Entre el innecesario bloqueo parlamentario a las facultades legislativas solicitadas por el gobierno y la desmedida ansiedad pública por resultados de gestión a solo dos meses de la asunción al poder de Keiko Fujimori, el presidente del Consejo de Ministros, Luis Galarreta, debiera dar un urgente campanazo de alerta de que el pararrayos del régimen es precisamente él.
Galarreta es el segundo a bordo en el gobierno que tendría que estar marcando el avance o retroceso de metas y objetivos, así como la construcción y orientación de resultados, en la larga travesía del 2026 al 2031, que por los sobresaltos de coyuntura pareciera volverse corta.
Galarreta contribuiría, así, 1) a ampliar el espacio de las funciones de Estado de la presidenta Fujimori, cuando, por ejemplo, debe tratar con el Poder Judicial, y 2) a ejercer un sistemático control del rendimiento gubernamental en su día a día, incluidos el desarrollo de metas y objetivos y la medición de resultados a corto, mediano y largo plazos.
Los ministros tienen la libertad de informar y explicar sobre esto y aquello que compete a sus propios sectores, como lo vienen haciendo frecuentemente y bien Marco Vinelli de Agricultura, Juan Sheput de Trabajo, Carlos Espá de Relaciones Exteriores, José Antonio Chang de Educación y Mauricio Arnillas de Vivienda, pero todos ellos y los demás no pueden estar sucediéndose en un “tour de force” por medios y redes tratando de acercar el gobierno a la gente como lo podría hacer mejor, con mayor contexto, dimensión y autoridad, Galarreta.
Quien está autorizado para hablar de un ministerio es, por supuesto, el ministro del ramo. Quien tiene que hablar por el gobierno, después de Fujimori, es el presidente del Consejo de Ministros. Es decir: el pararrayos perfecto e indispensable para evitar confusiones fulminantes bajo la siempre cargada atmósfera de la política peruana, repleta de rumores de tempestades eléctricas todo el tiempo.
Con este paso adelante al encuentro de la prensa y la opinión pública, Galarreta va a adquirir sin problemas el hábito y seguridad de precisar, ampliar, completar, profundizar y contextualizar muchos temas que semana a semana tienen que esperar que la presidenta los aborde, cuando podrían ser oportunamente ventilados por el vocero oficial del gobierno en la PCM.
De lo que se trata es que una buena comunicación gubernamental acompañe siempre e idealmente a una buena gestión gubernamental. Pero las veces que las cosas salieran mal, esa misma buena comunicación gubernamental tendría que encargarse de transparentarlas. Nada peor que caer en el viejo y pernicioso síndrome del secretismo oficial, teniendo a la ciudadanía ahogándose cada día en especulaciones y confusiones.
Galarreta tiene el conocimiento claro y concreto de a dónde debe y tiene que ir el gobierno, y está enfocado en los grandes, urgentes y estratégicos temas. Tiene además la experiencia política suficiente para impulsar y promover, dentro del Estado, un sistema de gerencia pública mejor que la que se ha intentado desarrollar hasta hoy. Solo tiene que combinar más frecuentemente su sillón de mando, hacia adentro, con su rueda de prensa periódica, hacia afuera.

