Somos muchísima gente quienes hemos despotricado de ella con la convicción de quien practica un deporte nacional. Nos hemos metido con su parentela, su peso, su educación, su IQ y hasta con su supuesto ocio, como si presidir un partido no fuera chamba.
Incluso, algunos de sus flamantes ministros tienen en su haber posts y clips de entrevistas devastadoras para con su nueva lideresa. Ya no tiene sentido que los borren. El antifujimorismo convivirá con el primer gobierno de Keiko Fujimori como el yin y el yang. Hay que subrayar esa condición contingente de la peruanidad en este candelero de la asunción de mando.

Keiko Fujimori juró a la Presidencia de la República el 28 de julio. (Foto: Alonso Chero: El Comercio)
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¿Cuál es la diferencia entre las tres campañas perdidas y la cuarta de la vencida? Hay una diferencia muy sensible: Alberto Fujimori se murió. Lo hizo físicamente el 11 de septiembre del 2024 y lo empezó a hacer, políticamente, el martes 28 de julio en el primer mensaje a la nación de su primogénita. Keiko no invocó ni mencionó a su padre.
En el debate de la segunda vuelta tampoco mencionó su nombre aunque sí invocó su legado. Esta significativa vez no hizo ni lo uno ni lo otro (el jueves sí visitó su tumba junto al ex presidente ecuatoriano Jamil Mahuad).
Alberto polariza y suscita más emociones que ella, que apenas susurra sus convicciones, cualesquiera que sean, pues no es de explayarse en aquellas. En un momento de su encuentro protocolar con Javier Milei, se le oye decir ‘usted es una inspiración’; pero no tiene, ni de lejísimos, el estilo atarantador del argentino. Ni siquiera, en su mensaje, ha atacado el tamaño del Estado.
Cuando Keiko dijo, el 28, que hablaría para “los próximos 5 años” y, acentuó, mirando a las cámaras, “ni un día más”; estaba zanjando con lo peor -dictadura y corrupción- de su padre. Para lo mejor -derrota del terrorismo y reactivación económica, según biblia del partido- repite un amplio repertorio de frases laudatorias con subrayado incluido.
‘Soy más institucional’ le dijo al periodista Ismael Cala, tomando distancia del padre en una entrevista que parecía el resultado de un ‘coaching ontológico político´ para afirmar una identidad política en construcción. La muerte del padre, du divorcio de Mark Vilanella y los meses que pasó en la cárcel, tienen que haber sido factores de maduración que la ayudaron a postular contra todos sus miedos y a ganar contra todos sus antis.
Presidenta Keiko Fujimori, acompañada del presidente del Congreso, Miguel Torres, y el titular de Defensa, Rafael Belaúnde Llosa. Foto: Presidencia.
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Es muy temprano para saber cuán preparada estaba Keiko para gobernar; pero ya podemos decir que estaba entrenada para la puesta en escena de la asunción. Tanto, que no hubo un quiebre de voz, una anécdota de color y de rubor, un imprevisto o sorpresa, que marque nuestro candelero. En el mensaje evitó no solo a su padre, sino a Puno, a la minería ilegal y a los temas sobre los que tiene mucho pan por rebanar en petit comité, en conversaciones con aliados y opositores y, claro, en el consejo de ministros.
Habló a la ligera del pedido de facultades delegadas; pero no era un tema para tomarse a la ligera: ya tenía previsto hacer muy temprano el 29, antes del tradicional desfile, un consejo de ministros para discutir las normas fundamentales de ese pedido que vaya uno a saber cómo lo recibirán diputados y senadores.
Si la tibieza y la prudencia la han dominado en esta semana de su asunción; cabe preguntarse si la firmeza llegará tarde o nunca o vendrá pronto, una vez que se asienten gobierno y gabinete. La promesa de orden, lema de su campaña, requiere no solo nombrar los problemas sino tomarlos por las astas.




