Tiene cuarenta y tantos años, una barba de varios días y la luz gris de una ventana de Nueva York a sus espaldas. Claro que podría llamarse de cualquier manera. Podría vivir en Buenos Aires, en París o en Lima, porque las circunstancias de su vida empiezan a repetirse en lugares diferentes y distantes. Apoya el teléfono contra una taza caliente, encuentra el ángulo desde el que quiere hablar y presiona el botón rojo. Esa mañana le han anunciado que su puesto desaparecerá antes de fin de año. No tiene casa propia ni ahorros suficientes para pagar tres meses de alquiler. Tampoco una trayectoria profesional de la que pueda sentirse particularmente orgulloso, sino una sucesión de empleos breves, mudanzas y cargos cuyo nombre prometía bastante más de lo que acabaron ofreciendo. No tiene esposa ni hijos. Lo que más le duele, sin embargo, es descubrir que el tiempo no le ha dejado casi nada de cuanto imaginaba poseer a estas alturas. Mira a la cámara y empieza a hablar a quienes vienen detrás. Les advierte que no se confíen, que los años pasan en un instante y que a los cuarenta el mundo ya no concede las oportunidades que a los veinte. Hay algo doloroso, y algo a la vez extrañamente solidario y humano, en la naturalidad con que expresa su decepción, como si hablara a los sobrevivientes del naufragio que a él lo alcanzó primero.
Su historia importa, desde luego, menos por lo excepcional que por lo común que empieza a resultar. Basta deslizar el dedo por la pantalla para encontrar una multitud de experiencias semejantes: cientos, si no miles, de adultos que han llegado a los cuarenta o cincuenta años con la impresión de haber hecho más o menos lo que se esperaba de ellos y descubren, de pronto, que aquello no basta. Unos han perdido el empleo; otros encadenan trabajos cada vez más precarios; muchos sencillamente miran hacia adelante y ya no reconocen el futuro que durante años dieron por supuesto. Y nada indica que vayan a ser los últimos. En lo que va del 2026, grandes empresas, desde bancos hasta compañías tecnológicas, han anunciado sucesivas reorganizaciones mientras revisan presupuestos, prioridades de inversión y líneas de negocio consideradas estratégicas. Se prepara una transformación cuyas consecuencias todavía nadie puede medir, aunque es cierto que lo esencial en la historia del hombre de Nueva York precede a cualquier innovación tecnológica. No acaba de descubrir que su empleo puede desaparecer. Ha descubierto que también puede desaparecer el futuro en el que había confiado. Y que nadie está obligado a compensarlo por haber perdido su oportunidad.
Sería irrisorio explicar aquella escena por la irresponsabilidad de un solo individuo, del mismo modo que sería injusto atribuir los tropiezos de toda una generación a una única causa. Cada vida tiene sus circunstancias, sus accidentes y sus decisiones correctas o equivocadas. Pero quienes alcanzaron la edad adulta durante los últimos años de la primera década de este siglo quedaron expuestos casi al mismo tiempo a dos transformaciones que terminaron por alterar la manera de imaginar el porvenir. Una fue tecnológica; la otra, política. Las dos, por caminos distintos, parecían empujar en una misma dirección: hacia un mundo más abierto, más flexible y menos dispuesto a aceptar destinos heredados. La primera, de hecho, comenzó casi sin anunciarse. En el 2004, en Harvard, una red concebida inicialmente para conectar a estudiantes empezó a crecer mucho más allá de los límites del campus, y en pocos años las redes sociales dejaron de ser una curiosidad reservada a estudiantes y aficionados para convertirse en un escenario mundial donde cualquiera podía exhibir su vida, compararla con la de los demás y construir ante millones de desconocidos una versión idealizada de sí mismo.
Mientras aquella nueva vitrina empezaba a transformar la manera de mirar las vidas ajenas y de presentar la propia, otra transformación avanzaba por un terreno distinto. La noche del 4 de noviembre del 2008, en el Grant Park de Chicago, una multitud lloraba, se abrazaba y repetía una consigna destinada a sacudir el mundo: “Sí, podemos”. Barack Obama, el primer presidente negro de Estados Unidos y probablemente el orador político más extraordinario de su generación, había conseguido algo que iba mucho más allá de ganar unas simples elecciones. Su propia historia parecía demostrar que las antiguas barreras podían derrumbarse, que el origen no condenaba a nadie a permanecer donde había nacido y que incluso quienes se apartaran del camino previsto podían aspirar todavía a encontrar un lugar en el mundo. No era una promesa literal de que todos acabarían triunfando. Era algo más difícil de medir y, en consecuencia, todavía más poderoso: la sensación de que la historia acababa de dividirse entre un mundo viejo y otro nuevo, y que las reglas que habían gobernado al primero empezaban a perder autoridad sobre el segundo. Las limitaciones que habían ordenado la vida de padres y abuelos parecían de pronto menos definitivas. Había que atreverse, ser distinto, abandonar itinerarios previsibles, empezar otra vez si era necesario. El escenario, además, se había vuelto mundial. Las redes proporcionaban la vitrina; aquella cultura de la diversidad, la flexibilidad y las oportunidades permanentes, el impulso para llenarla. Cambiar de ciudad, abandonar una profesión, aplazar decisiones o empezar de nuevo dejó de parecer una imprudencia para adquirir el brillo de una vida más libre y audaz. La promesa de una existencia prudente y austera dejó de parecer moderna y empezó a identificarse con un mundo envejecido que parecía condenado a desaparecer. Y acaso fue entonces cuando pareció forjarse una confusión esencial: reconocer que todos debían tener una oportunidad era distinto de creer que siempre habría una nueva oportunidad esperando. Claro que el mundo real seguía ahí. El tiempo pasaba, el dinero se acababa y las oportunidades también. Quienes tenían 20 años entonces rondan hoy los 40. Son los rostros que aparecen frente a las cámaras. Fueron, sin saberlo, una generación de transición: educada todavía bajo las exigencias crueles del mundo que los precedió, pero persuadida de que podría vivir según las reglas prometidas del nuevo.
