Keiko Fujimori no la tendrá fácil. Diversos analistas coinciden en que no habrá una luna de miel para la nueva gestión. El más mínimo error le pasará la factura de inmediato. La estrechez de su victoria la obliga a gobernar bajo el escrutinio permanente de un país dividido. Los representantes del sector que obtuvo la otra mitad de los votos estarán a la expectativa de cualquier desliz. Roberto Sánchez o quien asuma el rol de líder de la oposición no le perdonarán una.
Su primera gran prueba será designar un Gabinete conformado por gente competente –algunos con eficiencia técnica y otros con experiencia política–, pero, sobre todo, con trayectorias libres de cuestionamientos o antecedentes turbios. La amenaza del fenómeno El Niño demanda un equipo preparado. Puede designar a personas de su partido, a técnicos afines a ella o, si así lo prefiere, a figuras ubicadas en las antípodas de su pensamiento político. Esa es una prerrogativa inherente a la investidura que tendrá, pero también una responsabilidad con el país.
“Yo siempre he dicho que, cuando ganan los demócratas en Estados Unidos, no gobiernan los republicanos, sino los demócratas”. Esta frase de Luis Galarreta, uno de los principales voceados para encabezar la PCM, deja entrever que habrá predominancia fujimorista en el Gabinete. Y también congela las expectativas de una “ancha base” de algunos sectores que, curiosamente, nunca le exigieron lo mismo a Pedro Castillo.
Como es habitual en estas fechas, en los próximos días circularán nombres, rumores y versiones sobre designaciones. Algunos podrían ser impulsados por personajes o sectores interesados en alcanzar una cuota de poder, pero que ni siquiera reúnen los méritos para ser mencionados en un Gabinete de WhatsApp. Muchos globos de ensayo serán lanzados para medir el pulso de la opinión pública.
El Gabinete puede tener o no hegemonía naranja. Puede estar conformado por independientes, por personas con carnet o una combinación de ambos. Pero lo que el país no puede permitirse es volver a tener a gente improvisada que confunde al Estado con una piñata destinada a ser repartida entre los suyos.
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