En un país como el Perú, donde las brechas de infraestructura son signos incuestionables de desigualdad y rezago, el cemento no es solo un insumo: es un habilitador del crecimiento económico y del bienestar social. Sin él, no podríamos avanzar en la reducción de muchas de las carencias estructurales que limitan el desarrollo de nuestro país.
Sin embargo, este rol fundamental conlleva una responsabilidad inexcusable. La industria cementera global representa en promedio el 7% de las emisiones globales de CO₂ y está obligada a hacer esfuerzos por reducir sustancialmente esta huella. Mientras que Latinoamérica solo aporta con el 3% de esas emisiones y tiene una urgente necesidad de cerrar su brecha de infraestructura.
Por ello, para el Perú y sus vecinos, el compromiso con la carbono neutralidad nos plantea un camino muy exigente y un balance muy delicado. De un lado la industria cementera latinoamericana debe sumarse a los esfuerzos de sus pares en el mundo desarrollado, del otro lado debe cuidar que, en el proceso, se preserve la accesibilidad del cemento para poder viabilizar su desarrollo e incrementar el bienestar social en la región.
Este reto implica revisar cuidadosamente en qué tecnologías apostar, cuidando que su implementación no solo cumpla el objetivo de reducir la huella de carbono sino a la vez garantice la accesibilidad futura de los productos. La industria cementera latinoamericana sería irresponsable con sus conciudadanos si descuidara este aspecto privándolos de su desarrollo en su afán de seguir esquemas y propuestas de países que viven en otra realidad y que claramente generan una huella mucho más relevante.
Por suerte hoy existen señales alentadoras de que este balance es posible. Un ejemplo concreto es la reciente inauguración de la planta fotovoltaica de autoconsumo en Arequipa, operada por nuestra subsidiaria Cemento Yura.
Se trata de la primera planta de su tipo en la industria cementera nacional y la más grande de Latinoamérica. Cuenta con más de 51 mil paneles solares instalados sobre 45 hectáreas, una capacidad de 28 megavatios pico y una producción anual estimada de 80.65 GWh de energía limpia. Esta cifra representa alrededor del 30% del consumo eléctrico de la planta.
Esta planta representa un paso concreto hacia la sostenibilidad del país. Contribuye activamente a la transición energética en el sur del Perú, disminuye la huella de carbono del proceso productivo y marca un precedente para la adopción de fuentes renovables en industrias intensivas en consumo energético.
Este tipo de acciones deben multiplicarse si queremos hablar con seriedad de desarrollo sostenible. Si la industria cementera no actúa es parte del problema, pero también puede ser parte de la solución. Desde el sector cementero tenemos el deber —y también la capacidad— de liderar el cambio. Que este paso que hoy damos inspire a más empresas a sumar esfuerzos porque la industria que construye el país también puede construir un futuro más limpio, justo y sostenible para todos.




