Durante su primer mes de gestión, la presidenta Keiko Fujimori ha realizado nueve viajes a regiones con una agenda marcada por la atención de emergencias frente a fenómenos naturales y visitas a instalaciones militares y policiales. Su reciente arribo a Puno, donde obtuvo uno de sus peores resultados electorales, añadió a su agenda una lectura política particular.
El primer viaje oficial ocurrió el 31 de julio, dos días después de jurar al cargo. Arribó a Junín para supervisar la ayuda a los damnificados por un sismo de magnitud 5.1 que dejó al menos seis fallecidos, destruyó decenas de viviendas, afectó centros de salud, instituciones educativas y monumentos.
Hasta el momento, la mandataria ha viajado a Junín, Cusco, Ayacucho, Piura (a donde regresó este miércoles para supervisar labores de cara a El Niño), Lambayeque, La Libertad, Tumbes, Arequipa y Puno. Para el analista político Enrique Castillo, muy probablemente está tratando de emular las acciones y viajes de su padre, el fallecido expresidente Alberto Fujimori, que le dieron buenos resultados.
“Sin embargo, el país no es el mismo, y los viajes presidenciales deben estar bien dosificados y preparados”, señaló en diálogo con El Comercio.
El 3 de agosto, Fujimori viajó a Piura para supervisar trabajos de descolmatación y limpieza de los ríos Piura y Chira. El 7 de agosto regresó a Junín.
La secuencia continuó en la costa norte. El 11 de agosto llegó a Lambayeque y La Libertad para supervisar labores de limpieza y descolmatación del río Reque y participar en la entrega de licencias de uso de agua. El 13 de agosto estuvo en Tumbes, donde supervisó la descolmatación del río Tumbes, inspeccionó centros de salud y colegios y participó en el inicio de una campaña de vacunación contra el dengue.
Enrique Castillo destacó que, si consideramos que la principal promesa del fujimorismo en la campaña presidencial fue la del orden y la seguridad, sí hay regiones que requerían de la urgente presencia de la presidenta y de los ministros.
“Lo sucedido en La Libertad es la lamentable consecuencia de una ausencia del Estado (nacional y regional) en regiones que sufren de la más grave violencia delictiva”, dijo en referencia al asesinato de cuatro personas y el secuestro y posterior liberación de un empresario en Trujillo.
“Es ahí donde se necesita la presencia de la presidenta. Lo mismo ocurre con Iquitos, Madre de Dios o Ayacucho, y el sur, por ejemplo”, aseveró.
La politóloga Karen López Tello, directora ejecutiva de Impacto País Consultores, añadió que la agenda de viajes de la presidenta le fue impuesta por la coyuntura, por lo que todavía falta ver con claridad cuál será la agenda deliberadamente propia del Gobierno y cómo se traduce en normas, instrumentos de gestión, responsables y mecanismos de seguimiento.
“Una prioridad no se define únicamente porque la presidenta le dedique tiempo, sino porque exista detrás una cadena de decisión y ejecución que permita producir resultados”, añadió López, especialista en gestión pública.
El último 30 de agosto, la presidenta llegó a Puno en una visita que tomó por sorpresa a parte de la población, según explicó a El Comercio Luis Idme, comunicador y analista de temas sociales y políticos.
Hasta entonces, la información que circulaba en la región apuntaba a que solo llegaría el ministro de Desarrollo Agrario y Riego, Marco Vinelli. Incluso, el alcalde de Carabaya, Edmundo Cáceres, anfitrión de la actividad, había negado la presencia de la mandataria en declaraciones a Pachamama Radio.
(Foto: Presidencia Perú)
/ LINO CHIPANA

