El lunes 27 de enero del 2025 una aplicación china de la que casi nadie había oído hablar amaneció en el primer lugar de las tiendas de aplicaciones de Estados Unidos. No la había hecho un gigante tecnológico sino un fondo de inversión de la ciudad de Hangzhou, como proyecto secundario, con unas decenas de ingenieros que en promedio no llegaban a los 30 años. Su programa de inteligencia artificial razonaba casi tan bien como los mejores programas americanos y había costado, según sus creadores, una fracción del precio. Al cierre de la bolsa, Nvidia, la empresa que fabrica los cerebros de esta tecnología, había perdido cerca de 600.000 millones de dólares, la mayor caída de una compañía en un solo día en la historia de los mercados: el equivalente a dos economías peruanas evaporado entre el desayuno y la cena. Pero lo que se desplomó ese lunes no fue una acción. Fue la certeza norteamericana de que el arma podía mantenerse bajo llave.
Conviene decir primero qué es el arma, porque no es solo un programa que conversa o absuelve preguntas. En Ucrania ya vuelan drones que, cuando el enemigo les corta la señal de radio, siguen cazando solos: una cámara y un cerebro artificial reconocen el blanco y lo persiguen, y los últimos 500 metros ya no los decide ningún ser humano. Otros programas comprimen en minutos la búsqueda de objetivos que a un estado mayor le tomaba horas o días. En California, un avión militar controlado por inteligencia artificial ya se ha enfrentado con éxito en ejercicios de combate aéreo a un F-16 pilotado por un humano: la máquina decidía las maniobras a ejecutarse en pleno vuelo. Pero Estados Unidos y sus aliados no están solos en esta carrera. China, que disputa también el liderazgo tecnológico y militar de la inteligencia artificial, lleva años incorporándola a su doctrina de combate bajo un concepto propio: la “guerra inteligentizada”. Su ideal es antiguo: decidir más rápido que el enemigo y vencerlo incluso sin combatir. La inteligencia artificial no es concebida por el Partido Comunista Chino simplemente como un arma nueva, sino como una tecnología capaz de transformar todas las existentes: hacer más precisos los misiles, más autónomos los drones, más rápidos los sistemas de mando y más difícil la reacción del adversario. Y cuanto más capaces se vuelven esos sistemas, más energía necesitan para entrenarse, operar y seguir mejorando.
Entonces aparece la otra carrera. En enero del 2026, en Davos, Elon Musk sostuvo que el principal límite para el desarrollo de la inteligencia artificial ya no serían los chips, sino la energía: llegará un momento, advirtió, en que Estados Unidos podrá fabricar más procesadores de los que su red eléctrica sea capaz de alimentar. A partir de ahí, la ventaja dejará de depender solo de quien fabrique los mejores chips y empezará a depender también de quien pueda mantenerlos encendidos. Y en ese terreno China parte con ventaja. Genera hoy más del doble de electricidad que Estados Unidos, unos diez mil quinientos teravatios-hora contra cuatro mil quinientos, y solo en el 2025 añadió a su producción anual casi tanta electricidad como la que genera Alemania entera. En los próximos cinco años proyecta instalar mucha más capacidad nueva que los norteamericanos, cuya demanda eléctrica permaneció prácticamente estancada durante casi dos décadas y cuya red afronta ahora el crecimiento de los centros de datos. Estados Unidos conserva la ventaja de los chips más avanzados, y por eso le prohíbe a China comprarlos; aquel lunes de enero demostró, sin embargo, que el candado cerraba menos de lo que se creía.
Los profetas de la extinción, algunos salidos de compañías tan prestigiosas como OpenAI y Anthropic, discuten si la máquina acabará un día con nuestra especie. Pero no hace falta llegar al fin de la humanidad para encontrar motivos de alarma. Hay tres peligros más próximos. El primero es la velocidad multiplicada por la escala. Un sistema de inteligencia artificial puede detectar objetivos, clasificarlos y asignarles un arma en segundos, y hacerlo simultáneamente sobre decenas o centenares de blancos. Lo que antes exigía observadores, analistas, oficiales y sucesivas autorizaciones puede comprimirse en una cadena de decisiones casi instantánea. Emerge entonces un incentivo peligroso: si esperar la autorización de una persona significa permitir que el enemigo dispare primero, cada bando tendrá razones para reducir la intervención humana hasta que, por miedo a decidir demasiado tarde, también la decisión de matar termine automatizada. El segundo es el cálculo de Taiwán: enjambres de drones baratos y autónomos podrían reducir las bajas previstas de una ofensiva y convencer a Beijing de que puede consumar el golpe antes de que Washington reaccione. Para que empiece una guerra basta, a veces, con que alguien se convenza de que será breve y de que su costo será soportable. El tercero impacta el fundamento de la disuasión nuclear: si la inteligencia artificial permitiera localizar y seguir los submarinos y los lanzadores móviles que hoy aseguran la capacidad de represalia, una potencia podría preguntarse si es posible destruir el arsenal contrario antes de que el enemigo responda. Y el enemigo, a su vez, tendría razones para disparar antes de perderlo. La promesa de quedar a salvo de una guerra nuclear podría convertirse en el incentivo para desencadenarla.
Nada de esto está escrito. China también ha convertido grandes planes en colosales fiascos, y la inteligencia artificial podría encontrar límites que hoy nadie advierte. Pero Beijing ha fijado una meta para el 2030 y lleva años construyendo la base eléctrica necesaria para alcanzarla. Tiene, además, una ventaja que no se mide en megavatios: puede mantener una misma estrategia durante décadas, mientras en Washington cambian presidentes, prioridades y mayorías con cada ciclo electoral. Esa continuidad resulta especialmente valiosa en una competencia cuya base material no se improvisa, sino que exige años de inversión y planeamiento. Las centrales, las presas y los reactores no garantizan la supremacía, pero constituyen una base primordial para defenderla. Y es que esas máquinas no necesitan odiar a nadie para poner en peligro la paz: basta con que sus dueños confíen en su velocidad más de lo que desconfían de sus propias ambiciones. Desde Hiroshima y Nagasaki, el mundo aprendió a temer la potencia destructiva de los arsenales, medida primero en kilotones y después en megatones. La carrera que aquel lunes de enero quedó a la vista obliga a mirar también los megavatios: la electricidad capaz de alimentar los sistemas que identificarán el blanco, calcularán el ataque y acortarán el tiempo para impedirlo. En esa unidad, China lleva ventaja. La pregunta es qué hará con ella cuando crea que los demás ya no pueden alcanzarla.



