Tres meses han pasado desde la última visita de Vladimir Putin a Beijing, la capital china. El presidente ruso llegó allí en mayo para conversar con su homólogo chino, Xi Jinping, y celebrar el aniversario 25 del Tratado de Buena Vecindad y Cooperación Amistosa entre ambas naciones.
Tres meses han pasado desde la última visita de Vladimir Putin a Beijing, la capital china. El presidente ruso llegó allí en mayo para conversar con su homólogo chino, Xi Jinping, y celebrar el aniversario 25 del Tratado de Buena Vecindad y Cooperación Amistosa entre ambas naciones.
Curiosamente, el líder del Kremlin realizó esa visita apenas una semana después de que Xi recibiera nada menos que a Donald Trump en medio de un aparatoso despliegue de seguridad. La presencia del mandatario estadounidense en la capital china, que duró menos de 48 horas, sirvió para abordar temas comerciales y estabilizar la relación bilateral entre ambas superpotencias rivales.
Si bien Trump no consiguió la firma de acuerdos concretos, sí se llevó la promesa de Xi de devolver la visita a Washington, la cual se materializará a fines de setiembre de este año.
Volviendo a la cita entre Xi y Trump de mayo, la cadena británica BBC señaló que algunos altos funcionarios y analistas en la capital estadounidense esperaban que el líder republicano lograra distanciar a Beijing de Moscú, pero que tales expectativas solo habrían quedado en deseos, pues “China y Rusia han descrito en los últimos años sus vínculos como una amistad sin límites”.
Lo ocurrido en los últimos días parece ser una prueba de esta relación indestructible, hoy representada por dos líderes autoritarios que, entre ambos, suman 40 años al mando y que no tienen la menor intención de ceder la posta.
El viaje que encendió la mecha
Vladimir Putin enervó la semana pasada a Japón con su visita a las islas Kuriles, incorporadas a la extinta Unión Soviética al final de la Segunda Guerra Mundial y que el país nipón reclama como propias y a las cuales llama Etorofu. La primera ministra japonesa Sanae Takaichi calificó el viaje del presidente ruso de “absolutamente inaceptable” y presentó una protesta formal, frente a lo cual Moscú convocó al embajador nipón Akira Muto para aclarar que la soberanía y jurisdicción rusas sobre este archipiélago en el Pacífico, ubicado al noreste de la isla japonesa de Hokkaido, son “inquebrantables e inviolables”.
El gigante asiático pone su escudo
China entró a terciar en la pugna y apoyó al canciller ruso Sergei Lavrov, quien criticó la “sobrerreacción” japonesa a la visita de Putin. Pero el vocero de la cancillería china, Lin Jian, fue más allá: emplazó a Japón a “acatar el orden internacional establecido” tras la conflagración mundial del siglo pasado y en las últimas horas le recordó a Takaichi el “pasado militarista de Japón”, acusándola además de “abandonar el pacifismo” por los recientes cambios hechos a la Constitución nipona. Recordemos además que Beijing y Tokio mantienen su propia disputa territorial por las islas Senkaku, que son administradas por Japón pero reclamadas por China, que las llama Diaoyu.
El mensaje inequívoco del Kremlin
Que Putin haya ido por primera vez a las Kuriles tras tantos años de mandato revela el enfado que tiene hoy por el apoyo de Japón a Ucrania y por los vínculos más fuertes del gobierno nipón con los estados europeos de la OTAN. Y lo hace justo cuando el respaldo popular a Takaichi ha decrecido según las encuestas, lo cual limita la contundencia de su protesta. El espaldarazo de Beijing es parte de la creciente cooperación militar ruso-china en el Pacífico, reflejada por ejemplo en esa patrulla naval conjunta entre ambas armadas realizada en la segunda quincena de julio, que incluyó aterrizajes cruzados de helicópteros y maniobras de abordaje, registro e inspección de embarcaciones.



