domingo, mayo 24

“The greatest feeling I ever had in my life –with my clothes on– was when I first heard Bird and Diz together in St Louis”. Así empieza la autobiografía de Miles Davis escrita en 1989. Y quizás ese momento no llegó de casualidad para ese muchachito de 18 años. Porque incluso antes de convertirse en Miles Davis, él ya estaba buscando el futuro. Al escuchar a Charlie Parker y Dizzy Gillespie en 1944, Miles entendió que el arte verdadero no puede quedarse cómodo dentro de las reglas existentes. Y desde ese preciso momento, toda su vida sería una pelea frontal contra el status quo, inclusive dentro de su propia música. Eso es quizás lo más extraordinario de Miles Davis 100 años después de su nacimiento: nunca miró hacia atrás.

“The greatest feeling I ever had in my life –with my clothes on– was when I first heard Bird and Diz together in St Louis”. Así empieza la autobiografía de Miles Davis escrita en 1989. Y quizás ese momento no llegó de casualidad para ese muchachito de 18 años. Porque incluso antes de convertirse en Miles Davis, él ya estaba buscando el futuro. Al escuchar a Charlie Parker y Dizzy Gillespie en 1944, Miles entendió que el arte verdadero no puede quedarse cómodo dentro de las reglas existentes. Y desde ese preciso momento, toda su vida sería una pelea frontal contra el status quo, inclusive dentro de su propia música. Eso es quizás lo más extraordinario de Miles Davis 100 años después de su nacimiento: nunca miró hacia atrás.

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En una industria obsesionada con convertir a los artistas en museos vivientes de sí mismos, Miles hizo exactamente lo contrario. Cada vez que alcanzaba la cima, destruía el mapa y volvía a empezar. Lo hizo cuando dejó atrás el bebop para inventar el ‘cool’ jazz. Lo hizo cuando transformó el lenguaje armónico del jazz moderno. Lo hizo cuando electrificó su música y escandalizó a los puristas. Lo hizo incluso cuando ya era una leyenda viva y no tenía absolutamente nada que demostrarle a nadie. La nostalgia nunca le interesó. Se podría decir que le daba asco. Y quizás por eso sigue sonando moderno. Pero paradójicamente, Miles Davis es uno de los artistas más emulados y copiados de la historia del jazz. Y –entre otras cosas– grabó el disco más vendido de la historia del jazz “Kind of Blue” en una sola toma.

Celebramos el centenario de Miles Davis.

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Todo músico de jazz aspira a la libertad. Miles la practicaba de una manera obsesiva y brutal. Cambiaba de músicos. Cambiaba de sonido. Cambiaba de ropa. Cambiaba de concepto. Cambiaba de actitud. Entendía que el arte que deja de arriesgar empieza a morir. Cuando yo descubrí a Miles Davis a los 15 años, no entendía su música. En ese momento, él trabajaba arreglos disruptivos de la música de Michael Jackson y Cyndi Lauper, muy criticadas por el ‘establecimiento’ del jazz. Pero lo que se me quedó grabado fue su actitud vital. Entendí que un artista no está aquí para copiar fórmulas exitosas ni satisfacer expectativas ajenas. Está para encontrar una voz propia y empujarla hacia adelante, aunque el mundo no esté listo para escucharla. Esa visión me ha acompañado estos últimos 20 años con el surgimiento del Jazz Afroperuano.

En muchos casos, la música afroperuana y criolla ha sido vista como una tradición congelada en el tiempo: algo que debe preservarse intacta, casi como una pieza de museo. Pero Miles me enseñó que la tradición verdadera no es repetir el pasado. Es usar el pasado como combustible para inventar algo nuevo. Eso fue exactamente lo que hicieron también Bird, Diz, Monk y toda esa generación irrepetible: tomar la herencia afroamericana y transformarla radicalmente para hablarle a su presente. Miles entendía además que el sonido era identidad. Por eso nunca quiso sonar como nadie más. Ni siquiera como el Miles Davis del año anterior.

En su autobiografía hay una sensación de búsqueda, de incomodidad creativa. Esa hambre artística sigue siendo relevante hoy, en un mundo donde los algoritmos premian la repetición y donde gran parte de la cultura contemporánea parece diseñada para evitar la interacción entre seres humanos. Miles quería riesgo. Quería sorpresa. Quería peligro. Y quería músicos capaces de cambiar el mundo desde un escenario. Por eso, 100 años después de su nacimiento, Miles Davis nos deja una idea muy concreta: la innovación no es un lujo, es una responsabilidad. Quizás por eso todavía nos sigue hablando. Y quizás también por eso, si hoy pudiera dirigirse a los músicos jóvenes del Perú, a los artistas que intentan encontrar una voz propia ante las presiones de los algoritmos, probablemente diría algo muy simple: “Fuck those algorithms and play what you got inside”.

Además…

A saber

Para celebrar el legado del músico estadounidense Miles Davis, Gabriel Alegría y su Sexteto de Jazz Afroperuano se presentarán este jueves 28 de mayo, a las 7:30 p.m. en el Jazz Zone (Av. La Paz 656, Miraflores). Entradas en jazzperu.org

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