Era 1990. Jorge Benavides necesitaba un personaje para un sketch sobre Luis Miguel y Carlos Vílchez encontró la inspiración en un recuerdo de barrio: un joven que volvió de Estados Unidos con ropa llamativa, gestos desbordados y una personalidad imposible de ignorar. A esa imagen le sumó su fanatismo por el ídolo mexicano y su propio instinto para la exageración. Así nació La Carlota.
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Esa vigencia volverá a ponerse a prueba desde el 15 de julio, cuando “La Carlota, la reina del pop” llegue al Circo de las Estrellas, en el Parque de las Leyendas. Esta vez, el personaje entra al universo de Michael Jackson en una puesta producida y dirigida por Julio Zevallos, con canciones adaptadas por Charlie André para llevarlas al humor, la fantasía y el lenguaje de La Carlota.
“El público no irá a ver una imitación de Michael Jackson ni una traducción literal de sus canciones. Irá a ver a La Carlota jugando con ese mundo, rindiéndole homenaje desde el humor y la fantasía. La vamos a ver vestida con algún traje de Michael representándolo”, comenta.
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El espectáculo usará pasos reconocibles, coreografías inspiradas en el artista y una estética llena de luces, color y movimiento. Sin embargo, las letras han sido cambiadas. No serán traducciones al español, sino versiones creadas especialmente para los niños. Vílchez insiste en eso porque no quiere que el público piense que encontrará una puesta oscura o de terror.
Para Vílchez, el circo infantil no es un territorio nuevo. Antes de la televisión y de la fama masiva, él ya hacía teatro para niños. Empezó muy joven, a los 15 o 16 años, y pasó por montajes de “Pinocho”, “Blancanieves” y otras obras. Conoce la dificultad de ese público.
“Hacer reír es difícil, dice. Hacer reír y mantener atento a un niño durante una hora y media es todavía más complicado. Tienes que mantener a los niños una hora y media sentados, y el niño no está sentado. El niño siempre está brincando y haciendo algo. Entonces, esto es un reto y a mí me gusta”, afirma.
Quizá por eso le emociona tanto que La Carlota haya logrado cruzar generaciones. Niños de tres, cuatro o cinco años la llaman “Callota”. Señoras mayores la siguen buscando en el circo. Familias enteras se acercan a tomarse una foto. Hay gente que la mira como si fuera parte de su historia familiar. Y ese cariño, dice Vílchez, a veces lo desborda.
El vínculo no fue inmediato con todos. Vílchez recuerda que en una época, especialmente durante “Lima Limón”, hubo resistencias. El país era —y sigue siendo, dice— machista y homofóbico. Algunos no entendían por qué un personaje como La Carlota estaba al mediodía en televisión.
“El personaje no hacía daño, no insultaba, no incomodaba; transmitía humor, cariño y energía. Con el tiempo, incluso quienes se resistían terminaron aceptándola. La Carlota puede ser exagerada, antipática, intensa, coqueta, mandona, juguetona; pero no es cruel. Y el público lo percibe”, reconoce.
En esta etapa, además de volver al circo, quiere desarrollarse como productor. Prepara un proyecto junto a su hijo Giancarlo Vílchez, comunicador y periodista deportivo. Será un espacio ligado a Alianza Lima, su gran pasión. Sueña con invitar a Paolo Guerrero, Jefferson Farfán y también a líderes de la barra para hablar del fútbol, de la hinchada y de por qué se perdió esa vieja costumbre de compartir un estadio con dos tribunas enfrentadas, pero vivas.
Pero antes de ese sueño está La Carlota. La que nació mirando a Luis Miguel y ahora se atreve con Michael Jackson. La que casi se comió a Carlos Vílchez, pero también lo hizo inolvidable. La que no pertenece del todo al actor ni al público, sino a ese lugar extraño donde viven los personajes que sobreviven al tiempo.
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Después de 36 años, Carlos Vílchez podría cansarse de ella. Pero no. La defiende, la cuida, la deja descansar cuando hace falta y la vuelve a sacar cuando el público la llama. Sabe que no todos los artistas tienen la suerte de crear una compañía tan fiel. Una que haga reír a un niño, emocione a una abuela y le recuerde a él mismo por qué sigue subiendo al escenario. “La Carlota me ha dado de comer 36 años”, dice.
Y quizás esa frase, tan simple y tan honesta, explique todo. Porque detrás de los rulos, del grito, del baile y de la exageración, hay un actor que entiende que el humor también puede ser gratitud. Y que cada función es una forma de devolverle al público un poco de todo lo que La Carlota le dio.













