jueves, febrero 19

La madrugada del lunes 19 de febrero de 1934 fue el momento del robo. Un lunes, un día normalmente tranquilo en cualquier hotel del mundo. Pero ese solaz, esa confianza fue utilizada por un delincuente para cometer su fechoría. El nombre del ratero solo se sabría días después.

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El propietario del hotel del “Parque Central” de Miraflores hizo la denuncia el mismo 19 de febrero de 1934. Llegó a hablar con los agentes policiales, pero ni él mismo tenía claro cómo ocurrieron los hechos. Solo dejó sentada la denuncia y se fue. En los detalles de su testimonio indicó que habían robado de su establecimiento “un moderno servicio de comedor de alpaca fina y platos de loza de buena calidad”. (EC, 20/02/1934)

LA POLICÍA LIMEÑA DE LOS AÑOS 30 EN ACCIÓN

Los guardias de la comisaría de Miraflores asumieron el caso y lo harían con suma diligencia. Ellos interrogaron a todo el personal del hotel y a los mismos propietarios. Cualquier información podía ser relevante. Entonces, saltó un dato interesante cuando conversaron con la esposa del dueño.

La mujer refirió que, cuatro días antes del asalto, “había tomado a su servicio, como ayudante de mayordomo, a un sujeto que no conocía, pero que tenía apariencia correcta y aptitudes para el desempeño de sus obligaciones”. (EC, 20/02/1934)

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Dejarse llevar por las apariencias les costó el asalto. Y como era de esperarse, al día siguiente, el sujeto sospechoso desapareció. Tanta fue la informalidad en el contrato del “ayudante de mayordomo” que la Policía no pudo contar al comenzar sus pesquisas ni siquiera con el nombre completo del susodicho.

No obstante, los agentes policiales tenían muy claro que ese individuo era el culpable, y lo fueron confirmando con los testimonios de los empleados. Uno de ellos, Manuel Guzmán Blas, quien vivía en el propio hotel, contó a la Guardia Civil que él también había sido víctima de varios robos, pues de su dormitorio desaparecieron “un sombrero de paño fino, un terno casimir y diversas prendas de uso personal”. (EC, 21/02/1934)

Imagen de junio de 1947 de un desfile en las inmediaciones del Parque Central de Miraflores, con la nueva avenida Larco y el Palacio Municipal en actividad. (Foto: Archivo Histórico de El Comercio)

Otro trabajador, el “cuartelero” del hotel, Irineo Guzmán Bures, ancashino él, también denunció ante la Policía el robo de su cartera, donde guardaba “papeles de importancia y la suma de seis soles en efectivo”. Asimismo, el administrador del hotel dijo que se habían perdido “candados y llaves” de las habitaciones. Para la Policía solo eso era una prueba de la peligrosidad del ex trabajador hotelero.

Los testigos acusaban directamente al desaparecido “ayudante de mayordomo”. Nadie sabía su nombre, pero era evidente que había realizado en el hotel cuatro robos en total, y de no poca monta. (EC, 21/02/1934)

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Lo primero que la Policía buscó fue el nombre del asaltante, para luego darle caza. La sección de Investigaciones, dirigida por el oficial segundo Luis M. Cárdenas, asumió el caso, y con el apoyo de experimentados agentes, como el agente Moscoso, peinaron gran parte de la ciudad, especialmente en sus “zonas rojas”.

Fue un trabajo que se hizo con pocos datos, pero los suficientes para tener las señas de identidad (descripción física y conducta) del sospechoso. Todas las comisarías de Lima, Callao y balnearios fueron notificadas y dateadas con los elementos de identificación recopilados. Así, a los pocos días, se vieron los resultados.

LA IDENTIFICACIÓN DEL “ROBAHOTELES” DE MIRAFLORES

Fue una llamada telefónica de la “Segunda Comisaría” de Lima la que dio el aviso a la de Miraflores: en el Mercado de Abastos de Lima, un guardia civil de esa jurisdicción detuvo a un sujeto con “facha sospechosa”. El tipo deambulaba en forma extraña por el lugar y, sobre todo, reunía algunas características físicas del supuesto ratero del hotel del “Parque Central”.

