La noche del último 4 de agosto, en la zona de carga de un aeropuerto del este de Alemania, la policía encontró un dron cargado de explosivos junto a un avión ucraniano. Otro aparato había chocado contra un avión de mensajería; diez días después apareció un tercero, con más explosivos todavía. Ninguno detonó. Casi un mes después de que todo aquello hubiera ocurrido, el gobierno alemán pronunció el nombre del responsable –Rusia– y anunció su represalia: el cierre de un consulado y la rescisión del contrato de un centro cultural. La desproporción es evidente, y cabe en una frase: el Kremlin pone bombas junto a aviones, Berlín clausura centros culturales. Y es que para entender la docilidad de un gigante –la cuarta economía del mundo respondiendo a intentos de atentado con notas diplomáticas– hay que retroceder ochenta años.
Entre alemanes y rusos ha corrido abundante sangre: la guerra que libraron entre 1941 y 1945 mató a más seres humanos que ninguna otra de la historia. Lo extraordinario es lo que esa sangre hizo después con cada uno. A Rusia, la memoria de la invasión hitleriana le ha servido de combustible: a todo adversario, real o imaginario, lo reviste del uniforme nazi, y ese uniforme pareciera legitimar cualquier cosa, hasta invadir el país vecino en nombre de la lucha contra el fascismo. A Alemania, la misma memoria terminó anestesiándola: cargar con la responsabilidad de los crímenes del nazismo produjo un pacifismo extremo, el pacifismo extremo produjo el desarme voluntario, y el desarme voluntario terminó generando algo inaudito –la potencia industrial de Europa legó su seguridad a los norteamericanos y su independencia energética a los rusos, convencida acaso de que comprarle el gas al viejo enemigo era una manera de pedirle perdón por los daños del pasado. La prueba está bajo el mar Báltico: después de que Rusia se anexara Crimea, Alemania siguió construyendo un segundo gasoducto directo con Moscú, lo terminó en el 2021 y nunca transportó un solo metro cúbico de gas, pues la invasión de Ucrania lo enterró antes de inaugurarlo.
Ahora bien, el vencido de los años 40 pareciera estar despertando. Alemania viene ejecutando el mayor rearme de su posguerra: el presupuesto militar más alto de su historia, que hacia el fin de la década podría acercarse al gasto combinado de Francia y Gran Bretaña; el servicio militar reintroducido; su primera guarnición permanente en el extranjero desde 1945, plantada nada menos que en el Báltico, con los ojos puestos en Rusia; y la meta declarada de construir las fuerzas armadas más potentes y modernas de Europa. Pero comprar tanques es lo fácil: sobran los recursos en Berlín para hacerlo. Lo difícil será desinstalar un culto al pacifismo fabricado durante tres generaciones –los cuarteles no se llenan incluso con remuneraciones envidiables, y medio país desconfía de sus propios militares– y aun así faltará, desde luego, la única pieza que no pareciera estar en venta: el arma nuclear. Alemania renunció a ella por escrito en el tratado de reunificación de 1990 y, valga la pena recordarlo, uno de los firmantes de ese tratado fue Moscú; así pues, el adversario de hoy es garante de que el gigante no tenga nunca la bomba. Sin ella, Alemania podrá convertirse en el músculo de Europa, pero el escalón final de cualquier escalada seguirá perteneciendo a otros.
Y ahí aparece el segundo problema, que no está en Moscú sino en el corazón de la Unión Europea. Hoy como ayer, los países que más protección necesitan contra Rusia son exactamente los que pagaron en carne propia la debacle de la última guerra mundial: la idea de que su seguridad vuelva a llevar uniforme alemán no los tranquiliza del todo. Polonia, por consiguiente, gasta ya casi el 5% de su riqueza en armas y levanta por su cuenta el mayor ejército terrestre de la Unión. Pero esta inquietud no solamente afecta a Varsovia. Al otro lado del continente, París está por ver romperse un contrato no escrito que duró 70 años: Francia ponía la bomba atómica y la tecnología militar, Alemania ponía la economía y la estabilidad política, y cada una reinaba en lo suyo. La solución estable puede existir y es visible para cualquiera con ánimo de verla –el paraguas nuclear francés cubriendo la masa convencional alemana, cada país aportando exactamente lo que al otro le falta–, pero exige que París acepte que la espada más grande será ahora alemana, y que Berlín acepte que el botón final sea francés. Ochenta años de historia trabajan contra las dos aceptaciones al mismo tiempo.
Solo queda mirar el reloj. Rusia es hoy más peligrosa que Alemania, pero pareciera estar cerca de su techo: su economía, más pequeña que la alemana, depende de Xi Jinping para sobrevivir, y se desangra en una guerra que no pareciera poder ganar. Alemania luce hoy casi inofensiva, pero está en su piso, y las dos curvas se cruzarán en algún punto de la próxima década. Y ese cruce será al mismo tiempo esperanzador y peligroso, porque en el Kremlin también saben leer calendarios, incluso los escritos en alemán: Putin sirvió al KGB desde Alemania Oriental, a poco más de cien kilómetros del aeropuerto atacado, y todavía habla con fluidez el idioma del país al que hoy intenta intimidar y desestabilizar. Quien ve despertar a un gigante que conoce por dentro tiene un incentivo evidente para golpearlo antes de que abra los ojos. La bomba de aquel aeropuerto no estalló. La pregunta que Europa evita hacerse en voz alta es qué Alemania existirá cuando estalle la siguiente.

