jueves, mayo 7

Hay elecciones que deciden gobiernos y hay elecciones que deciden épocas. La segunda vuelta presidencial del Perú pertenece a la segunda categoría. No se trata de elegir entre Keiko Fujimori y Roberto Sánchez, ni siquiera de elegir entre derecha e izquierda en abstracto. Se trata de algo más profundo: definir de qué lado del mapa histórico se sitúa el Perú en un momento en que el orden mundial está siendo rediseñado con una velocidad que no se veía desde la caída de la Unión Soviética. En ese rediseño, Perú no es un espectador. Es una pieza clave.

Donald Trump está construyendo en América Latina el Escudo de las Américas, un bloque de gobiernos aliados con tres objetivos estratégicos comunes: contener el avance de China en el hemisferio occidental; sepultar la influencia del Cartel de Puebla, la red de líderes de izquierda que durante dos décadas coordinó la exportación de la franquicia chatarra del “socialismo del siglo XXI” cuyo epicentro fue Venezuela; y consolidar una zona de seguridad de protección económica y defensa militar en la región. El bloque existe, tiene forma visible y una agenda compartida. Lo que le falta es el Perú y ello lo hemos sostenido en un artículo dedicado específicamente al tema.

Perú no es cualquier pieza: es la pieza central. Geográficamente conecta el cono sur con el norte andino, compartiendo fronteras con Brasil, Bolivia, Colombia, Ecuador y Chile. Sin Perú, el bloque anticomunista occidental es un archipiélago sin continuidad territorial. Con Perú es una línea ininterrumpida desde la Patagonia hasta Colombia. A eso se suma el puerto de Chancay, la cabeza de playa más importante de China en el Pacífico sudamericano, y los minerales estratégicos: Perú es el segundo productor mundial de cobre y plata, recursos críticos en la guerra tecnológica entre Washington y Beijing. Un gobierno anticomunista que renegocie Chancay y proteja esas cadenas de suministro es un activo geopolítico de primer orden para el bloque occidental. Un gobierno que lo blinde es exactamente lo contrario.

Por otro lado, el Cartel de Puebla no ha desaparecido: ha retrocedido. Venezuela sobrevive en colapso, Cuba está exhausta, Bolivia giró, Argentina eligió a Milei, Chile eligió a Kast. El mapa que en el 2019 era mayoritariamente “rosado” hoy es mayoritariamente azul. Pero precisamente por eso, Colombia y Perú se han convertido en las últimas plazas donde la izquierda regional puede frenar ese dominio y demostrar que el proyecto no ha muerto.

Para el Cartel de Puebla, ganar Perú no sería un triunfo simbólico. Sería la demostración de que la marea puede invertirse, y lo necesitan urgentemente porque les quedan pocas oportunidades. Roberto Sánchez llega a la segunda vuelta prometiendo indultar a Pedro Castillo, con el apoyo explícito del entorno del expresidente golpista, construyendo su campaña sobre la narrativa del mártir encarcelado. Esa no es una posición electoral inocente: es el puente visible entre su candidatura y ese proyecto regional al que no renuncia.

La crisis institucional de todo el aparato rector electoral peruano tampoco es accidental en este contexto. Su jefe renunció bajo investigación por colusión agravada, con un tercer pasaporte hallado en el allanamiento y chats comprometedores en manos de la fiscalía. Fue repuesto hace dos años por la izquierda después de haber sido destituido. El JNE solicitó una auditoría integral del software de conteo, la primera en su historia, pero al parecer tienen techo de vidrio. Todo esto a semanas de la jornada, el segundo puesto de la primera vuelta sigue sin estar legalmente definido. Washington observa: el embajador Bernie Navarro ya advirtió públicamente que usará todas las herramientas disponibles para proteger los intereses estadounidenses, y no solo se refirió al tema de los aviones caza. La anunciada visita de Marco Rubio no es protocolo, es señal de que Estados Unidos está prestando atención con la misma intensidad con la que desplegó observadores en Colombia.

El Perú enfrenta en el balotaje una decisión que trasciende a dos candidatos. Podemos integrarnos al bloque que está definiendo el futuro político y económico del hemisferio, con los F-16 comprados, estatus de aliado extra-OTAN en marcha y la inversión estadounidense como horizonte. O vamos a repetir el camino de Castillo, ahora con el agravante de que el contexto internacional ya no tolera ambigüedades y de que el Cartel de Puebla, debilitado y desesperado, necesita esa victoria más que nunca.

La región está girando. El mapa está cambiando. Y nuestro país, con minerales, megapuertos, posición geoestratégica clave y una segunda vuelta aún sin rival confirmado, es el territorio donde ese cambio se consolidará o detendrá. Eso, y no la rivalidad entre dos candidatos, es lo que realmente está en juego. Despertemos peruanos que nuestro futuro próximo y el de las nuevas generaciones está en inminente peligro.

(*) Irma Montes Patiño es licenciada en Relaciones Internacionales de la George Washington University.

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