpo humano y permanece en el organismo por meses, y en casos de exposición prolongada puede generar daños al sistema nervioso y a los riñones.
Don Víctor, vecino de Shintuya, no lo sabe. Cada viernes a las 9 de la mañana alista sus redes e instrumentos de pesca y los lanza al río que está a la espalda de su casa. “Es para mi consumo y lo demás lo vendo por acá. Aquí saco más boquichico, puro pescado pequeño. Se supone que es mejor ¿no?”.
El jefe comunal de Shintuya, Fernando Shimbo Vera, asegura que ninguna entidad del Estado ha realizado exámenes ni brindado charlas preventivas sobre metales pesados. Esa ausencia, dice, abrió paso a la desinformación: algunos pobladores difundieron que las muestras de sangre eran peligrosas o se vendían en el mercado negro. Hoy, muchos se niegan a someterse a pruebas.
Sin embargo, los estudios existieron y sus hallazgos fueron compartidos con el Estado. Desde Estados Unidos, William Pan, uno de los profesores que lideró el Estudio de Cohorte Amarakaeri, dice que estos fueron traducidos y compartidos con la Dirección Regional de Salud (Diresa) de Madre de Dios y con las familias de la comunidad. Mongabay Latam buscó la versión del Ministerio de Salud (Minsa) y la Diresa sobre las acciones tomadas, pero hasta el cierre de esta edición no hubo respuesta.

Mujeres gestantes, niños y niñas fueron incluidos en la toma de muestras. Foto: Max Cabello
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Entre el 2011 y el 2024, Pan y sus colegas publicaron 16 artículos académicos que abordan el impacto de los metales pesados en esta región amazónica. Los estudios se centran en la exposición al mercurio y al plomo, sus efectos en el neurodesarrollo infantil, el menor peso al nacer y en el periodo gestacional, así como su vinculación con la anemia y los riesgos asociados al consumo de pescado y animales de caza. Cinco de estos artículos fueron analizados en la base que desarrollamos para esta investigación.
Uno de estos cinco, el estudio científico sobre el neurodesarrollo infantil en Amarakaeri, publicado en 2020, advierte que los niños que viven cerca de la minería necesitan más información para reducir su exposición al metal y un monitoreo biológico y de desempeño cognitivo por parte del Estado.
“Creo que el hallazgo más importante es que algunas comunidades tienen una exposición tan alta al mercurio que niños y adultos experimentan déficits cognitivos significativos, lo que puede generar desventajas a largo plazo e intergeneracionales en comparación con otras comunidades. Muchas de estas poblaciones con alta exposición no participan en la minería y no se benefician de sus actividades. Esta es la peor forma de injusticia ambiental”, dice Pan.

Los estudios mostraron déficits cognitivos en niños y adultos. Foto: Max Cabello
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El déficit cognitivo se percibe en Queros, una de las comunidades que rodean a Amarakaeri incluidas en el estudio. En este pueblo de árboles frutales, la escuela cabe en un solo salón. Cada mañana, nueve niños, de entre 6 y 12 años, inician sus clases con un tradicional canto en harakbut. Luego abren sus cuadernos e intentan repasar los ejercicios del día anterior. Los mayores ayudan a los más pequeños, pero la clase avanza a tirones porque algunos se distraen al leer o los números les resultan complejos. Los niños se agotan en sus sillas y le piden a su profesora que los dejen salir a jugar al río.
En este pueblo no hay minería, pero su territorio está en la mira de los buscadores de oro. “En la pandemia aumentaron las presiones. Vinieron a convencernos de darles pase para extraer oro, pero no queremos minería aquí”, dice Sonia Dariquebe, jefa de la comunidad.
Algo similar sucede en la comunidad Diamante, también colindante a la Reserva Amarakaeri. La profesora Miriam Lupac, quien trabajó por más de una década con niños de nivel inicial y primaria, recuerda que sus estudiantes sufrían de problemas de memoria, poca retención y cansancio constante. “Todos creemos que la contaminación llegó a través del río Colorado, afectando a los peces que consumían los niños. Sin nuevas evaluaciones no podemos entender el avance de la contaminación”, dice.