La transformación más profunda ocurrió después. Las redes no se limitaron a mostrar lo que cada uno hacía: alteraron el punto de comparación con el que cada individuo juzgaba su propio desarrollo. Desde luego que nadie contemplaba ya la vida completa de los demás, sino una sucesión artificialmente escogida de aciertos, viajes, celebraciones y logros. Las discusiones domésticas, las jornadas mediocres o tristes, los fracasos, el miedo a perder el trabajo o el dinero que no alcanzaba para terminar el mes seguían existiendo, pero rara vez aparecían en el post de Facebook o la galería de Instagram. Y allí pareció haber comenzado una competencia imposible de ganar. Cada persona conocía íntimamente el desorden de su vida propia, pero recibía de los demás apenas su versión corregida y terminaba midiéndose contra esta ficción imposible. El fenómeno no tardó en extenderse de la vida privada a la profesional. Incluso LinkedIn acabó incorporándose a aquella representación alterada. Cada cambio de empleo se celebra como una conquista; cada ascenso, como la confirmación de una trayectoria irresistible hacia arriba. No es que los jóvenes cambiaran de trabajo mucho más que sus antecesores; las estadísticas estadounidenses, de hecho, no muestran una transformación semejante. Parece que lo que cambió fue todavía más decisivo. Permanecer empezó a parecer fracasar. No dar novedades equivalió a no existir. La antigua lógica de la estabilidad –quedarse, aprender, acumular experiencia, volverse indispensable en un puesto convencional y previsible– perdió prestigio frente al movimiento permanente. Con ella empezó a desprestigiarse también todo aquello que exigía tiempo antes de ofrecer una recompensa visible: los años oscuros de aprendizaje, el viejo derecho de piso que había permitido a padres y abuelos construir una carrera sin reconocimiento inmediato, comenzaron entonces a adquirir el aspecto de una derrota personal. ¿Para qué permanecer cinco años en un puesto si antiguos compañeros anunciaban cada seis meses una nueva responsabilidad, una oficina más elegante o un cargo supuestamente extraordinario? ¿Para qué guardar parte del sueldo si aquel amigo del colegio que nunca había destacado demasiado recorría Japón, cenaba frente al mar en Grecia o pasaba las vacaciones en un hotel que parecía predestinado a unos pocos afortunados? El problema ya no era únicamente profesional. La comparación dejó de ser ocasional y se volvió una realidad permanente. También la necesidad de demostrar que uno no se estaba quedando atrás, que uno era igualmente exitoso, que uno era igualmente feliz.
Desde luego, sería absurdo atribuir a esa cultura de la exhibición permanente la situación patrimonial de toda una generación. Pero también sería ingenuo pensar que no tuvo ningún efecto: compararse constantemente con los demás y sentir que siempre sería posible empezar de nuevo empujaba en dirección contraria a la paciencia, el ahorro y la estabilidad. La promesa encarnada por el optimismo de aquellos años, y llevada a su expresión más poderosa con la elección de Barack Obama, descansaba sobre una creencia difícil de formular pero ampliamente compartida: que el progreso seguiría abriendo puertas, que nadie quedaría de lado. Solo que mientras aquella promesa se repetía en la pantalla y resonaba en las campañas de tantos políticos que hicieron suyo aquel lenguaje, fuera de ella permanecía intacta la realidad implacable. Los alquileres vencían. Las deudas acumulaban intereses. Los años de experiencia que no se adquirían tampoco podían comprarse después. Y mientras una generación aprendía a medir su existencia contra la imagen que los demás proyectaban de la suya, el tiempo continuaba haciendo su trabajo. Sin seguidores. Sin fotografías. Sin prórrogas para nadie.
