domingo, mayo 3

Cuando asumí el cargo de ministra de Comercio Exterior y Turismo en el 2006, el Perú aún no sabía cómo contarse al mundo. No tenía una imagen país consolidada. Existía una marca turística anclada casi exclusivamente en el pasado incaico, pero sin reflejar la riqueza integral de nuestra historia, nuestra diversidad ni, sobre todo, nuestras posibilidades como nación moderna. Decidimos entonces emprender una tarea mayor: construir una marca país que proyectara al Perú no solo como destino turístico, sino como espacio para invertir, producir y vivir. En ese esfuerzo se sumaron los equipos de Prom-Perú, el Mincetur y Pro Inversión con un objetivo común: definir quiénes éramos y quiénes podíamos llegar a ser.

Crear una marca país no es diseñar un logo. Es desarrollar una estrategia de posicionamiento en el mundo que sea veraz y creíble ante el mundo, pero sobre todo ante todos los peruanos. Es construir una narrativa compartida. Implica responder una pregunta compleja: ¿qué nos define como sociedad? Para ello, realizamos un proceso riguroso, con estudios dentro y fuera del país, convocando a voces diversas: desde intelectuales como Mario Vargas Llosa hasta empresarios, artistas, comunidades rurales y especialistas en múltiples disciplinas. El resultado de ese ejercicio fue claro: nuestra identidad es la diversidad.

Una diversidad que no es solo un atributo, sino una ventaja competitiva. Nuestra geografía –costa, sierra, Amazonía y un mar privilegiado por la corriente de Humboldt– nos otorga una riqueza natural excepcional. De allí nace también nuestra gastronomía, reconocida mundialmente. Pero más importante aún, esa diversidad abre oportunidades en sectores clave: agricultura, pesca, minería, energía, servicios ambientales y más. El Perú tiene el potencial de alimentar al mundo y, al mismo tiempo, generar desarrollo inclusivo.

Sin embargo, la diversidad que verdaderamente nos define es la cultural. Desde Caral hasta hoy, el Perú ha sido un espacio de encuentro. Un territorio donde distintas culturas –originarias y migrantes– han coexistido, dialogado y construido una identidad compleja. No ha sido un proceso perfecto, pero sí profundamente enriquecedor. Ese crisol cultural es el que le da sentido y dinamismo a nuestra nación.

Por eso resulta preocupante que hoy predominen discursos que fragmentan en lugar de integrar. La división entre formales e informales, la brecha entre Lima y las regiones, y el racismo –en todas sus formas– debilitan cualquier proyecto de país. Nos alejan de una visión común y erosionan la confianza necesaria para avanzar. No podemos perdernos en disputas vanas, en la política espectáculo, cuando hay urgencias reales a lo largo y ancho del país por atender. No podemos dejar nuestro desarrollo en manos improvisadas que buscan el poder por el poder y por intereses encubiertos, y a los que poco les importa el bienestar de nuestros pueblos. Nos toca a los ciudadanos encausar el debate hacia un nuevo acuerdo nacional, que nos dé rumbo y capacidad de gestionar nuestro crecimiento y desarrollo futuro.

Recuperar el espíritu de la marca país no es un ejercicio simbólico. Es una tarea política y social urgente. Implica construir acuerdos mínimos, reconocer nuestras fortalezas y orientar nuestros esfuerzos hacia un desarrollo que incluya a todos. El Perú ya encontró una vez una narrativa que lo unía: la diversidad como fuente de orgullo y oportunidad. Es momento de retomarla. Porque una nación no se construye desde la fragmentación, sino desde la identidad compartida. Y es hora de honrar la nuestra.

*El Comercio abre sus páginas al intercambio de ideas y reflexiones. En este marco plural, el Diario no necesariamente coincide con las opiniones de los articulistas que las firman, aunque siempre las respeta.

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