domingo, julio 5

Entre la oficina en la que Bartleby se instala y el enorme mar en el que navega el Capitán Ahab en su obsesiva búsqueda de la ballena blanca que le arrancó la pierna, y la casa como metáfora de la poesía, pero no solo, transita la poesía de Rossella Di Paolo. Los espacios abiertos y los cerrados; el adentro y el afuera, las paredes y la vastedad del cielo, del aire, de las nubes.

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En su primer libro, “Prueba de galeras”, la protagonista es la naturaleza; “Mare Pacificum”, “Insulae”, “Terra del Fogo” son los significativos títulos de las cuatro partes en que está dividido el poemario cuyos poemas no cesan de referirse al mar, al aire, a los pájaros, a las montañas. “De las canteras del aire / un mar recién labrado se desprende / Tiembla el cielo ceñido a sus sienes”. Y pronto, en el segundo poemario, “Continuidad de los cuadros”, aparece la casa, el espacio cerrado como metáfora de la poesía que agobia y libera: “En cada vuelta de lápiz he ido cerrando la puerta / de este infierno encantado / Fábula de soledad / en que me encierro”, escribe en “Sal si puedes”, metáfora que se expande en “Empeños de una casa”, cuyo interior atrae y amenaza y mira resentida desde la ventana a la poeta que la ha abandonado. Condenada a habitar la casa de la poesía, quiere prenderle fuego “y bailar con mis amigos sobre la lengua de Vallejo / sin tener después que juntar los pedazos / y contarlo llorando en un poema”. Para evitarlo, se amarra el escritorio a la cintura y escribir es cocinar: “pongo las manos en la olla en la obra” y los logros son poca cosa: “vomitando esta sílaba más que sabrelamer oh si sin penas de asco”.

En “Tablillas de San Lázaro” (2001) la exploración entre el adentro y el afuera se expresa en los mendicantes, los apestados que anuncian su caminar, su tránsito y los sanos cierran sus puertas y sus ventanas. Nadie en la calle. Afuera es el abismo, el polvo, la oscuridad, los pastos agrios, el desierto nunca amado, donde habitan “los solos, los que nada tienen que ofrecer en los mercados / los oscuros / los que afilan sus dagas / los que caminan pegados a los muros / los parias / los que no pueden cantar”. “Sal si puedes II”, continuación de “Sal si puedes I” de Continuidad de los cuadrosy “Perfección” anuncian, pienso, una suerte de resolución del agobio que parecía irresoluble del adentro y del afuera, de la casa y la calle, de la poesía y del poema. Si bien se asume como imposible abandonar la casa de la poesía, existen salidas, atajos: “Y yo me rindo / me rindo siempre porque vivo / en la casa de la poesía / porque subo / las escaleras de la poesía / y porque también las bajo”.

Será en el siguiente libro, “La silla en el mar” (2016) donde Rossella Di Paolo resuelve lo que parecía irresoluble y que viene anunciado en el título que remite a la silla de Bartleby, al mar del Capitán. En muchas conversaciones que hemos sostenido a lo largo de los años que nos conocemos, Rossella mencionaba a Bartleby y su “Preferiría no hacerlo” con admiración, con deseo de imitarlo, aprender de su elección por la inmovilidad, la renuncia a las cosas de este mundo, a los afanes y deseos. Pero de igual modo aparecía el Capitán Ahab y la admiración y las ganas de imitar su empeño, su aventura navegando mares, buscando incansable e insaciable a la ballena blanca. Me preguntaba cómo hacía Rossella para amarlos y admirarlos, cómo resolvía esa fascinación por dos personajes tan opuestos. Cuando leí “La silla en el mar” comprendí que mi silenciosa pregunta provenía de una mirada esquemática, simplista; la que divide el mundo en buenos y malos, justos y pecadores, interior, exterior. Entendí que Rossella se había apropiado de Bartleby y de Ahab, los había invitado a formar parte de su poesía y nos enseñó que tan diferentes no eran.

Y entonces se abrieron las ventanas, las “ventanas batientes” de este último poemario en el que, así es como lo he leído, cada poema es una ventana que se abre y desde su adentro o su afuera el yo poético mira y nos permite mirar. Nos enseña a mirar. “Nadie es una isla, escribió John Donne / Nada como una isla replico hoy / mientras abro un libro / y la mañana repasa / con calma / su agenda / en mi ventana”. “Ventanas batientes” propone una continuidad que es también apertura. Continuidad, por cuanto el yo poético dialoga con sus libros y sus temas a los que me he referido. Apertura, porque se abren nuevas ventanas que resuelven el adentro y el afuera de la casa y la calle. La casa de la poesía que seduce y agobia, el don de la escritura y el látigo que Dios le dio es también, en “Ventanas batientes”, la casa como espacio “real” que abre otra ventana, la del tiempo: pasado y presente. “En la casa antigua / cuando madre salía / y no me llevaba / (desde la ventana la veía alejarse) yo llenaba de dibujos / las paredes / de dibujos y furia” y entonces vuelve la metáfora: “Cambié crayolas / por letras / y furia por furia / cuando esta ventana / no entra bien / no se abre / no ilumina / este poema”.

“Cada gran escritor rehace el mundo” escribió Raymond Carver. Cada libro de Rossella, y “Ventanas batientes” lo confirma, da cuenta de esa su mirada única, nos trae noticias de ese su mundo. Y justamente, de esa mirada propia, reconocible, da cuenta el “tema” de “Ventanas”: la pandemia, el encierro y la cuarentena. Sí, es cierto que alude y refiere en muchos poemas a los meses, años que el mundo entero sufrió el COVID-19 y todas sus implicancias. Muchos escritores y escritoras, cineastas, creadores en general han querido narrar ese tiempo, sus avatares y secuelas, pero los resultados en general han sido pobres, tópicos: nos cuentan lo que sabemos, lo que todos vivimos y terminamos diciéndonos “para qué me cuenta esto que ya viví, que ya sé”. El libro de Rossella, en cambio, nos ofrece su mirada, esa que hace inconfundible su universo; aunque refiera a uno, como el de la cuarentena, que todos experimentamos.

Esa es otra, entre muchas, de las maravillas de este libro: cómo el yo poético se instala en la ventana con un libro y mira los árboles a su aire sin que nadie los pode, las bicicletas aparcadas, escucha que las playas se han llenado de pájaros “para qué olas / con tantas alas libres / invitadas / a danzar hay fotos”; aprende la lección de los geranios “me enseñan a quedarme quieta / en el suelo de mi casa”, mientras se va contando casi en silencio y elipsis prolongadas el tiempo y la historia: Día séptimo, y “avanzo a tientas / como la cosmonauta / de la COVID-19 probando Luna”, “el grifo gotea en el baño / escarcha en la refrigeradora”; y vuelve el petirrojo, las veredas se llenas de hojas, llega un tordo herido y se va, las palomas en el jardín, el tordo no vuelve. Hasta que se empieza a asomar otra vez la vida “Papaya piña rica la chirimoya / rica la mandarina mango dulce / pera pera / con su megáfono hoy volvió el frutero / pregonando / el fin del mundo muerto”, que cierra el poemario. Rossella Di Paolo, como la gran poeta que es, ha creado un mundo. El mundo según Rossella Di Paolo.

(*) Este texto fue leído en la presentación del libro, el 19 de junio pasado, en la librería El Virrey.

“Ventanas batientes”

Autor: Rossella Di Paolo    

Editorial: Peisa

Año: 2026

Páginas: 80

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