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Fernando Luque habla del alma con la misma naturalidad que interpreta a sus personajes. Mientras intenta explicar qué busca sobre un escenario, termina citando catedrales góticas, filósofos, poetas y personajes trágicos. Lo hace sin ironía ni distancia. Para él, el teatro no es únicamente un oficio ni una forma de entretenimiento, sino la máxima expresión de su búsqueda artística, una que hoy lo lleva a dirigir “Hamlet, príncipe de la locura” y “La casa de Bernarda Alba”.
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Cuando habla de actuación, Luque rara vez utiliza palabras asociadas al espectáculo. Prefiere términos como verdad, trascendencia o revelación. En su discurso aparece una idea recurrente: el escenario como un lugar donde el actor debe desprenderse de aquello que considera falso. “Hay una cuestión con poner el pellejo, poner la propia intimidad”, explica. No se refiere a contar experiencias personales ni a convertir la actuación en terapia. Habla, más bien, de revelar aquello que permanece oculto. “Sin tener que involucrarse hasta el punto de que afecte a tu vida personal; eso es peligroso”, advierte.
Entre sus producciones se despliega la llamada “estética gótica”, una propuesta que toma como referencia el arte medieval. No se trata únicamente de una cuestión visual. Luque aspira a que su teatro sea una experiencia sacra: algo trascendente y sobrecogedor, similar a lo que experimentó años atrás durante un viaje por Europa. “Quiero generar lo que me produjo entrar a la Catedral de San Dionisio”, dice al recordar una visita a Francia que terminó convirtiéndose en una referencia fundamental para su trabajo artístico.

El director desarrolla una propuesta escénica inspirada en la estética gótica, concebida como una experiencia teatral de carácter trascendente y reflexivo.
/ HUGO PEREZ
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Detrás de esa búsqueda también existe una postura crítica frente a cierta idea contemporánea del arte. Luque desconfía de la noción de que una obra pueda ser completamente neutral o libre de ideologías. Para él, toda creación responde a una visión del mundo. “El arte, por necesidad, tiene que ser siervo de algo: una idea, una posición. El artista no hace arte porque sí”, sostiene. Bajo esa misma lógica, considera que “el teatro peruano no se ha tomado el tiempo de pensarse a sí mismo”.
La figura de Hamlet lo acompaña durante todo este proceso. De hecho, lo hizo durante gran parte de su vida artística. Lo leyó por primera vez a los quince años. “Entonces era como leer chino”. Sin embargo, recuerda que algunas frases quedaron resonando en su memoria. Años después volvería al personaje como estudiante, luego como actor profesional y finalmente como creador. Cada regreso parece responder a una pregunta distinta. Hamlet se convirtió en una especie de eje personal y artístico, e incluso inspira uno de sus próximos objetivos: “Quiero dirigir una versión completa de la obra”.
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Hay algo revelador en esa persistencia. Mientras se proyecta hacia nuevos montajes y temporadas, Luque parece encontrarse inmerso en una búsqueda personal. Como si cada obra fuera apenas una estación dentro de un recorrido más largo. Uno que todavía continúa y que acaso explique mejor que cualquier currículo y entrevista quién es realmente Fernando Luque.
El Dato
Sobre «La casa de Bernarda Alba»
Temporada hasta el 28 de junio en La Vaca Multicolor. Entradas disponibles en Passline.
Sobre «Hamlet, el príncipe de la locura»
Temporada hasta el 29 de junio en el Museo Metropolitano de Lima. Entradas disponibles en Passline.













