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Cuando Mario Vargas Llosa dejó de escribir su tradicional columna en el diario “El País”, este periódico madrileño, que acaba de celebrar 50 años, decidió invitar a cuatro escritores para, con una frecuencia semanal, intentar ocupar el vacío dejado por el Nobel peruano: el escritor cubano Leonardo Padura, el colombiano Juan Gabriel Vásquez, la portuguesa Lídia Jorge y la española Irene Vallejo. Le pregunto por la responsabilidad que supone este encargo y Padura, Premio Princesa de Asturias 2015, quien pasó raudo por Lima para presentar su más reciente novela, “Morir en la arena” (Tusquets), afirma que reemplazar a MVLl es una tarea imposible. “‘Piedra de toque’ era un espacio medular en ‘El País’. Por momentos era irregular, pero generalmente eran artículos de un primerísimo nivel. Porque Mario era un tipo con una capacidad intelectual y un cerebro tan bien amueblado, que era capaz de oír una frase y a partir de ella armar una crónica en la que nos podía dar una lección sobre cualquier cosa. Muy polémico en la parte política, muy convincente en sus juicios sobre cultura. Sustituir a Vargas Llosa es imposible. Lo que ha ocurrido es que cada uno de nosotros, con su estilo, ha ido ocupando ese espacio, creo que con bastante dignidad”, afirma.
Cuando Mario Vargas Llosa dejó de escribir su tradicional columna en el diario “El País”, este periódico madrileño, que acaba de celebrar 50 años, decidió invitar a cuatro escritores para, con una frecuencia semanal, intentar ocupar el vacío dejado por el Nobel peruano: el escritor cubano Leonardo Padura, el colombiano Juan Gabriel Vásquez, la portuguesa Lídia Jorge y la española Irene Vallejo. Le pregunto por la responsabilidad que supone este encargo y Padura, Premio Princesa de Asturias 2015, quien pasó raudo por Lima para presentar su más reciente novela, “Morir en la arena” (Tusquets), afirma que reemplazar a MVLl es una tarea imposible. “‘Piedra de toque’ era un espacio medular en ‘El País’. Por momentos era irregular, pero generalmente eran artículos de un primerísimo nivel. Porque Mario era un tipo con una capacidad intelectual y un cerebro tan bien amueblado, que era capaz de oír una frase y a partir de ella armar una crónica en la que nos podía dar una lección sobre cualquier cosa. Muy polémico en la parte política, muy convincente en sus juicios sobre cultura. Sustituir a Vargas Llosa es imposible. Lo que ha ocurrido es que cada uno de nosotros, con su estilo, ha ido ocupando ese espacio, creo que con bastante dignidad”, afirma.
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En su caso particular, Padura dice tener una enorme complicación. Muchas veces tiene temas listos para publicar, pero debe aplazarlos por tener que escribir sobre los problemas en Cuba. Problemas agravados, como enumera, por el desgaste y la ineficiencia de un modelo económico, la falta de visión del gobierno para hacer cambios políticos profundos y el peso indiscutible del bloqueo petrolero de Trump que tiene al país sin combustible. “Cada vez que escribo, pienso en qué diría un tipo como Vargas Llosa en esta clase de situaciones”, afirma.
El escritor Leonardo Padura retratado en París, Francia, a finales del 2010.
/ Ulf Andersen
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—Tu más reciente novela, “Morir en la arena”, se inspira en un parricidio real. Conociste al parricida, al padre asesinado, al hermano… a toda la familia. Supongo que contar esta historia era un proyecto de toda una vida. ¿Qué necesitaste para escribirla por fin?
¡Es que nunca pensé escribir una novela como esta! Nunca pensé escribir algo sobre ese parricidio real que ocurrió en una familia muy cercana a la mía. Conocí a todos los involucrados, y con algunos de ellos mantengo estrechas relaciones, con familiares cercanos a la víctima y al victimario. Utilicé el parricidio porque la historia que quería contar sobre este fin de mi generación se me resistía. Y me di cuenta de que me faltaba un motor dramático. Y ahí fue donde apareció la idea de incorporar el parricidio. El proceso en que aparece una idea es muy misterioso. ¿Por qué se me ocurrió esa idea entre tantas otras? Ya después, por supuesto, te das cuenta de que el parricidio tiene una serie de componentes culturales, históricos, filosóficos que dan una dimensión más profunda a la novela.
—Mario Conde pasa fugazmente por esta novela, y usted lo presenta como alguien “cada vez más calvo y con más mala leche”. Calvos estamos todos, ¿cuánta mala leche sientes ahora?
