martes, agosto 25

Dentro de la atmósfera de generalizada ansiedad por resultados del gobierno, a solo veintitantos días de su inicio, Keiko Fujimori ha dado un paso decisivo en lo que atañe a su propio mandato presidencial.

En una decisión que seguramente ha sido rápida y tajante, ha puesto fin al enredo o “nudo gordiano” de la Presidencia del Consejo de Ministros, que convertía hasta hace poco a cada ocupante del cargo en una figura decorativa o hasta en “primer ministro”, menos en lo que se ajusta a sus reales funciones constitucionales.

De este modo, Fujimori ha dejado bien desmarcadas sus propias funciones de gobierno y de Estado, y bien definidas las de Luis Galarreta en la específica Presidencia del Consejo de Ministros, de cuya conformación, conducción y resultados él es directamente responsable. Su importancia es muy alta. Es el segundo a bordo del gobierno y vocero oficial después de la presidenta.

Galarreta tiene que hacer que la PCM a su mando no tenga vuelta atrás, sino represente a futuro y cada vez más la gerencia general pública que garantice la eficiencia y calidad de los servicios del Estado, allí donde hoy se concentran los inmensos focos de frustración y descontento social, que el gobierno debe y tiene precisamente que revertir.

Las desalineaciones y los entornos inadecuados y tóxicos en las cúpulas y estructuras de poder le han hecho mucho daño y por muchos años a la estabilidad, moral y gobernabilidad del país, por lo que hace bien Fujimori en cortarlos de raíz, inclusive debiendo descartar de plano y oportunamente, como lo ha hecho, especulaciones recientes sobre una presumible relación sentimental.

Hemos visto alguna vez el poder presidencial desdoblado en una figura protocolar como Dina Boluarte y un “primer ministro” forzado a desempeñar funciones de gobierno como Alberto Otárola. Hemos visto el poder presidencial y la Presidencia del Consejo de Ministros opacados bajo el protagonismo dominante de una “primera dama” como Nadine Heredia. Y a un entonces presidente Martín Vizcarra, en un desborde de poder, disolviendo inconstitucionalmente el Congreso, sin que le pasara absolutamente nada.

De ahí que sea vital para la salud democrática y el buen funcionamiento del gobierno y del Estado una Presidencia de la República perfectamente alineada con sus prerrogativas legales y constitucionales y escrupulosamente cuidadosa de sus entornos, como tiene que serlo también la Presidencia del Consejo de Ministros. Ambas depositarias de la verdad oficial que debemos considerar creíble y confiable.

El poder presidencial, por lo mismo que es complejo y vulnerable en su naturaleza y ejercicio, reclama un sentido de orden permanente y vigilante, en las cuatro direcciones en las que se desenvuelve: la jefatura de gobierno, la jefatura de Estado, la jefatura suprema de las Fuerzas Armadas y policiales, y la personificación de la nación, habiendo Fujimori rescatado de todas ellas la segunda, que hoy le permite ejercer su autoridad suprema sobre los demás poderes del Estado, sin afectarlos para nada en sus fueros, competencias y jurisdicciones.

Es un acierto que la puesta en orden del poder comience por casa. Será un acierto mayor que se extienda en sus dimensiones más sensibles.

*El Comercio abre sus páginas al intercambio de ideas y reflexiones. En este marco plural, el Diario no necesariamente coincide con las opiniones de los articulistas que las firman, aunque siempre las respeta.

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