El 30 de julio de 2007, en lo que podría definirse como una tan curiosa como fatal casualidad, murieron dos realizadores europeos de enorme notoriedad a fines de los años 50 e inicios de la década siguiente: Michelangelo Antonioni e Ingmar Bergman; uno en Roma, y el otro en su residencia de la isla de Fårö, en Suecia. Se trataba, como advierte el crítico Isaac León Frías, de dos figuras clave para un cine instalado en la modernidad de posguerra, filmado con una actitud más reflexiva a través de procedimientos que rompían con las formas dramáticas tradicionales —distanciamiento, contemplación, encuadres de mayor duración— para auscultar la naturaleza humana.
El 30 de julio de 2007, en lo que podría definirse como una tan curiosa como fatal casualidad, murieron dos realizadores europeos de enorme notoriedad a fines de los años 50 e inicios de la década siguiente: Michelangelo Antonioni e Ingmar Bergman; uno en Roma, y el otro en su residencia de la isla de Fårö, en Suecia. Se trataba, como advierte el crítico Isaac León Frías, de dos figuras clave para un cine instalado en la modernidad de posguerra, filmado con una actitud más reflexiva a través de procedimientos que rompían con las formas dramáticas tradicionales —distanciamiento, contemplación, encuadres de mayor duración— para auscultar la naturaleza humana.
Si nos enfocamos en el director sueco, podríamos decir que todo panegírico que suela escribirse sobre Bergman lo destacará como figura intelectual de la cultura europea y referente de su tradición humanista. Y si bien la afirmación no exagera, sin embargo el crítico Isaac León no quiere rendirle culto como una estatua de mármol. Él y su tropa de críticos reclutada para el libro “Ingmar Bergman: un cine a corazón abierto”, buscan, más allá de su incuestionable dimensión intelectual, ofrecernos aspectos de un artista mucho más cercano y, literalmente, carnal. A Isaac León le gusta citar una frase del autor de Persona en la que afirmaba que él, básicamente, concibió la mayor parte de sus películas “en las tripas”.
Ingmar Bergman y Liv Ullmann retratados en 1968. (Foto: AFP/ Agencias)
`; document.body.appendChild(modalWrapper); let figcaption = modalWrapper.querySelector(«figcaption»); if(figcaption) figcaption.style.display=»none»; modalWrapper.querySelector(«.s-multimedia__close-modal»).addEventListener(«click»,()=>{modalWrapper.remove(); e.style.display=»flex»; if(caption) caption.style.display=»block»;});})})});});
Para el crítico esta declaración es muy reveladora para definir a un creador intelectual, pero cuyo cine pasa por el cuerpo: “Para Bergman, lo sensorial, lo físico, tienen una importancia capital”, advierte. No por nada, añade León, Bergman fue, antes que cineasta, un hombre de teatro. Eso explica que en su cine, lo físico y la expresión corporal estén en el primer nivel de la imagen: desde la voz y los gestos del rostro en primer plano hasta la sensualidad de los encuentros.
«Bergman decía que él hacía su cine con las tripas, desde sus entrañas mismas. Hablamos de un director intelectual, pero cuyo cine pasa por el cuerpo».
Por eso, más que rendirle culto, los ensayos reunidos nos proponen nuevos enfoques y acercamientos: desde el tratamiento de los problemas de pareja —en el que Bergman fue precursor al abordar las relaciones más conflictivas y tormentosas, como sucede en Escenas de la vida conyugal (1973)—, pasando por su interés en el erotismo (Un verano con Mónica, 1953), las relaciones entre mujeres (en películas como El silencio, de 1963, o Persona, de 1966), hasta sus obsesiones ligadas al deterioro físico, el dolor y la enfermedad (Gritos y susurros, 1973).
Así, evadiendo los estereotipos erigidos sobre Bergman, León advierte incluso cómo el cineasta maneja el humor en sus películas, no desde la comicidad desbordada, sino desde la comedia enlazada en la tradición teatral, a partir de las situaciones y los diálogos, como ocurre en Sonrisas de una noche de verano (1955). “Pero incluso en las películas dramáticas de Bergman hay momentos que se prestan a la ironía, al sarcasmo y casi a la broma”, explica.
Otra dimensión que pocos advierten en su filmografía es su vertiente de cineasta de horror. “Bergman fue un cineasta que se anticipó al género que hoy llaman ‘Body horror’. Hay una línea del cine contemporáneo, representada por David Lynch o David Cronenberg, enfocada en el horror corporal, que guarda un vínculo directo con Bergman en la idea de que el cuerpo tiene estas otras dimensiones como la enfermedad.
El cineasta sueco en el rodaje de la película “Juegos de verano” (1951). (Foto: Agencias)
/ Sjöberg Bildbyrå
`; document.body.appendChild(modalWrapper); let figcaption = modalWrapper.querySelector(«figcaption»); if(figcaption) figcaption.style.display=»none»; modalWrapper.querySelector(«.s-multimedia__close-modal»).addEventListener(«click»,()=>{modalWrapper.remove(); e.style.display=»flex»; if(caption) caption.style.display=»block»;});})})});});
Si bien la muerte de Bergman a los 89 años —hace casi dos décadas— simbólicamente cerró una etapa en el cine, para Isaac León la herencia del maestro sueco ha seguido presente. “Ciertamente, Woody Allen es uno de los herederos más declarados, especialmente en películas como ‘Interiores’, ‘Maridos y esposas’, ‘La otra mujer’ o ‘Hanna y sus hermanas’. Incluso en una de las más recientes, ‘Blue Jasmine’, película con la que Cate Blanchett obtuvo el Óscar, el sello de Bergman está muy claro”.
Asimismo, León advierte su influjo en David Lynch —donde la huella de Persona es evidente en su icónica Mulholland Drive—, así como en cineastas independientes como Noah Baumbach y europeos como Michael Haneke, quien incluso radicaliza la propuesta bergmaniana al retratar las actuales y más desoladas relaciones de pareja.



