viernes, septiembre 4

Aunque en Perú existen grandes avances en la digitalización financiera, hablar de dinero aún es hablar de efectivo.

En los últimos años, el avance de los pagos digitales ha crecido de manera acelerada. Según la Superintendencia de Banca, Seguros y AFP (SBS), el 67% de los adultos utilizan una billetera móvil o cuenta digital, lo que representa un importante incremento frente al 42% registrado en el 2020. Este crecimiento también se refleja en el uso cotidiano de estas herramientas. De acuerdo con el Banco Central de Reserva del Perú (BCR), en apenas cinco años, el número de pagos digitales por adulto pasó de 59 a más de 600 operaciones anuales, reflejando la rápida adopción de las billeteras digitales. Si bien es un avance importante, en el 2026 el Perú todavía muestra rezagos en la consolidación de la inclusión financiera digital frente a otras economías de la región, según el Banco de Desarrollo de América Latina y el Caribe (CAF).

La razón es clara: la tecnología, por sí sola, no garantiza inclusión. Su impacto depende de condiciones básicas como el acceso a un celular, conectividad estable y energía confiable y asequible. Sin esa base, la digitalización corre el riesgo de avanzar con más fuerza justamente donde ya existían mejores condiciones.

Esto se ve con claridad en las brechas territoriales. La bancarización avanza más rápido en zonas donde ya había mayor acceso financiero, cobertura de telefonía móvil y conectividad a internet, que en otras regiones donde el efectivo sigue siendo la principal herramienta de pago y ahorro cotidiano. Esa diferencia no es menor, porque limita la posibilidad de que personas y pequeños negocios usen servicios formales para ordenar sus finanzas, construir historial y acceder a nuevas oportunidades.

En ese contexto, iniciativas como la nueva plataforma TAPP, impulsada por el BCR, buscan acelerar la democratización de los pagos digitales y facilitar la interoperabilidad entre bancos, cajas, financieras, billeteras digitales y fintechs. Este es un paso relevante porque hace más simple y seguro mover dinero entre distintos actores, pero no basta por sí solo. La inclusión financiera también requiere productos simples, información clara y acompañamiento cercano, especialmente para quienes todavía desconfían del sistema o no encuentran soluciones adaptadas a su realidad.

La digitalización financiera no es sumar más transacciones en las estadísticas. Es cerrar la distancia entre quienes ya usan estos servicios todos los días y quienes siguen dependiendo solo del efectivo. Llegar a ellos requiere productos simples, información clara y un acompañamiento cercano, que respete sus ritmos y realidades.

Solo entonces podremos decir que la transformación digital no se quedó en las ciudades ni en los ya bancarizados, sino que realmente llegó a quienes más la necesitan.

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