El desahogo no siempre llega en forma de aplausos. A veces nace del reclamo, de la incomodidad que baja desde la tribuna y se instala en el césped como una presión constante. Sporting Cristal lo entendió así en Matute, donde primero tuvo que resistir el juicio de su gente antes de encontrar, en noventa minutos largos, una victoria que puede marcar un quiebre.
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Porque el 2-0 sobre Junior de Barranquilla no solo suma tres puntos en el Grupo F de la Copa Libertadores 2026. Es, sobre todo, una respuesta en medio de la crisis. Una manera de lavarse la cara tras el golpe en el Torneo Apertura ante Comerciantes Unidos y de reconciliarse -aunque sea por una noche- con un hincha que no solo no olvida, sino que no perdona.
La previa fue un termómetro. Los silbidos dirigidos a Julio César Uribe, hoy Director General de Fútbol, evidenciaron un malestar acumulado. No era solo por el presente en la Liga 1, con Cristal relegado al puesto 11 del Apertura, sino por una sensación más profunda: la de un equipo que no terminaba de representar lo que su historia exige.
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Y ese murmullo se trasladó al partido. Cada pase errado, cada control defectuoso, era amplificado por la tribuna. Cristal jugaba, pero también rendía cuentas.
Hasta que el encuentro encontró su punto de quiebre a los 21 minutos. En un balón aéreo dividido, Jermein Peña soltó un codazo innecesario sobre Miguel Araujo. El árbitro no dudó: tarjeta roja. Junior se quedaba con diez y el escenario cambiaba por completo.
Con superioridad numérica, Cristal asumió el protagonismo. Adelantó líneas, empujó a su rival contra su área y empezó a encontrar espacios. Pero la ansiedad seguía ahí, latente, como un recordatorio constante de lo que estaba en juego.
El gol, entonces, tenía que ser especial. Y lo fue. A los 52 minutos, Santiago González tomó el balón en el borde del área, se acomodó y sacó un remate que encontró red tras un leve desvío. Un golazo que rompió la resistencia colombiana y, por un instante, silenció el nerviosismo.
Sin embargo, ni siquiera la ventaja trajo calma total. Desde las tribunas bajaba un grito insistente: “¡Vayan para adelante!”. Era una exigencia más que un aliento. Cristal ganaba, pero no convencía del todo.
A los 91 minutos, Catriel Cabellos encontró un balón en el área y definió para el 2-0. Fue su primer gol con la camiseta celeste y lo celebró entre lágrimas, como quien entiende el peso del momento. A su lado, el técnico Zé Ricardo desató un grito contenido, liberado, casi visceral abrazando a su comando técnico.
Recién ahí, con el partido resuelto, la tribuna bajó la guardia. “Y ya lo ven, es el Cristal que quiero ver”, se escuchó en Matute. No era euforia desbordada, sino una tregua. Un acuerdo tácito entre equipo e hinchada.
La victoria, además, tiene valor histórico. Cristal rompió una racha de 34 años sin vencer a un club colombiano en Copa Libertadores, tras once intentos fallidos. Y consolidó su fortaleza como local: dos partidos, dos triunfos, 680 mil dólares acumulados en premios.
Pero, sobre todo, se regaló una noche de respiro. Una en la que, pese a todo, volvió a parecerse a sí mismo. Con seis puntos, los celestes dormirán como líderes del Grupo F, a la espera de lo que haga Palmeiras.
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