La fábula es conocida: mientras la cigarra canta todo el verano sin ahorrar nada, la hormiga carga grano tras grano hacia su granero, sin prisa y sin pausa. Nadie mira dos veces una sola semilla. Pero cuando llega el invierno, la cigarra golpea una puerta vacía, y la hormiga abre un granero que creció en silencio durante meses.
Con un fondo de pensiones pasa algo parecido. El Perú tiene 33 años de AFP para probarlo: imaginemos a alguien que aportó desde junio de 1993, sin retirar nunca, ni en la crisis de 2008, ni en la pandemia, ni con las ocho leyes de retiro.
La cuenta, a distintos supuestos de rentabilidad, es ilustrativa. Aportando S/100 al mes sin falta desde 1993, esa persona puso de su bolsillo cerca de S/39.900. A 8% anual, hoy tendría cerca de S/185.300. A 10%, cerca de S/285.700. A 12%, cerca de S/445.800: entre 4,6 y 11 veces lo aportado, sin acertar el ‘timing’ del mercado. El truco no fue elegir bien. Fue no tocar el granero.
De 2020 a 2025, el Congreso aprobó 8 retiros extraordinarios —cerca de S/180.000 millones en total— que afectaron a quienes nunca retiraron: la venta forzada de activos trastocó la estructura de todos los fondos. Con el tiempo, ese mismo fondo ya invierte cerca de la mitad en el exterior: decisiones en la Reserva Federal o en China pesan sobre la pensión de un peruano tanto como cualquier noticia local.
La hormiga no ganó por ser más fuerte. Ganó porque nunca abrió el granero mientras aún hacía calor. ¿Un sistema que premia la constancia, o uno que se reabre cada par de años? Esa es la pregunta de fondo. Que la próxima reforma entienda que la especie que sobrevive el invierno no es la que canta más fuerte en verano, sino la que sigue cargando grano cuando nadie la mira.