En las comunidades, los niños y niñas tienen problemas para concentrarse y resolver problemas en clases. Foto: Max Cabello
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En Puerto Luz, donde la minería ha terminado atrayendo a algunos comuneros, el director del colegio, Emilio Sarique Janiri, reconoce un patrón: los alumnos participan en clase, pero al día siguiente el avance se diluye. “Tratamos de hacer un poco de reforzamiento, pero es como si no recordaran”, dice. Él cree que la distracción no solo se debe al uso de celulares, sino también a la exposición a metales pesados. El presidente de la comunidad, Johnny Nayori, recuerda que hace diez años una brigada estatal confirmó la presencia de mercurio en algunos vecinos, pero no les dieron seguimiento. Con el tiempo, el miedo se diluyó.
Los problemas de aprendizaje se repiten en los centros poblados de Madre de Dios que están en la zona de influencia minera, al borde de la Carretera Interoceánica: Santa Rosa, Laberinto, Alto Libertad, Santa Rita y Primavera Baja. En este último, el profesor Ricardo Olave ve cómo sus alumnos resuelven operaciones básicas, pero se traban ante problemas lógicos. “Quisiéramos darles reforzamiento, pero estos niños son los que más abandonan el colegio. Sus padres trabajan por temporadas en La Pampa y los niños terminan migrando con ellos”.

Los problemas de aprendizaje se presentan también en los centros poblados del corredor minero. Foto: Max Cabello
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El colegio del centro poblado Santa Rosa se transformó, en agosto pasado, en un consultorio médico improvisado. En uno de sus salones, decenas de niños y niñas de primaria, con sus uniformes blancos y grises, hicieron fila para ser evaluados por la brigada de la Dirección Regional de Salud (Diresa) de Madre de Dios. Médicos de diferentes especialidades revisaron sus tallas y peso, observaron sus cabellos y dientes, y les hicieron preguntas sobre sus rutinas en el hogar y dificultades de aprendizajes. Los escolares jugaban y reían por el salón hasta que llegaban a la fila más temida, la del pinchazo en el dedo, donde les tomaban muestras de sangre.
Los exámenes fueron parte de una campaña que realizó la Diresa, entre junio y agosto de 2025, para identificar la exposición a metales pesados en las comunidades indígenas que rodean la Reserva Amarakaeri y en los centros poblados con influencia minera. Las señales que buscan los especialistas son poco evidentes: fallas de memoria, dificultades para aprender, incapacidad para adquirir nuevas habilidades. A veces aparecen en el cuerpo: dolores de cabeza, baja talla, despigmentación en la piel, cabello quebradizo. No son pruebas, pero sí alertas.
Con esos indicios, las brigadas médicas itinerantes identificaron a niños y gestantes que podrían ser candidatos a pasar una prueba de orina, que es una de las formas de detectar el mercurio por exposición. No todos son elegidos porque esta prueba se procesa en Lima y es muy costosa, explica el médico Esteban Vásquez, integrante de la brigada a quien encontramos en su paso por Santa Rosa. En promedio, dice, de 25 niños evaluados, solo dos serán considerados sospechosos.
En la campaña realizada alrededor de Amarakaeri en 2025, el 27 % de las personas muestreadas superaron el límite seguro de mercurio en orina.

