domingo, septiembre 6

Antes de enviar ese mensaje por Whatsapp, abre su carpeta de columnas publicadas en los últimos 15 años. Algunos son posts de la era de los blogs, otros artículos que se colaron en el papel impreso de la prensa nacional. Recuerda también haber firmado algunos pronunciamientos, con nombres y apellidos completos (incluso con ese segundo nombre que tanto le incomoda), con DNI. Hace memoria de entrevistas en canales de cable, de furibundos posts en Facebook. Toda esa tinta derramada para, desde su modesta esquina, evitar que “la hija del dictador” le gane a Ollanta, a PPK, y a los sombreros. Pero dada la contundencia de los hechos, pasó de la asimilación de la derrota electoral a la búsqueda de chamba. Así que, con modestia, le escribe a su amigo del colegio de sus hijos, fujicaviar, hoy diputado: reconoce que han estado en veredas distintas, pero está convencido de que puede contribuir –más que a este gobierno– al país. Adjunta su CV con algunas sugerencias de puestos públicos desde los que podría sumar, dejando diferencias aparte y en afán de la reconciliación nacional. De hecho, luego de enviar el mensaje se da cuenta de que quizás no está tan mal el inicio de este gobierno, de que realmente lo necesitan, y que debió haber matizado algunos exabruptos y epítetos contra el fujimorismo (“asesinos”, “mafiosos”), quizás uno que otro fuera de lugar. Estamos ante el antifujimorista dudoso.

Las elites políticas e intelectuales antifujimoristas sostienen que el fujimorismo ha dado forma a la sociedad de manera perversa. Las reformas de ajuste aplicadas en los noventa habrían fundado un individualismo rampante, un clientelismo sin dignidad y la expansiva informalidad estructural. Casi todos los males de nuestra sociedad se encuban –dentro de esta interpretación– en el fujimorato, desde la destrucción de los partidos hasta Magaly Tv, desde los tránsfugas hasta la prensa amarilla. Todo tipo de deslealtad partidaria es entendida, desde entonces, como autoritaria y fujimorista, como sinónimos. Pero no es motivo de esta columna analizar este reduccionismo narrativo –más que analítico–, sino dar cuenta de cómo el antifujimorismo ha dado forma a la exposición y legitimación de las ideas, a través de la industria cultural (Jaime Bedoya dixit) que ha producido, y de cómo el debate político e intelectual nacional está atrapado por esta retórica.

Detrás de cualquier tipo de “anti” (fujimorismo), subyace la necesidad de enfrentarse a un enemigo (no a un adversario). La política, el periodismo, las cátedras universitarias, el arte, la literatura, el stand-up, el podcast del antifujimorista es una lucha constante contra el mal; no una práctica profesional cualquiera. El villano que tienen al frente no es de papel, sino una entidad todopoderosa que acecha nuestra más preciada democracia, la cual convierten en objeto de polarización. Por lo tanto, no se tiene al frente a un partido frágil que no puede reclutar personal para su gestión, sino de una “coalición”, de una “mafia”.

No se trata de un gobierno sino de un “régimen”. Estamos ante la homogenización de la clase política donde no existen diferencias ideológicas (“fujicerronismo”), donde las coincidencias o los acuerdos son siempre “pactos debajo de la mesa”, donde la política conspira contra el pueblo. Así, se cultiva la desconfianza ciudadana, se instaura el maniqueísmo, se siembra antipolítica.

El antifujimorismo se concibe como la personalización de la virtud. Superioridad moral e intelectual. No puede haber honestidad ni honradez, decencia ni inteligencia fuera de su círculo. Así, jerarquizan la sociedad en clases morales, en una escala donde obviamente ocupan la cúspide a la que ascender. La forma de hacerlo es la imitación, la repetición, la adulación. Es hasta cierto punto, un ‘reality’, en que los aspirantes son caricaturas de las estrellas del antifujimorismo estelar. Por ejemplo, las nuevas generaciones de ensayistas sociales copian el estilo y la diatriba, los gestitos y los tonos agudos de la indignación. También la huachafería y el simplismo. Son aspirantes al “Yo soy ciudadano republicano”. Pero como en todo orden colonial, muchos son los invitados, pocos los elegidos. Las consecuencias intelectuales son nefastas pues, como sabemos, en el debate de las ideas se avanza por parricidio, y este es todo lo contrario. El mundo cultural antifujimorista ha congelado las ciencias sociales y la ha transformado en instrucción cívica, en un manual de lo que consideran sus buenos modales. Querían ser Julio Cotler y terminaron siendo Frieda Holler. El antifujimorismo ha reducido el pluralismo político e intelectual porque aplica sanciones al disenso. La sola independencia es una afrenta y merece ser estigmatizada como cómplice o adhesión al lado oscuro. Quienes no comulgan, pagan con el ostracismo, merecen la marginalidad.

Todo gobierno requiere una oposición democrática. En el caso actual, una crítica desde la derecha y desde la izquierda, desde el no-fujimorismo y, también, desde el propio fujimorismo. Como lo señalé antes de 28 de julio, esta gestión seguramente caerá en casos de frivolidad, ineficiencia y corrupción, porque la política es así en cualquier parte. Una oposición rigurosa debe exigir que la respuesta a esos casos se base en una rendición de cuentas propia de la democracia. Por su naturaleza descrita, la oposición antifujimorista no resulta eficiente para esta tarea porque está obsesionada con que las faltas del actual gobierno están enraizadas en el siglo pasado. En un supuesto errado útil solo para enraizar prejuicios y para restarles valor de verdad a las faltas que cometa el segundo fujimorismo. Aunque seguramente a algunos, a los más dudosos, el gobierno les podría abrir la puerta, como aparentemente sucedería con el hijo del “Señor Vargas” (Alberto dixit).

*El Comercio abre sus páginas al intercambio de ideas y reflexiones. En este marco plural, el Diario no necesariamente coincide con las opiniones de los articulistas que las firman, aunque siempre las respeta.

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