lunes, mayo 11

Comencemos con la niña Blanca Varela sentada en la gran mesa de la sala familiar, con un papel en blanco extendido frente a ella. Era el método que utilizaba para expresar por escrito aquello que no podía o no sabía comunicar oralmente a los demás, para poner en actas sus alegrías y sus malestares. La misma niña que, cierto domingo en el confesionario, le contó al sacerdote que entre sus lecturas estaba “Naná”, de Émile Zola. Este le respondió que ese era un libro pecaminoso y la conminó a quemar aquel libro si quería recibir la absolución. La niña decidió nunca más volver a una iglesia a partir de ese episodio.

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Luego está la joven Blanca Varela, universitaria en San Marcos, quien un día se animó a compartirle a su buen amigo (“el mejor que he tenido en mi vida”) Sebastián Salazar Bondy que escribía ideas e imágenes en papelitos que guardaba sin saber muy bien para qué. “Esto es poesía”, sentenció él luego de leer esos apuntes desordenados. Así nació algo que Blanca calificó como una obsesión que la acompañaría, con momentos más fecundos que otros, a lo largo de su vida.

“Pienso en esa flor que se enciende en mi cuerpo. La hermosa, violenta flor del ridículo”, escribió la poeta Blanca Varela, cuando ya era una autora consagrada y reconocida no solo en nuestro país, sino en todo el ámbito de la lengua. La violenta flor del ridículo de la que siempre huyó: era una mujer serena, discreta, que prefería su refugio casero en Barranco, que temía las entrevistas por el miedo de decir algo que no fuera atinado o inteligente, que nunca renunció al silencio profundo, lleno de animales heridos y de escenarios perturbadores, que fue perfeccionando desde la infancia.

De eso están hechos sus libros de poemas, escasos, siempre breves, que aparecían después de dilatados silencios. Escribir nunca fue un placer para ella y, por otro lado, no le gustaba el proceso de publicar. “Luz de día” llegó a la imprenta porque Javier Sologuren descubrió que había quienes la consideraban una poeta mexicana en Brasil y quiso editar sus poemas en Lima para poner las cosas en orden. El esencial “Valses y otras falsas confesiones” salió de la imprenta gracias a la insistencia y amistad de Vargas Llosa; mientras que “Canto villano”, quizá su obra maestra, fue producto del interés de Guillermo Niño de Guzmán y Edgar O’Hara, quienes lanzaron el volumen en Arybalo, un sello artesanal. Blanca Varela nunca dejó de ser, en el fondo, la chica tímida que borroneaba papelitos. La fama y el ojo público nada tenían que ver con ese proceso introspectivo y repleto de pudor al que se entregaba en la privacidad de sus estancias.

No fue fácil ser Blanca Varela. El solo hecho de pretender ser poeta y mujer en el Perú en la época que vivió resultaba un desafío muchas veces irremontable. Pocas, muy pocas de las que lo intentaron conseguían abrirse paso entre el sistema patriarcal que cerraba puertas, restringía espacios, hacía de las voces femeninas una excentricidad dentro de los recitales y antologías. Ella logró darse su lugar desde sus primeros libros: en los años setenta era un nombre ineludible en nuestra tradición contemporánea y referente para los poetas jóvenes, sin importar su género. Si bien se declaraba progresista y simpatizante del movimiento de liberación feminista, en las escasas entrevistas que concedió declaraba su animadversión por ese punto de partida consistente en “soy mujer y voy a escribir un poema”. Creía que esa mirada le impedía desarrollar a plenitud sus indagaciones y volver fructíferas sus inquietudes. Porque Varela fue, ante todo, una humanista, una escritora pendiente de todos los aspectos, incluso los más cotidianos y mínimos, de una experiencia de vida tan personal y al mismo tiempo común con todos.

Lo que deslumbra de esta poesía es la cruda lucidez que la sostiene; en ella la condición fugaz del ser, su sufrimiento y exaltación, es revelada mediante un tono que jamás es trágico o dramático, pero no por ello menos apasionado. Cierta vez una poeta de su generación la acusó de ser una poeta cerebral. Eso no es cierto. Varela podía ser muy singularmente tierna, como se puede constatar en composiciones bellísimas en su laconismo como “Fútbol” o “Toy”. Lo que ocurre es que la suya no es la ternura de la efusividad o de la ingenuidad, sino la más difícil de todas: la que permanece tras haber soportado la carga visceral y angustiosa de nuestra condición, repartida entre la razón punzocortante y la animalidad insolente. Varela, por lo demás, era una poeta atemporal porque no creía en la historia de los hombres, sino en el instante definitorio. Ella nos enseñó que, al final, la gran poesía parte siempre de un instante definitorio.

Esta edición especial incluye prólogos de Carmen Ollé y Gabriela Wiener, y un dosier de imágenes de archivo para celebrar el centenario.

Canto Villano. Poesía reunida

Sin esa ternura habría sido imposible generar poemas como el conmovedor “Casa de cuervos”. La evidencia suprema de la enorme sensibilidad de Varela es este texto, dedicado al hijo que fallecería en un accidente de aviación en 1995. El padre, Szyszlo, dijo que toda muerte era un escándalo. Varela, menos grandilocuente, afirmó que Lorenzo ahora habitaba en el ámbito de su poesía. Fue así. Su obra posterior parece surgida de unas entrañas amargas, apartadas de lo civilizado y lo conciliatorio, donde el cieno y las sensaciones zoomórficas conquistan esa babel prometida en la primera etapa de su poesía. No es, pese a todo, un cierre pesimista. Donde no hay tiempo no puede haber esa clase de absolutos. Blanca Varela lo intuyó y tuvo razón en todo.

Canto Villano. Poesía reunida ( 1949-1994 )

Autor: Blanca Varela

Editorial: FCE

Año: 2026

Páginas: 284

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