La realidad no tardó en poner a prueba aquella confianza exagerada. El derrumbe del mercado hipotecario estadounidense desencadenó una crisis que llenaría libros, películas y documentales durante años. Bancos que parecían inexpugnables quebraron, millones de personas perdieron sus empleos y familias enteras descubrieron que podían perder también sus casas. Las imágenes de empleados abandonando oficinas con cajas de cartón entre los brazos dieron la vuelta al mundo. Acaso lo previsible habría sido que semejante bautismo produjera una generación obsesionada con el ahorro, la conservación del empleo y la construcción de defensas contra la próxima crisis. Pero no ocurrió de una manera tan lineal. La tormenta pareció pasar; los ideales de flexibilidad, reinvención y oportunidades permanecieron. Y cuando comenzó a observarse la situación material de aquella generación la realidad fue menos favorable. En el 2018, un estudio de la Reserva Federal de San Luis reveló que las familias estadounidenses encabezadas por personas nacidas en los años ochenta habían llegado al 2016 con un patrimonio un 34% inferior al que cabría esperar según la experiencia de generaciones anteriores. La recuperación posterior fue, sin embargo, considerable: para el 2022, nuevos estudios mostraban que aquella cohorte había recuperado el terreno perdido e incluso superado las expectativas patrimoniales calculadas para su edad.
Entre el 2010 y el 2020, al mismo tiempo, la proporción de propietarios de vivienda cayó entre los estadounidenses más jóvenes, mientras la edad mediana de quien consigue comprar su primera vivienda ha alcanzado los 40 años. Entre los adultos estadounidenses, el 37% tampoco cubriría íntegramente con efectivo o su equivalente un imprevisto de 400 dólares. Claro que ninguna de esas cifras constituye por sí sola una derrota, y sería igualmente absurdo pretender que semejantes transformaciones obedecen a una única causa. Tampoco describen una generación condenada al empobrecimiento. Pero juntas revelan algo interesante: una generación llegó de manera distinta, y en algunos aspectos más tarde, a la edad en que las anteriores habían acumulado patrimonio, experiencia y redes familiares capaces de amortiguar la crisis. Y ahí comienza a revelarse la crueldad del cambio de paradigma. El mundo podía volverse más abierto, más tolerante con las diferencias y más generoso con las segundas oportunidades; no por ello había dejado de cobrar intereses, exigir años de experiencia o hacer irreversible el paso del tiempo. La libertad permitía postergar decisiones. No suspendía sus consecuencias. Nadie estaba obligado a comprar la casa que no se había comprado, devolver el ahorro que no se había acumulado o restituir los años que no se habían dedicado a construir una profesión. Durante mucho tiempo pareció que siempre quedaría otra puerta abierta. A los 40, algunos empiezan a descubrir que también las puertas tienen horario. Y que, cuando finalmente llega la cuenta, no existe una generación anterior, una empresa ni un Estado obligado a pagarla.
La generación que hoy sale de las aulas tiene el beneficio de aprender de aquella experiencia. Entra, además, a la vida adulta bajo un paradigma muy distinto del que recibió a quienes hoy rondan los 40. La promesa que aquella generación creyó escuchar en el mensaje esperanzador de Barack Obama y en tantos dirigentes que hicieron suyo aquel lenguaje de optimismo y tolerancia pareciera haber llegado a su fin. El mundo de las oportunidades que se renuevan, de la apertura y la flexibilidad que acompañó la entrada de sus mayores en la vida adulta parece retroceder ante otro más nacionalista, más desconfiado del otro y más replegado sobre sus propias fronteras. La paradoja es que el escenario digital que ayudó a construir la ilusión anterior permanece, sin embargo, intacto. Las redes seguirán mostrando viajes, ascensos, restaurantes y vidas aparentemente extraordinarias, aunque el mundo real sea cada vez menos indulgente con quienes confundan aquella proyección con una garantía o con una representación fiel de lo que ocurre fuera de la pantalla. Por eso conviene recuperar algo de la antigua prudencia.
En el Perú, además, no hace falta inventarla de nuevo. La distancia con los padres y abuelos peruanos es, en ese sentido, abismal: muchos de ellos habían visto la inflación superar el 7.000% en 1990, habían vivido años de terrorismo y sabían que el trabajo de toda una vida podía perder su valor en unas cuantas semanas entre inflación y devaluaciones. Por eso ahorraban incluso cuando tenían poco, desconfiaban de la abundancia y levantaban alrededor de la profesión, la casa y la familia defensas contra desgracias que todavía no habían ocurrido. No eran necesariamente más sabios ni sus vidas más felices. Habían aprendido, sencillamente, que una parte decisiva de su seguridad dependía de aquello que hubieran conseguido construir por sí mismos, y que nadie vendría a pagar la cuenta si todo salía mal. Esa prudencia recupera hoy buena parte de su sentido atemporal. Es posible que el hombre de Nueva York aún pueda comenzar de nuevo, pero ya no dispone del mismo tiempo, del mismo margen ni de la misma libertad para equivocarse. Quienes hoy tienen 20 años conservan una ventaja mucho mayor: pueden comprender antes que él que las vidas proyectadas por las pantallas no son necesariamente reales ni completas, y que un mundo más incierto exige construir con paciencia aquello que ninguna promesa puede garantizar. Las redes seguirán ofreciendo la apariencia de una existencia extraordinaria. Conviene dedicar los años, entretanto, a construir una que pueda sostenerse cuando finalmente se apaguen las pantallas.

