Primero fue Valera, después llegaron Polo y Castillo. El abrazo pronto se convirtió en una torre palpitante, de miradas burbujeantes y risas agigantadas. En medio, abrazado por todos, estaba Jorge Araujo, a quien no se le veía tan feliz desde el 23 de diciembre de 1998, cuando con 19 años recién cumplidos alzó su primer trofeo con el equipo de sus amores. Hechura de la casa, como jugador y técnico, Coco solo hace ruido con su trabajo. Como debe ser.
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El triunfo sobre Garcilaso resucitó a una crema enterrada por ese juego de pasecitos innumerables, intrascendentes, que Javier Rabanal le quiso inocular.
Cuentan desde adentro que al español no lo miraron bien desde su llegada. En ese camarín treintañero, repleto de condecoraciones, no hubo feeling, faltó ese clic que nuestros jugadores requieren para moverse como un relojito. “Muy poco experimentado”, comentó uno de los más pesados y así, sin saberlo, de entrada le bajaron el pulgar.
Nuestros futbolistas se ofenden cuando les hablan de ‘camita’. Se molestan. Te miran feo. Como si los grupos humanos fueran inmunes a los enfrentamientos, a las relaciones tirantes, a esas súbitas bajadas de ritmo para aburrir al objeto del desafecto. No hay quien no lo haya vivido. Y el fútbol es fértil en historias que dan cuenta de ello.
La noche del 22, la U volvió a ser ese equipo que sus hinchas tanto extrañaban: alegre, vívido, electrizante. Ayudó también la insignificancia de Garcilaso, un pedacito del cielo en peligro de extinción. Apuesto mi cabeza que con el tinerfeño el partido igual se ganaba, pero por la mínima. Sufriendo mucho. Y renegando hasta el minuto final.
Por eso tamaña felicidad en la cancha y la tribuna, tanta alegría desparramada. El plantel lanzó un mensaje poderoso: no estamos muertos, vamos a seguir peleando. Pero también otro muy peligroso, esta vez dirigido hacia las butacas negras: si no traen a quien nos guste, olvídense. Fue su forma de medir fuerzas con la dirigencia. Y demostró que puede ganar.
La gente no se quedó muda: aunque oficialmente se informó que unas 33 mil personas pagaron sus entradas, tantos asientos desnudos mostraron que el hincha tiene formas de protestar. La primera clarinada fue ante Coquimbo: penosa derrota con tribunas medio llenas. Si el equipo no entusiasma, la fidelidad se diluye. Ya lo vivió Cristal para desgracia de tu tesorería. Ojalá en Ate hayan tomado nota.
Javier Rabanal fue destituido como entrenador de Universitairo. (Foto: Getty Images)
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