sábado, agosto 8
La diplomacia de los escombros: la labor de los bomberos peruanos en Venezuela logró lo que la política no pudo en dos años | EL COMERCIO PERÚ

Este resumen es generado por inteligencia artificial y revisado por la redacción.

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Hay muros que las cancillerías no consiguen derribar en años y terremotos que los reducen a escombros en segundos. Y la geopolítica, que suele presumir de paciencia milenaria, termina rindiéndose ante la física.

Hay muros que las cancillerías no consiguen derribar en años y terremotos que los reducen a escombros en segundos. Y la geopolítica, que suele presumir de paciencia milenaria, termina rindiéndose ante la física.

El 24 de junio, un doble terremoto de magnitud superior a 7 sacudió Venezuela, dejando más de 6.000 muertos. Exactamente un mes después, Perú y el país caribeño anunciaron la reanudación progresiva de sus relaciones y la reactivación de los servicios consulares, suspendidos desde hacía casi dos años.

A primera vista, parecen dos historias aisladas. No es así. Entre ambas fechas ocurrió algo que no salió en los comunicados: la misión humanitaria peruana permitió reabrir un canal de conversación entre Lima y Caracas.

Consultado expresamente sobre esa conclusión, el viceministro de Relaciones Exteriores peruano, el embajador Eric Anderson, casi interrumpió la pregunta: “Exactamente”. Sin aquella operación, reconoce, la reactivación consular “hubiera sido mucho más lenta”.

Desde el 30 de julio del 2024, cuando Venezuela rompió relaciones con el Perú tras el rechazo de Lima a los resultados que dieron por reelegido a Nicolás Maduro, las embajadas estaban cerradas y Brasil representaba los intereses peruanos en Caracas. No existía ninguna negociación formal. La puerta estaba sellada.

Hasta que llegó el terremoto. Venezuela pidió ayuda y Perú respondió de inmediato.

Cancillería corría a contrarreloj para destrabar los trámites de ingreso. En Lima, entretanto, las horas se consumían discutiendo competencias, transporte y financiamiento. Solo el combustible de un Hércules de la Fuerza Aérea rondaba los S/600.000.

Por su parte, el equipo peruano de búsqueda y rescate urbano, USAR Perú, se activó apenas se conoció la magnitud de la emergencia. En poco más de seis horas, unos cuarenta especialistas tenían preparados equipos, provisiones y herramientas.

Mientras en La Guaira se buscaban sobrevivientes entre las ruinas, los bomberos seguían en Lima, atrapados en otra clase de escombros: los burocráticos y logísticos. Esperaban para viajar allí donde todavía temblaba la tierra y representar al Perú en una de sus formas más dignas: la de quienes creen que una bandera también sirve para acudir en auxilio de otros.

“No uso la palabra frustración. La llamo molestia. Porque en una emergencia los minutos y las horas restan posibilidades de encontrar personas con vida”, afirma el brigadier mayor Claudio Sáenz, líder del equipo USAR Perú en Venezuela.

El conflicto terminó saliendo del cuartel. El Cuerpo General de Bomberos acusó públicamente al Indeci de “maltrato sistemático” en la gestión de la emergencia. Hasta el propio Anderson reconoce las fallas con la elegancia de quien no quiere señalar a nadie: “Para asistir a países que sufren desastres necesitamos una coordinación intersectorial y hay que trabajarla mejor. Pero se dio. Al final, se dio”.

Antes de que el Estado terminara de engranar su maquinaria intervino la sociedad civil. Vanessa Vásquez Ramos, directora ejecutiva de Perú Pendiente, supo por televisión que los bomberos estaban varados. Tomó el teléfono, respondiendo más a un reflejo que a un plan.

Lo que siguió fue una carrera de llamadas entre el Estado, los bomberos y la empresa privada. Perú Pendiente articuló así un mecanismo cuyos componentes parecían haberse acostumbrado a funcionar como islas. Gestionó con RÍMAC los seguros para los rescatistas, logró el traslado a través de su alianza con el Avión Solidario de LATAM y consiguió parte de los recursos para la logística.

(Foto: Perú Pendiente)

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(Foto: Perú Pendiente)

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Al final, cada pieza aportó algo distinto para que la misión pudiera ponerse en marcha.

