domingo, mayo 10

Roberto Sánchez ni siquiera está oficialmente en la segunda vuelta, pero ya está repartiendo cargos públicos mientras sus seguidores y aliados de última hora se frotan las manos con anticipación.

Hace unas semanas, anunció que la lucha contra el crimen estará en manos de Antauro Humala, sentenciado por el ‘andahuaylazo’, donde murieron asesinados cuatro policías. Suena a una burla contra las fuerzas del orden poner al frente del Ministerio del Interior a quien purgó prisión por homicidio y rebelión. Eso muestra también que para esta coalición la violencia puede legitimarse como “acción política”

Al exfiscal José Domingo Pérez lo quiere designar al frente de la reforma del sistema de justicia. Y el nuevo aliado Alfonso López Chau ha puesto como condición para su apoyo “un gabinete de unidad nacional”, lo que en otras palabras significa algunos ministerios para afines y allegados.

Sánchez está más preocupado en cortar la torta que en hacer campaña. Diera la impresión de que ya logró el objetivo que buscaba: mantener una cuota de poder en próximo Congreso. El eventual pase a segunda vuelta parece ser una sorpresa inesperada con la que no sabe cómo lidiar. Ahora intenta fingir un distanciamiento con Antauro Humala pero es demasiado tarde para desmarcarse. La cercanía y admiración mutua de ambos personajes ha quedado registrada en diversos actos públicos.

Esta semana, el postulante de Juntos por el Perú ha dicho que no firmará ninguna hoja de ruta y mantendrá como ejes centrales de su agenda la asamblea constituyente y la nueva constitución, desinflando las esperanzas de algunos centristas que podrían haber votado por él si se ollantizaba. Como candidato, es pésimo. Si ha llegado hasta donde está es por las adhesiones que ha logrado sumar. Su labor como congresista y ministro de Estado ha sido muy cuestionada. Con esos antecedentes, no es difícil vaticinar como sería un hipotético gobierno suyo.

En la política peruana no existen verdades absolutas. Quizás el panetón del 2026 solo sea un chancay remojado, pero el riesgo de que Sánchez y sus aliados radicalicen aún más la polarización y agudicen la inestabilidad institucional y económica ya es visible.

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