La presidenta calificó de muy desafortunadas las expresiones del ministro de Justicia, Ernesto Álvarez, quien calificó el Código Procesal Penal como engendro que beneficia a los abogados de los delincuentes. Keiko Fujimori no dijo que esas expresiones fueron sacadas de contexto o que fueron mal interpretadas, tratando de justificar el exabrupto. Fue dura y directa.
La presidenta calificó de muy desafortunadas las expresiones del ministro de Justicia, Ernesto Álvarez, quien calificó el Código Procesal Penal como engendro que beneficia a los abogados de los delincuentes. Keiko Fujimori no dijo que esas expresiones fueron sacadas de contexto o que fueron mal interpretadas, tratando de justificar el exabrupto. Fue dura y directa.
Es la tercera vez que Keiko Fujimori corrige o llama la atención públicamente a uno de sus ministros. Y el tema, que podría verse como un asunto menor, muestra algunos flancos que deberían revisarse.
Primero, la coordinación interna. Si hubo un primer llamado de atención en público a un ministro, lo más lógico es que el jefe de la PCM trate el tema con su Gabinete y haga las advertencias correspondientes para que no vuelva a ocurrir. Pero si las expresiones desafortunadas o distantes de la línea marcada por el gobierno (y estamos considerando que las hay) se repiten una y otra vez, entonces algo falla en el interior del Gabinete. O no hay coordinación o estamos ante ministros de trato difícil que ponen en problemas al gobierno.
Para que una situación como la que comentamos llegue hasta el llamado de atención de la presidenta, es que antes no hubo un reconocimiento del error de quien lanzó la frase, o no hubo un llamado de atención del primer ministro invitándolo a dar una explicación, rectificarse u ofrecer una disculpa pública. Y con ello se expone a la presidenta a la ¿incómoda? situación de hacerlo ante el país, y a quien lanzó la frase al llamado de atención público.
Todo esto no es poca cosa. Porque si un miembro del Gabinete es corregido o criticado públicamente por la presidenta, pierde autoridad, se debilita ante la oposición y la opinión pública, se retrae y reduce su exposición pública para evitar repetir el error. En épocas no muy lejanas, quien recibía una reprimenda pública desde la presidencia presentaba su renuncia y esta era aceptada. Dignidad y vocación de renuncia le dicen.
Pero todo lo anterior lleva a una pregunta central: ¿por qué la presidenta prefiere llamar la atención o corregir públicamente a sus ministros antes que pedirle o exigirle al jefe del Gabinete que haga su trabajo, coordine u obligue a quien lanzó el exabrupto o cometió el error a disculparse públicamente? ¿El primer ministro trata esos temas con la presidenta y lavan su “ropa sucia” en casa? ¿Es una llamada de atención pública para mostrar su autoridad o es un maltrato innecesario a los miembros del su Gabinete?
Y hay otra pregunta que ronda en la mente de mucha gente: ¿por qué la presidenta se acerca y nombra en muchos altos cargos públicos, aquí y en el extranjero, a personas que han tenido las más duras expresiones y acciones para con su padre, su partido y con ella misma? ¿Evalúa ella el impacto que estos nombramientos tienen en el sector político, en la opinión pública y dentro del fujimorismo?
*El Comercio abre sus páginas al intercambio de ideas y reflexiones. En este marco plural, el Diario no necesariamente coincide con las opiniones de los articulistas que las firman, aunque siempre las respeta.