Los agentes miraflorinos fueron por él y lo trasladaron a su comisaría. Allí fue interrogado severamente, y pese a que en un inicio el sujeto se encerró en un terco e imperturbable mutismo, al final no soportó la presión policial y terminó hablando y confesando su delito.

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Respondía al nombre de Juan Roberto Arévalo, tenía 30 años y era chalaco. Era conocido en el mundo del hampa era “Tortuga”. Al pedirle más datos y antecedentes al “Gabinete Central de Identificación”, la Policía descubrió que lo tenían registrado, falsamente, como un tal “José Flores”, alias “Mui, Mui”. (EC, 21/02/1934)

Los careos con el propietario del hotel del “Parque Central” y con los empleados del mismo se constituyeron en un paso clave y definitivo en el caso. Al realizarse, estos reconocieron a Arévalo de inmediato: era el “ayudante de mayordomo”, el ladrón que andaban buscando.

LA POLICÍA RECUPERÓ LO ROBADO EN HOTEL DEL “PARQUE CENTRAL”

La tarea policial de esos años 30 no solo se redujo a identificar y capturar al delincuente hotelero, los agentes de la Guardia Civil estaban enfocados también en recuperar los objetos robados tanto del hotel como de los trabajadores.

Por eso, los policías siguieron interrogando al ratero. Juan Roberto Arévalo admitió que los objetos del hotel de Miraflores habían terminado en un restaurante del Callao, llamado “Los Amigos”, ubicado en la calle Sucre Nº 583. (EC, 25/02/1934)

Arévalo los había vendido a la dueña, la señora María vda. de Barrios, quien los había comprado sin saber que eran robados (aunque tampoco preguntó nada). Los agentes recuperaron casi todo el “servicio del comedor”, y lo que faltaba fue detectado y entregado a sus dueños con el paso de las horas.

Los objetos personales de los empleados del establecimiento habían sido ofrecidos a la venta por el malhechor en un puesto del “Mercado Central” de Lima. Casi todos fueron vendidos, admitió el delincuente. Sin embargo, la Policía fue recuperando en los siguiente días muchos de estos objetos. (EC, 25/02/1934)

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PERO, ¿CÓMO FUE EL ROBO DEL HOTEL DE MIRAFLORES?

Pero había un aspecto del robo que los policías limeños no podían pasar por alto: el modus operandi. Saber el procedimiento, la forma en que Arévalo planeó el robo, ayudaría mucho a la Policía para establecer patrones y adelantarse a las acciones de los asaltantes de casas y hoteles de esos años 30. El fin era bloquear la acción delictiva.

Alias “Tortuga” dijo a los agentes que apenas había ingresado como empleado al hotel, pudo darse cuenta fácilmente de que “podía actuar con ventaja y posibilidades de éxito”. Así contó que todo empezó en la noche del domingo 18 de febrero de 1934. (EC, 25/02/1934)

Arévalo esperó pacientemente a que los empleados y la familia del propietario se acostaran. Pasada la medianoche, ya en la madrugada del lunes 19, se metió en el comedor con toda tranquilidad, puesto que previamente había robado todas las llaves; de esta forma, abrió los armarios y se llevó el servicio de alpaca fina, avaluado en “600 soles”, así como los servicios de loza.

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El ratero desapareció de Miraflores esa misma madrugada. La Policía que lo capturó lo describió como una persona relativamente joven, mestiza, de mirada inteligente, aunque algo dispersa. Para los agentes, Juan Roberto Arévalo poseía “una facha de vaporino y de muy audaz”. El viejo peruanismovaporino” hacía referencia a su aspecto de “grumete” o “marinero” que llevaba el delincuente. (EC, 25/02/1934).

Tortuga” ya tenía antecedentes policiales nada recomendables, como el del 3 de octubre de 1928, cuando fue condenado por “vago incorregible”. Y eso no era todo. El 30 de setiembre de 1929 fue recluido por el delito contra la propiedad (robo); volvió a ser detenido por el mismo delito el 2 de mayo de 1930. Era, digamos, un especialista en ese “rubro”.

Se supo de Arévalo que en el momento de su captura vivía donde podía, figuraba “sin domicilio fijo. La Policía de Miraflores hizo su atestado y lo puso a disposición de la Jefatura General de Investigaciones. En cinco días se había resuelto el caso del hotel del “Parque Central” de Miraflores.

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