Aruba. 29°C. 83% de humedad. Vientos de hasta 45 km/h. Mis piernas se movían, pero sentía que no avanzaba. El viento me empujaba hacia atrás. Las gotas de sudor me caían por la cara. Tenía la ropa completamente empapada. En cada esquina había al menos dos personas alentando. Nunca me sentí sola. Tampoco la pasé mal pese a lo desafiante de la misión de ese domingo: correr los 21K.
La carrera partió a las 5:16 a.m. (hora Aruba) y, como siempre, yo estaba emocionadísima. El ambiente era una fiesta: música a todo volumen, corredores de distintas nacionalidades, gente bailando, tomándose fotos, todos felices y listos para salir a correr.
El día anterior había sido la carrera de 5K. Aunque inicialmente no estaba inscrita, no podía haber venido hasta aquí y desaprovechar la oportunidad de correr frente al mar más hermoso que he visto y junto a cientos de runners llenos de energía. Así que, en un acto impulsivo pero muy consciente, corrí el sábado a tope.
Quizá debí ser más conservadora. Pero ¿cómo no darlo todo con tanta gente animándote durante toda la ruta? Imposible.
La carrera de 5K fue a las 5 de la tarde. Hacían 29°C y el viento soplaba a 26 km/h. Fue calurosa, intensa y deliciosa. Me gustó tanto que sentí que me gané esa medalla más que muchas otras.
El domingo desperté con algo de cansancio acumulado, pero con más emoción todavía que el día anterior. Decidí salir a dejarlo todo. No importaban las condiciones. Yo estaba ahí para intentar el sub 2. En la Maratón de Lima había corrido 21 kilómetros en 1 hora 56 minutos. Esta vez no buscaba un PR. Sabía que era prácticamente imposible: solo habían pasado siete días desde mi anterior desafío. Con bajar de las dos horas era feliz.
Salí rápido. Quizá más de lo que debí. Abrí en 6:07, luego hice dos kilómetros más a 5:36 y después todo empezó a complicarse. Mantener el ritmo me costaba muchísimo y, para empeorar las cosas, apareció una subida que no esperaba.
Alrededor del kilómetro 7 llegó una pequeña colina que conducía al famoso faro de Aruba. Fue el tramo más duro. Y también mi favorito. Durante más de un kilómetro podía escucharse al DJ que nos esperaba en la cima mientras caían pequeñas gotas de lluvia sobre nosotros. Aliviaban un poco el calor, aunque también volvían el piso algo resbaloso.
La música no dejaba de sonar y cada vez parecía estar más cerca. Intentaba acelerar el paso. Movía los brazos más rápido para no perder ritmo y me aferraba a una idea simple: toda subida tiene una bajada después. Cuando por fin vi el faro de cerca, fue imposible no sonreír. Había gente esperándonos todavía a oscuras. Nos gritaban, nos aplaudían, nos empujaban con su energía. Fue mágico.
Le di la vuelta al faro y el viento estuvo a punto de tirarme el celular al piso. Corrí todo lo rápido que pude. Y entonces llegó la bajada.
Mi parte favorita. Y, claro, se me escaparon un par de lágrimas. Recuerdo sentirme profundamente feliz y agradecida por estar ahí, por poder correr, por vivir la vida que vivo. El running tiene algo loquísimo: te obliga a estar presente. Los pensamientos llegan sin filtros. Sientes con claridad lo que pasa en tu cuerpo y en tu cabeza. No hay distracciones. Solo estás tú.
A esas alturas ya había abandonado la idea de hacer un PR, pero no importaba. Estaba siendo feliz en Aruba, la isla feliz. Por primera vez entendía perfectamente por qué la llamaban así. Todo era durísimo. Y, a la vez, todo era hermoso.
Seguí avanzando durante 13 kilómetros más. En algún momento vi a un corredor delante de mí. Dimos la vuelta en un óvalo y, al salir, apareció su familia: sus padres, su esposa y sus dos hijos.
—Miren, ahí va su papá—, les decía ella.
Él los saludó mientras seguía corriendo. Ellos gritaban, aplaudían y le repetían que ya faltaba poco. Ese aliento no era para mí, pero se sintió como si lo fuera. Empecé a llorar por segunda vez. De hecho, estoy escribiendo esto frente al mar y no es broma cuando digo que se me llenan los ojos de lágrimas otra vez al recordarlo.
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