Una brigada del Ministerio de Salud visitó colegios para identificar a niños aptos para un tamizaje. Foto: Max Cabello
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“En estos centros poblados la exposición a metales pesados se da por el consumo de pescado, por el agua subterránea que beben sin tratamiento, pero también por lo que respiran y tocan. Muchos niños acompañan a sus padres a zonas mineras los fines de semana, juegan y se bañan en ríos o pozas que contienen plomo, mercurio y arsénico, o respiran los vapores cuando el oro se quema en casa”, advierte Vásquez.
La incredulidad de la población frente a la contaminación de metales pesados es otro obstáculo significativo para la prevención. En comunidades como Laberinto, la contaminación por mercurio todavía se percibe con escepticismo. “Aquí la gente no cree en eso. Me dicen: si el mercurio pesa, ¿cómo podría meterse en el pescado?”, cuenta Rosa Fuentes Castro, obstetra del puesto de salud de Laberinto. Esta incredulidad, explica, no es nueva: está arraigada en décadas de historia minera en la zona. “Incluso hay quienes recuerdan que antes se decía que beber agua con mercurio ayudaba a olvidar las penas”, añade.
Solicitamos una entrevista formal con el Ministerio de Salud y su Unidad Funcional de Atención a Personas Expuestas a Metales Pesados y otras Sustancias Químicas para conocer los resultados de esas evaluaciones, así como de las jornadas de prevención y mitigación. Sin embargo, tras semanas de insistencia, no asignaron a un vocero para este reportaje.

Muchos niños acompañan a sus padres a las zonas mineras y se contaminan. Foto: Elizabeth Salazar
K. tiene 17 años y acaba de ser madre. Su bebé duerme en una hamaca improvisada hecha con retazos de rafia, dentro de un ambiente que funciona como dormitorio, cocina y sala, con piso de tierra y paredes de plástico. Ella vive en Santa Rita, uno de los centros poblados incluidos en el estudio que realizó la Universidad de Duke y sus aliados para investigar los efectos de la exposición prenatal a metales tóxicos. La muestra incluyó a 198 parejas de madres e hijos recién nacidos en Santa Rosa, Laberinto, Alto Libertad, Primavera Baja y Santa Rita, en lo que se llamó el proyecto Cohorte de Nacimiento de Madre de Dios (Conamad).
K. permanecerá junto a su madre a lo largo de la entrevista. Nos hablará de la precariedad en la que viven y de su pareja que trabaja como transportista en distintas zonas mineras. Guardará silencio cuando se le pregunte por la contaminación por mercurio a la que también podría estar expuesta, pero en un punto se animará a decir que no ha escuchado sobre sus efectos ni la vinculación que tiene con los peces que terminan en su mesa.

El 30 % de las gestantes evaluadas superó los niveles de mercurio establecidos por la agencia federal de salud de Estados Unidos. Foto: Max Cabello
/ MAX CABELLO
Los resultados del Conamad, publicados en 2023, muestran que alrededor del 29 % de las madres evaluadas en estos centros poblados superó los niveles de mercurio en sangre establecidos por el Centro para el Control y la Prevención de Enfermedades (CDC) de Estados Unidos. El estudio registró un promedio de 6.0 μg/L en sangre del cordón umbilical y 3.6 μg/L en sangre materna. Otro de los hallazgos contundentes estuvo vinculado al plomo. Incluso en niveles considerados bajos, la exposición prenatal a este metal se asoció con embarazos más cortos y bebés con menor peso al nacer. Por cada aumento de 5 μg/dL de plomo en sangre, la gestación se redujo en casi cuatro días y el peso del recién nacido cayó en más de 76 gramos, evidenciando el riesgo silencioso que persiste en territorios mineros.
En enclaves como La Pampa, donde la quema de oro satura el aire de humo, las gestantes están expuestas de forma constante al mercurio y plomo. Obstetras y personal de salud de los barrios analizados advierten que esta exposición puede traducirse en retardo del crecimiento intrauterino, alteraciones en el desarrollo y mayor riesgo de aborto o parto prematuro. El toxicólogo José Alfonso Apesteguia añade que el metilmercurio puede atravesar la placenta y afectar directamente al feto y derivar en posibles daños en su desarrollo neurológico.

