viernes, agosto 21

Hay una manera cómoda de contar la Guerra del Pacífico —dos países que se disputan un desierto— y hay otra que obliga a mirar hacia Londres. Cuando Manuel Pardo expropió las salitreras de Tarapacá en 1875, el Perú intentó hacer con el nitrato lo que ningún Estado periférico tenía permitido entonces: administrarlo. El castigo fue inmediato y no vino en forma de ultimátum, sino de silencio financiero: el empréstito de siete millones de libras que Lima necesitaba para pagar a los propietarios expropiados, garantizado con el salitre mismo, no encontró comprador en ninguna plaza europea.

Hay una manera cómoda de contar la Guerra del Pacífico —dos países que se disputan un desierto— y hay otra que obliga a mirar hacia Londres. Cuando Manuel Pardo expropió las salitreras de Tarapacá en 1875, el Perú intentó hacer con el nitrato lo que ningún Estado periférico tenía permitido entonces: administrarlo. El castigo fue inmediato y no vino en forma de ultimátum, sino de silencio financiero: el empréstito de siete millones de libras que Lima necesitaba para pagar a los propietarios expropiados, garantizado con el salitre mismo, no encontró comprador en ninguna plaza europea.

El Perú terminó pagando las oficinas con certificados en lugar de dinero. Cuatro años después estalló la guerra, y durante ella un inglés instalado en Iquique, John Thomas North, compró esos certificados depreciados apostando a la victoria chilena. El decreto chileno de 1881 devolvió las oficinas a los tenedores de certificados. North se convirtió en el Rey del Salitre sin haber disparado un tiro. Que no haya sido descubierta una instrucción del Foreign Office ordenando la guerra no cambia el resultado; lo agrava. A un Perú insolvente y desacreditado se le arrebató un recurso natural y soberano mediante un Estado solvente que creía estar peleando su propia guerra.

El precio que Chile pagó por ese papel rara vez se contabiliza. En julio de 1881, con sus tropas en Lima, Santiago firmó con Buenos Aires un tratado de límites que liquidó sus reclamaciones sobre cerca de un millón de kilómetros cuadrados de Patagonia. Ganó unos ciento ochenta mil en el norte. La aritmética es inapelable: en la década de su mayor triunfo militar, Chile cedió más territorio del que conquistó. Se dirá que el salitre financió al Estado chileno durante cuarenta años, y es verdad. Pero conviene preguntarse quién capitalizó realmente ese salitre, y entonces la operación adquiere su forma completa: Chile puso los muertos y la reducción de sus pretensiones en la Patagonia; a cambio, una parte sustancial de la renta terminó en manos inglesas. Argentina, que no combatió, cobró en tierra lo que Chile no podía defender en dos frentes.

En la sierra peruana la derrota tuvo otra mecánica. Andrés Avelino Cáceres no fue vencido por superioridad táctica: en Huamachuco, en julio de 1883, con absolutamente todo en contra, sus fuerzas desbordaron inicialmente a Gorostiaga y colapsaron solo cuando se agotó la munición. Claro que lo que se había agotado antes era el país, o al menos una facción del mismo. El Grito de Montán, un año atrás, partió al Perú en dos legitimidades y convirtió la resistencia en una triste guerra civil: Cáceres marchaba al norte para destruir a Iglesias, e Iglesias existía bajo protección chilena.

Cáceres lideró la resistencia nacional durante la Guerra del Pacífico

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A eso se sumó un factor que una parte de la historiografía prefiere a veces no nombrar: la Breña movilizó al campesinado indígena de la sierra central, que empezó a ajustar cuentas con hacendados peruanos acusados de colaborar. Cierta élite se asustó más de los propios campesinos que del ejército invasor: los chilenos al fin y al cabo se marcharían, los campesinos embriagados de victoria no. Iglesias entonces no ofrecía solamente la paz; ofrecía restaurar el orden social. En ese terreno la deserción y la delación no requieren explicación individual: Cáceres no pudo triunfar después de Huamachuco porque un sector importante de peruanos lo evitó.

Las tres cosas son realmente la misma, y tienen un beneficiario común. Un Estado quebrado no pudo defender sus recursos, un Estado sin crédito no pudo sostener una guerra de desgaste, y la división acabó con la resistencia. Mientras tanto, Inglaterra –que necesitaba el nitrato para sus campos y su industria con una urgencia que ningún gobierno sudamericano estaba en condiciones de aplacar– obtuvo el salitre sin haber declarado la guerra, sin haber puesto un soldado y sin que le costara un solo muerto propio. Le costaron miles de muertos peruanos y chilenos, y hasta un millón de kilómetros cuadrados de Patagonia perdidos por un Chile que se desangraba en unas montañas donde ninguna derrota peruana era definitiva. Ninguna de esas facturas llegó a Londres. Y es que el Perú no perdió en Huamachuco, ni siquiera perdió contra Chile: perdió contra el mundo en 1875, cuando se apoderó del único fertilizante y del único explosivo que Europa sabía fabricar a gran escala, sin poder defenderlo. Aunque, ¿qué otra nación hubiera podido?.

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