Esta utilización de mis personajes en un contexto determinado tiene que ver con el paso del tiempo histórico, el tiempo real de Cuba y el sentido de crónica de la vida cubana contemporánea que yo trato que tengan mis novelas. También es un examen personal: si yo fuera argentino, a lo mejor lo resolvía con un psicoanalista. Pero como soy cubano y escritor, pues lo resuelvo escribiendo. Y con Mario Conde yo evacúo muchas preocupaciones, que van desde lo físico hasta lo político. Alguna gente me dice que esta novela es la más triste de todas, la más desencantada. Y yo digo que el problema es que la realidad cubana es cada vez más triste y desencantadora. Eso lo van reflejando los personajes y, sobre todo en el caso de Conde, lo asumo mucho. Ahora estoy empezando una novela en la que Conde regresa como protagonista y su mala leche está en un punto máximo. Tiene 70 años, vienen a buscarlo para que intente encontrar a una persona, y desde el principio está maldiciendo porque se siente muy cansado. Cansado de la realidad.
El dramático deterioro de la ciudad de La Habana, escenario central de la novela, refleja también el de sus habitantes.
/ Dario Mitidieri
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—Hablando de “mala leche” y de “evacuar”, creo que esta es la novela en que más veces repite la palabra “mierda”…
Desde muy al principio, los personajes reconocen que están viviendo en la mierda, que están viviendo unas vidas de mierda, y además que están en contacto con la mierda física. Es lo que ha estado ocurriendo con mi generación en Cuba. Están en el momento en que llegan a la edad de la jubilación, cuando deberían tener una cierta tranquilidad en sus vidas, y eso no ocurre. Se encuentran más vulnerables que nunca, más pobres, más dependientes de alguna donación, si tienen hijos en el extranjero. Y todo lo que han sacrificado, han trabajado, han estudiado, han obedecido a lo largo de sus vidas no tiene una recompensa. La aritmética ilustra mejor que cualquier comparación: En Cuba, una jubilación promedio son 3.000 pesos, y un paquete de 30 huevos vale 3.000 pesos. Mi madre, que tiene 98 años, recibe una jubilación de 1.500 pesos. Un paquete de un kilo de leche en Cuba vale 1.800 en el mercado privado.
—Te han dicho que “Morir en la arena” es una de las novelas más tristes que has escrito, pero yo he encontrado una hermosísima historia de amor entre Rodolfo y Nora, tus sexagenarios protagonistas. Siento que has logrado combinar “A sangre fría” con “El amor en los tiempos del cólera”…
Uno de los asuntos importantes de esta novela es el problema de la vejez, de la tercera edad. Para el mundo occidental, eso se ha convertido en un problema. Cada vez hay más viejos y cada vez están más marginados. En la novela, estos personajes han llegado a los sesenta y tantos años, y están en condiciones económicas muy complicadas. Les queda solo un pequeño espacio, el espacio existencial. En esta novela, ese espacio existencial se revela en el amor, la redención y la posibilidad del perdón. Son como ventanas que dejan entrar un poco de luz en medio de la oscuridad. Rodolfo y Nora, dos de los protagonistas de la novela, tendrán una relación íntima, descrita con bastante fuerza. Pero creo que más importante que la relación erótica es la comprensión que tienen los dos de tentar una vejez acompañada. Hoy, la gente vive menos porque vive una vejez solitaria. Y para ellos, el amor es una tabla de salvación. Es como llegar a la arena y encontrar un pedacito de costa que no se hunde.
—Si me permite el chiste, podría decirse que en Cuba no hay medicinas, pero no falta el Viagra.
Mira, el deporte nacional cubano es el sexo, sin duda ninguna. Y eso alivia mucho. Es gratis y no se gasta. Entonces, se practica mucho. Lo otro es el alcohol.
“Teníamos miedo incluso sin saber que teníamos miedo. Era tan potente esa sensación que la habíamos integrado. Nos metieron el miedo en la sangre”.
—Ese es otro gran tema de la novela, el alcoholismo en Cuba.
Últimamente han aparecido drogas químicas sobre todo entre los jóvenes, y eso es algo nuevo. Pero para mi generación, la droga fue el alcohol. Y cobró un alto precio a mucha gente.
—En tu novela hay dos narradores. El que cuenta la novela y otro, un escritor que escribe una novela dentro de tu novela. Es el escritor Fumero, mediocre y temeroso de escribir algo censurable por el gobierno. ¿Qué es Fumero para ti?