En La Pampa, el principal enclave minero, las gestantes están expuestas a mercurio y plomo. Foto: Max Cabello
Beth Feingold, profesora asociada de la Universidad de Albany e investigadora del proyecto, explica que mantuvo una estrecha relación con la Diresa Madre de Dios desde el inicio del estudio. Incluso le proporcionaron a la dirección un resumen escrito de los hallazgos y un plan para el seguimiento quinquenal. “Preparamos un tríptico y devolvimos los resultados a las participantes (…) Este es el único estudio de este tipo en Madre de Dios”, indicó.
En los centros de salud del corredor minero, las obstetras locales atienden frecuentemente casos de anemia y complicaciones asociadas a la falta de controles prenatales. Según explican, estos chequeos permitirían detectar a tiempo señales de exposición a plomo o mercurio, pero es casi imposible hacer el seguimiento a todas porque son familias que migran con los campamentos mineros. “Lo normal es que sean entre seis y diez visitas, pero solemos concretar una o dos antes de que las madres se muden o desaparezcan”, cuenta una de las obstetras.

Los expedientes médicos en el distrito minero de Laberinto narran las secuelas de la contaminación. Foto: Elizabeth Salazar
En Perú, la Resolución Ministerial 1026-2020-MINSA establece protocolos para la atención de personas expuestas a metales pesados, pero no menciona la existencia de centros médicos exclusivos. Los afectados deben ser derivados a hospitales de mayor complejidad, los de nivel II y III, los cuales representan apenas el 3 % de todos los establecimientos de salud.
El problema también se refleja en el presupuesto. El Plan Especial Multisectorial para la intervención integral a favor de la población expuesta a metales pesados, decretado en 2021 en el país, no tiene presupuesto propio, según confirmaron el MINSA y el Ministerio de Ambiente para esta investigación, por lo que se financia “con cargo al presupuesto institucional disponible”. Para 2026, el Ministerio de Salud asignó 433 955 soles (unos 127 633 dólares) al tamizaje y tratamiento de personas expuestas a metales pesados, pese a que el propio Estado estima que son más de 10 millones las personas afectadas por este tipo de contaminación.
Además, el protocolo del MINSA para tratamiento de mercurio solo incluye a quienes sufrieron exposición por inhalación durante sus jornadas de trabajo, no por consumo de pescado. En Lima, el Centro Nacional de Salud Ocupacional y Protección del Ambiente para la Salud (CENSOPAS) es el único laboratorio del país especializado en este tema. Según informó a Mongabay Latam tras una solicitud de información, solo procesan muestras de mercurio en la orina —lo que se conoce como exposición ocupacional—, y no analizan la afectación por ingerir alimentos contaminados como el pescado.
“El Estado peruano está rezagado en sus métodos de diagnóstico. Se prioriza la medición de mercurio total en orina, que solo refleja exposición ocupacional o por inhalación de vapores, pero no el metilmercurio asociado al consumo de pescado. Esta es la principal vía de contaminación por metilmercurio”, dice el toxicólogo Apesteguia.
Claudia Vega añade que en el país no existen laboratorios acreditados para la evaluación del metilmercurio. “Ni siquiera se pone el mismo énfasis en las pruebas de mercurio total en cabello, que sirve como indicador indirecto de metilmercurio”. En la práctica, advierte, el Estado ha dejado en segundo plano a las poblaciones expuestas por el consumo de pescado.

El Estado destina un presupuesto ínfimo para el tamizaje y tratamiento de personas expuestas a metales pesados. Foto: Max Cabello
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La situación contrasta con los compromisos asumidos por el Perú al ratificar el Convenio de Minamata sobre el Mercurio en 2015. El tratado señala que los países deben promover estrategias para la protección y vigilancia sanitaria de las poblaciones afectadas, e identifica la alta vulnerabilidad de los pueblos indígenas debido al consumo de pescado contaminado.
Sin embargo, el Plan de Acción Nacional para la Minería Artesanal y de Pequeña Escala (MAPE) —un instrumento que Perú debería tener para cumplir el Convenio de Minamata— sigue sin aprobarse como decreto supremo. A junio de 2026 solo existe una prepublicación del 2024.
Pese a dos décadas de investigaciones científicas que han documentado de forma consistente el impacto de los metales pesados en la región, los pueblos que bordean el río Madre de Dios siguen dependiendo de aguas contaminadas por un metal invisible que se aloja en sus cuerpos con cada plato de pescado que llevan a la mesa.
El artículo original fue publicado por Elizabeth Salazar en Mongabay Latam. Puedes revisarlo aquí.
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