Los últimos días han mostrado, finalmente, a un Ejecutivo en un esfuerzo sostenido por evidenciar que está a la altura de la responsabilidad asumida. Entre la presentación del Gabinete en pleno ante la Cámara de Diputados, la oficialización del pedido de delegación de facultades y la presentación de su política de comunicación, el régimen ha mostrado voluntad por ganar la iniciativa.
Incluso su reacción ante lo sucedido en Trujillo muestra a un gobierno que, aunque reactivo, ha actuado con celeridad. Es verdad, con los tropiezos que se han dado sobre la marcha. A ello se suma la presencia del presidente del Consejo de Ministros, Luis Galarreta, y del ministro de Economía, Elmer Cuba, en el encuentro anual del SAE. Ambos expusieron, con la debida solidez, ante un auditorio pleno de ejecutivos, las líneas generales del gobierno.
Sin embargo, cierto exceso de voluntad ha ocasionado yerros que han tenido que resolverse conforme a las circunstancias. El más notorio: olvidarse de adjuntar el acta de aprobación de la solicitud de facultades por parte del Consejo de Ministros, omisión regularizada con posterioridad.
Hay, también, descuidos, presentes o pasados, que colocan, inevitablemente, a los partícipes en una posición defensiva, nunca del todo cómoda. Así, al menos un par de ministros han tenido que ofrecer descargos o desandar pasos. Y hasta la jefa del Estado ha optado por mirar al techo ante presencias que pudieron haber sido parte del olvido si la victoria no se hubiera dado.
A pesar de ello, el Ejecutivo avanza hacia lo que debería ser su norte: una agenda clara que aspire al consenso. Ciertamente, algunos inconvenientes le hacen perder rumbo, pero esto podría cambiar con el debate de la delegación de facultades.
Por su parte, aun con mayor peso numérico, la oposición no termina de constituirse en una amenaza. Algo de ello se observa en la falta de reflejos que reseña Martín Hidalgo para todo el Congreso (El Comercio, 2/9/2026), que es particularmente relevante en el caso de la oposición.
Así las cosas, los primeros escollos que el oficialismo tendrá que superar no se encuentran en el frente opuesto, sino en su propio campo. En principio, la ya mencionada y quizás involuntaria toma de decisiones inadecuadas, que autoimpone trabas que son perfectamente evitables. De persistir en estos errores, el oficialismo corre el riesgo de convertirse en su propio enemigo, una situación a todas luces ilógica e improductiva.
El segundo escollo es más complejo: mostrarse ante la ciudadanía como una gestión a la altura de las demandas más urgentes. Aquí el reto es mayor, pues la inseguridad y la inminencia del fenómeno de El Niño son, sin duda, la primera gran prueba para la novel gestión. Conviene a todos que pueda atravesarlas con éxito.
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