Fumero es la representación de buena parte de la literatura cubana, lamentablemente. Muchos lectores me preguntan si yo soy Fumero, y creo que es evidente que no lo soy, porque tuve la posibilidad de hacer una literatura diferente. No por talento ni capacidad, sino por una cuestión cronológica. Si hubiera empezado a escribir en los años setenta, posiblemente hubiera tenido que ser como él. Hay un caso que me sirvió de modelo para Fumero: el de dos jóvenes poetas cubanos, con mucho talento, que en el año 1972 fueron marginados como tantos otros artistas e intelectuales cubanos en los procesos de parametración de una política cultural de raigambre soviética que se empezó a aplicar en Cuba entonces. Y a mediados de esa década, decidieron escribir una novela que inventó el género cubano llamado “novela policial revolucionaria”. Tenía algo de policial, mucho de revolucionaria y muy poco de novela. Fue su forma de regresar a la vida cultural del país. Y eso es lo que hace Fumero. En un momento, él reconoce que teníamos miedo incluso sin saber que teníamos miedo. Era tan potente esa sensación que la habíamos integrado. Nos metieron el miedo en la sangre. Y la autocensura ha marcado el desarrollo de la literatura cubana. En un país donde todas las editoriales son institucionales, que pertenecen al partido, al Estado, solo se publica lo que ellos consideran que debe publicarse.
—¿Cómo pudiste vadear la institucionalidad editorial cubana?
Tuve la suerte de empezar a escribir un poco después. Y que mi primera novela de Conde se publicara en México. Después entré en la editorial Tusquets tras ganar el premio Café Gijón. Y esa fue mi ventana hacia la libertad. Me salvó de tener que lidiar con una censura que me hubiera afectado, sin duda.
—Como suele suceder, Fumero es dirigente de la Unión de Escritores. ¿Crees que la sindicalización de los artistas es un imán para los artistas mediocres?
Hay de todo. Ha habido momentos que, en muchas partes del mundo, gente de gran valor ha estado al frente de instituciones, de sindicatos, o de organizaciones. Pero en el caso cubano, estas han sido muchas veces como la sombrilla bajo la cual se ha escondido la mediocridad, sí.
—Gran salsero como eres, en la novela el narrador manifiesta su odio hacia el reguetón. ¿Qué está sucediendo con la música cubana?
A la vertiente cubana del reguetón se le llama “reparto”, porque surgió en los barrios. Tiene el mismo origen en todo el Caribe, incluso como el hip-hop en los Estados Unidos. Viene de los márgenes de la sociedad. Y es una música consecuencia de una situación social, de una educación sentimental fomentada por la desesperación. Se trata de decir todo lo que tú quieres decir de la peor manera, con una música muy elemental. Lo terrible de esto es que llegó para quedarse. Y otras músicas hechas en Cuba, sea la canción, el jazz o la salsa, se han visto desplazadas. Y es curioso que suceda en un país que tiene una tradición musical tan importante. Sin embargo, ahora estamos viviendo en el imperio del reparto.
—En tu novela dices que a Cuba no la salva ni Dios, y que la gente vive de milagros. A propósito, hoy (el pasado jueves) el Papa recibió a Marco Rubio, y es seguro que Cuba fue uno de los temas en la agenda. ¿Esperas algo de ese diálogo?
No tengo mucha confianza de que dos posiciones tan diferentes, dos lenguajes que no se comunican, que no se comprenden, puedan establecer un diálogo. Ojalá la solución sea dialogada y no sea una solución violenta para Cuba. Lo que sí te puedo decir es que yo estoy absolutamente convencido de que Cuba necesita cambios, y muchos. Y no porque el gobierno de Trump le ponga una pistola en la cabeza al gobierno cubano, sino porque los cubanos necesitamos que Cuba cambie para que las personas no vivan una vejez como la que ahora se está viviendo. Para que no haya gente recogiendo basura y viviendo en ella. Para que se recuperen los espacios de expresión, la transparencia económica y política. Cuba tiene que cambiar porque los cubanos necesitamos que cambie.
—¿Cree que se viene una salida al estilo Venezuela?
No lo sé, no lo sé. Todo esto depende de qué palanca se mueva. Trump ha demostrado que puede mover cualquier palanca, desde una operación “quirúrgica” como dicen ellos hasta una operación militar más abierta. No lo puedo predecir, pero creo que sobre la mesa están todos los escenarios. Desde la posibilidad militar, hasta cambios para no cambiar nada, como decía el personaje del Gatopardo.
Además…
A saber
Después de presentar su novela en la Feria del Libro de Buenos Aires y en Santiago de Chile, Padura se encontró con sus lectores limeños reunidos en la librería El Virrey, el pasado jueves.
“Morir en la arena”
Autor: Leonardo Padura
Editorial: Tusquets
Año: 2026
Páginas: 384