La autorización llegó el viernes a las ocho de la mañana. Cinco horas después, los USAR estaban embarcando. “Simplemente fue una unión de personas ayudando a personas”, resume Vásquez, con una modestia que apenas deja entrever la pequeña odisea necesaria para remar hacia el mismo puerto.

Tras una escala en Bogotá, llegaron a La Guaira el sábado por la mañana con menos equipamiento, debido a las restricciones de los vuelos comerciales. Horas después, ya trabajaban simultáneamente en dos puntos, bajo calor, lluvias y réplicas incesantes.

Esa noche una alerta desde el edificio Breogán —nueve pisos y un sótano colapsados por apilamiento— cambió el tono de la misión. Primero introdujeron cámaras y sensores. Después pidieron silencio. Bajo toneladas de concreto surgió una voz: “Aquí estoy… socorro, ayúdenme», recuerda Sáenz. “Escuchar esa voz entre los escombros me dio un vuelco al corazón”, añade.

Bellkys Barreto, de 60 años, llevaba casi cuatro días atrapada. Durante más de 11 horas, los rescatistas abrieron una brecha de más de 12 metros, avanzando centímetro a centímetro para no provocar otro derrumbe sobre la mujer a la que intentaban salvar.

Cuando la camilla apareció al día siguiente, estallaron los aplausos y un “¡Bravo, muchachos!“.

Bellkys volvió a ver la luz del sol. Otros no. La brigada peruana recuperó también los cuerpos de 11 víctimas y devolvió a sus familias, al menos, la certeza del duelo.

(Foto: USAR Perú)

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(Foto: USAR Perú)

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En paralelo, Perú Pendiente reunió S/1,8 millones mediante Yape y movilizó 94 toneladas de ayuda humanitaria. “Fue una verdadera fiesta de la solidaridad”, resume Vásquez.

Nadie les pidió a los venezolanos que devolvieran el gesto cuando el terremoto golpeó Junín. Lo hicieron igual: mientras los gobiernos seguían sin canales oficiales, las dos sociedades ya se habían vuelto a hablar por Yape.

Cinco días después del terremoto, el auxilio se tradujo también en lenguaje diplomático: un Hércules peruano con suministros aterrizó en La Guaira.

Al concluir la misión, quienes habían partido como bomberos regresaron como “Héroes de Venezuela”. En Torre Tagle recibieron la más alta distinción del servicio diplomático.

El entonces canciller Carlos Pareja condecoró al Grupo USAR Perú del Cuerpo General de Bomberos Voluntarios. (Foto: Cancillería)

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(Foto: Cancillería)

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(Foto: USAR Perú)

(Foto: Cancillería)

(Foto: Cancillería)

Pero en el aeropuerto de Lima, el protocolo tuvo competencia: familiares, flores, pancartas y lágrimas esperaban a los rescatistas. “Parecía que llegaba la selección”, recuerda Sáenz.

El siguiente relevo, ya sin cascos ni equipos de rescate, corresponderá a la Cancillería: “Esperamos que el primero de setiembre podamos contar con una cónsul general en Caracas”, revela Anderson.

Para el viceministro, la reapertura consular “es un primer paso” hacia una relación integral.

(Foto: Perú Pendiente)

(Foto: Perú Pendiente)

(Foto: Perú Pendiente)

Por ahora, precisa el embajador, la prioridad es consular. Tener a una funcionaria de carrera en Caracas permitirá identificar las necesidades concretas de los peruanos y “ayudar a esas personas que se encuentran en una situación difícil. Ojo, ese es nuestro objetivo. Y veremos en el futuro cómo avanzamos”.

La grieta empieza a cerrarse, pero la causa de la ruptura permanece intacta: en Venezuela, la transición política conserva esa rara virtud de parecer siempre inminente.

Allí los tiempos políticos suelen admitir prórrogas. Bajo las ruinas, no.

Así nació una diplomacia bomberil que, al abrirse paso entre los restos del Breogán, terminó removiendo también otros escombros, menos visibles, acumulados entre Lima y Caracas.

La geopolítica se había rendido ante la física. Los bomberos hicieron el resto.

(Foto: Perú Pendiente)

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