Los parlamentarios ya tuvieron su primera semana de representación y repiten las mismas acciones poco productivas del unicameralismo. La función de representación es quizás la menos valorada, y en sus fallas radica la poca aceptación del Congreso frente a la opinión pública.
Los congresistas tienen, cada fin de mes, una semana exclusiva para esta labor, y la única rendición de cuentas es un informe donde se repite, en la mayoría de los casos, un molde de recopilación de sus visitas acompañadas de fotografías. En el mejor de los casos, los parlamentarios detallan algunos oficios remitidos según lo detectado en las reuniones sostenidas con otras autoridades, gremios o la misma sociedad organizada.
El problema de fondo es que sus acciones de representación solo terminan ratificando problemas ya conocidos: colegios en mal estado, hospitales con deficiencias y otras problemáticas bastante conocidas. La solución también es la misma en casi todos los casos: remitir oficios en busca de presentarse como un gestor de los reclamos recogidos. Esto último genera una expectativa que luego no es satisfecha, porque nunca se resuelve el problema de fondo.
Sin remedio para la problemática de fondo, la sensación que queda en el ciudadano es que el Congreso termina solventando una semana de representación que solo sirve para que los parlamentarios empiecen a conocer las problemáticas reales del país.
Al final, la semana de representación se resume en congresistas publicando videos en redes sociales expresando su sorpresa por problemáticas, que sirven más para el clip que para gestionar algún cambio real. Este panorama nos muestra también un problema más político: tenemos representantes desconectados de la realidad debido a que, antes de ingresar a una curul, no han realizado mayor contacto social que lo vivido en la campaña electoral. La mayoría de los parlamentarios se unieron a sus respectivos partidos políticos solo con el objetivo de obtener un despacho congresal. Eso no quita que puedan tener una agenda concreta, pero en la práctica esta termina sin muchos resultados mientras se van acomodando y conociendo de primera mano las problemáticas que quieren abordar durante su gestión.
Peor aún, este escenario se traduce luego en excesos como la sobreproducción de proyectos de ley o la fiscalización sin objetivos claros o respondiendo a otro tipo de agendas ocultas (como la seguidilla de mociones de interpelación que hemos visto desde Juntos por el Perú).
La representación debe ir más allá de ser una mesa de partes de reclamos repetitivos sobre problemas específicos y apuntar a construir soluciones integrales. Para esto, los parlamentarios deben centrarse en una agenda en específico y dejar de tratar de abordar varios asuntos al mismo tiempo. Resulta más productivo enfocarse en una solución integral que tome cuatro años, en lugar de abordar más de 10 temáticas sin lograr un cambio sustantivo en el mismo período de tiempo.



