Fui uno de los miles de ingenuos que, embriagados de entusiasmo, gritaron “¡‘Pinocho’, ‘Pinocho’!” la noche del 20 de febrero de 1991, cuando el uruguayo Ernesto Vargas selló la victoria de Universitario sobre Sport Boys por la Copa Libertadores.
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Quince años después, sentí que estábamos en el buen camino, luego de que la dirigencia crema anunciara la contratación de Rafael Maceratesi, un delantero correlón que solía atraer elogiosos adjetivos de la prensa argentina luego de cada jornada del campeonato de ese país. En medio de la exasperante mediocridad de esa ‘U’ del 2004, me dije con animado optimismo: “Ahora sí”.
Como recordarán, ambas incorporaciones resultaron ser fracasos estrepitosos. Vargas, campeón mundial con Peñarol y Nacional, arrastraba una grave lesión que precipitó su despido. Y la actuación del Rafa resultó tan infeliz, que para recordarlo el hincha crema usa un apelativo que resume el inextinguible tamaño de su indignación: ‘Trafa’.
En esos tiempos, las contrataciones las decidían unos señorones muy cercanos al presidente de turno, cuyo único ‘expertise’ era su incomprobable sapiencia para elegir refuerzos. A veces acertaban, otras traían unos ‘paquetes’ que causaban úlceras con solo verlos salir al campo de juego.Por eso resulta inconcebible que Universitario haya contratado a Sekou Gassama, un futbolista limitado, de alarmante pobreza técnica, que cada vez que entra a la cancha pareciera andar en busca de una brújula para saber por dónde moverse.
Hace un par de años, Manuel Barreto contaba cómo había conseguido desarrollar un equipo de scouting que, en base a una serie de indicadores, estudiaba el rendimiento de jugadores que podían adecuarse a las necesidades del club. Este componente científico les daba sustento a las decisiones de la dirección deportiva (además de hacer contrapeso ‘al ojo’ dirigencial).
Javier Rabanal junto a Franco Velazco (administrador) y Álvaro Barco (director deportivo). (Foto: Fernando Sangama / @photo.gec)
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¿Por qué, entonces, se trajo a un jugador que llevaba meses inactivo y al que, encima, se le permitió llegar tarde a la pretemporada? ¿Cuál fue el motivo detrás de tantas facilidades? Franco Velazco y Álvaro Barco nos deben una explicación.
La elección de los técnicos en nuestro país suele tener un importante componente emocional. A veces se busca “motivadores”, otros profesionales que pongan “orden” o, como alguna vez dijeran en Cristal, que cumplan “el manual del club”.
Traer a un hombre exitoso, pero sin experiencia en un cuadro grande como Javier Rabanal fue un riesgo que está saliendo muy caro. Sus declaraciones sin filtros, culpando a sus jugadores, denotan que su relación con ellos –por utilizar un término amable– no es estrecha. La crema ha pasado de ser un equipo avasallador a uno que intenta hacer daño “con la fuerza de un peluche” (Marcelo Araujo dixit).
¿Habrá algún jugador dispuesto a ‘matar’ por Rabanal como se veía con Fossati o Bustos? No se han visto gestos que permitan pensar que eso es posible. Y cuando la situación alcanza ese nivel, todos sabemos cuál es el siguiente paso por seguir.

Javier Rabanal daría sus primeros minutos este viernes a Sekou Gassama (Foto: @Universitario)
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Antes del viaje a Arequipa, Velazco y Barco definieron el escenario: la distancia entre Rabanal y el plantel es irreconciliable. La desconexión quedó expuesta tras la derrota en Libertadores.
“No se les pide que construyan un cohete para ir a la luna”, lanzó el entrenador. La frase cayó mal en el vestuario y también en la dirigencia. Su efecto fue inmediato: profundizó la fractura y aceleró una decisión que ya se evaluaba en Ate.
Hoy, en la ‘U’, su ciclo se da por terminado más allá de lo que ocurra ante Melgar. Solo una victoria contundente, acompañada de un giro visible en lo futbolístico y actitudinal, podría alterar un final que, a esta altura, parece sentenciado. Barco viajó con la delegación y tendrá la última palabra.




