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Nadie verá la misma obra en “Geometría de la Luz”, y eso no es un accidente; así fue diseñada. Quien entre a La Galería y se ubique a la izquierda de una de las piezas de Gloria Frugone verá tonos rojizos; quien la mire desde la derecha encontrará un blanco casi puro. Y quien regrese tres horas más tarde descubrirá otra composición, porque la luz del día habrá movido las sombras y los reflejos.
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Detrás de la delicadeza formal de las piezas hay una renuncia al control que Frugone asume sin rodeos. “El control lo tiene la obra, lo tiene el ambiente, lo tiene la luz”, afirma. Lo que ella aporta es una estructura cuidadosamente planificada, y lo que sucede después escapa de sus manos, en lo que describe como un fenómeno de descubrimiento vivo.
Ese descubrimiento comienza en el taller. Allí corta, pliega, observa y vuelve a probar, y la propia luz le revela lo que el diseño inicial no mostraba. “Una sombra, un reflejo, a veces me indica por dónde continuar”, cuenta. De ahí que valore la intuición, esa capacidad de reconocer cuándo una modificación, incluso inesperada, produce una tensión perceptiva que merece ser seguida.

Gloria Frugone presentó el año pasado la primera muestra de este cuerpo de obras en la Galería Isabela Ninat, en Santiago de Chile.
/ VictoriaJensenEscudero
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Esa misma lógica se traslada al visitar la exposición. Como las piezas cambian con el día, no existe un horario perfecto para verlas, y quien llegue al mediodía, a media tarde o al atardecer se encontrará con obras distintas. La exposición propone, en el fondo, un ejercicio de desapego frente a una cultura que se empeña en dominar cada situación y que suele incomodarse ante lo cambiante. “Dejar ir las cosas es aceptar la vida en todas sus formas, en lo variable del futuro que nos aguarda”, menciona la artista.
La arquitectura, herencia de un padre arquitecto, le dio el lenguaje para esta exploración. Frugone creció rodeada de una disciplina que piensa el espacio como un material y que entiende los muros, las aberturas y los vacíos como piezas que organizan la luz. Esa mirada, que ella reconoce sin poder rastrear su origen exacto, la llevó a ver el papel menos como una superficie y más como una construcción en miniatura, con estructura, volumen y proporción.
Hay, finalmente, una dimensión que la artista prefiere llamar espiritual. Son obras que no entregan toda la información de una sola vez, sino que obligan a detenerse y a descubrirla poco a poco. En ese minuto de contemplación, el visitante puede mirar más allá de lo concreto y lo tangible. “Está la reflexión más antigua de todas, pensar en lo que hay más allá del espacio y del tiempo”, concluye.

