domingo, mayo 17

La guerra en Sudán, desatada en abril del 2023 entre las Fuerzas Armadas Sudanesas (SAF) y las Fuerzas de Apoyo Rápido (RSF), no es únicamente un conflicto por el poder militar, sino el síntoma más visible del fracaso del modelo de transición tutelada por actores armados. La injerencia externa, especialmente la de Egipto, Turquía y Arabia Saudita, ha profundizado la fragmentación geopolítica del Cuerno de África y el valle del Nilo, convirtiendo a Sudán en un tablero de guerra por delegación. En este contexto, la única vía para revertir el colapso multidimensional y evitar la partición de facto del país es una transición democrática encabezada exclusivamente por civiles, como ha reiterado la coalición civil sudanesa Sumud.

El apoyo de Egipto al general Burhan, bajo una retórica de no injerencia y estabilidad, ilustra una paradoja central: las potencias regionales que afirman defender la integridad territorial sudanesa son las mismas que alimentan la lógica de externalización del conflicto. La experiencia histórica demuestra que los acuerdos de poder compartido entre militares y civiles, como el fallido del 2019, han sido sistemáticamente quebrantados por los actores castrenses. Por ello, una transición democrática auténtica exige la disolución de las estructuras de poder paralelas y su subordinación a una autoridad civil con control efectivo sobre las fuerzas de seguridad.

El imperativo humanitario

La catástrofe humanitaria no es un efecto colateral, sino una consecuencia directa de la ausencia de gobernanza civil. La politización de la ayuda, denunciada en el análisis previo, donde Egipto y otros actores condicionan la asistencia a lealtades militares, agrava el sufrimiento y alimenta economías de guerra. Desde la doctrina R2P (responsabilidad de proteger), la comunidad internacional tiene la obligación de proteger a los civiles sudaneses, pero ninguna protección será sostenible sin un gobierno civil legítimo que coordine la ayuda, negocie corredores humanitarios y garantice justicia transicional. El plan del Grupo Cuatripartito, que Sumud considera la mejor oportunidad para el cese al fuego, solo podrá implementarse plenamente si se excluye a los actores militares de la toma de decisiones estratégicas.

El vacío de poder

La contradicción entre el discurso egipcio de respeto a la soberanía y su apoyo armado a un bando en la guerra civil deslegitima a El Cairo como mediador. Este vacío de liderazgo regional refuerza la tesis de Sumud: solo una transición civil endógena, con participación amplia de la sociedad civil, los comités de resistencia y las fuerzas políticas democráticas, puede recuperar la soberanía efectiva. Los civiles no son una facción más; son el único actor con interés real en la desmilitarización del Estado, la rendición de cuentas por crímenes de guerra y la reconstrucción del tejido social.

La fragmentación de Sudán no es inevitable, pero lo será si persiste el actual modelo de injerencia externa y lucha por el poder entre generales. Una transición democrática encabezada por civiles, con un alto el fuego humanitario verificable, la integración de las fuerzas armadas bajo control civil y una misión internacional de protección, constituye la única opción geoestratégica sostenible para la región. De lo contrario, las paradojas de la injerencia externa seguirán profundizando un caos que ya amenaza con desbordar el Sahel y el Cuerno de África. Como advierte Sumud: Sudán está al borde del colapso irreversible; la respuesta no puede venir de quienes alimentan la guerra, sino de quienes han sufrido sus consecuencias.

(*) Julieta Espín es profesora de Relaciones Internacionales e investigadora del Instituto Complutense de Estudios Internacionales (ICEI, España)

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