domingo, mayo 3

Bien decía en sus diarios Ricardo Piglia que la crítica literaria era una de las formas de la autobiografía. “El derecho al ensueño: escritos inéditos de Jorge Eduardo Eielson”, libro editado por Carlos Castro, Cecilia Esparza y Mariana Rodríguez, confirma plenamente ese aserto. Sabemos que la poesía del autor de “Habitación en Roma” tiene un sustrato en las representaciones oníricas, en la adscripción a lo irreal, en la visión de una arcadia derruida. Pero los textos aquí reunidos, especialmente los de su período de juventud, nos demuestran que ese ensueño (que es al mismo tiempo un principio ético y estético, como señalan los autores) se prolongaba en su propia perspectiva del mundo, de la cultura, del arte y de los otros.

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Por eso el veinteañero Eielson se adhiere a la fantasía delicada de Xavier Abril, defiende a Rilke –una de sus influencias cardinales– de la mezquindad de uno de sus traductores y rescata la belleza etérea de los poemas de Luis Fabio Xammar. Ya desde esos años inaugurales Eielson tiene muy clara su apuesta por un humanismo que se opone decisivamente a los vicios y plagas políticas de su tiempo: el nacionalismo y el populismo (encarnados en un Chocano que considera “el cascabel más grande, vacío y sonoro de nuestro arlequín literario”), además de la poesía social mal entendida, que también es blanco de sus airadas objeciones, mientras que rescata a Vallejo, a quien llama “el esqueleto de nuestra poesía” y el primer mensajero de la eternidad en nuestras letras. Sin embargo, quizá su mayor horror sea a lo huachafo, esa manera de combinar la hipocresía, el prejuicio y mal gusto, producto típicamente limeño del que procura huir como de la peste. En estos escritos es clara su incomodidad con el medio donde se debate, rácano, tosco y sin mayores perspectivas, y así va perfilando una vocación, más que cosmopolita, universal, que desembocará en un exilio europeo del que no se sustraerá nunca.

El ensueño eielsoniano no es solamente un punto de partida. Regirá su existencia y su obra, como atestiguan las notas de sus instalaciones o ese largo y notable texto bautizado “Este libro está hecho de fragmentos”. Pese a su título, resulta un ensayo muy orgánico: repasamos en sus páginas la concepción del arte, su feliz posición utópica, juicios sobre sus contemporáneos –destaca el vívido recuerdo de Warhol–, sus temores fundados sobre el lado sombrío de los avances tecnológicos (¿qué habría pensado de esa tentacular inteligencia artificial que quiere simular el infinito?) y la injusticia que impide, como quiso su amado Vallejo, que nos veamos al borde de una mañana eterna, desayunados todos.

Todo esto se ve complementado por una generosa sección de correspondencia con diversos intelectuales y amigos (William Rowe, José Miguel Oviedo, su albacea Martha Canfield, entre otros), además de un insólito intercambio con Kari Eielson, una pariente lejana que lo contactó desde Suiza y que lo acercó a su familia, muy escasa y dispersa por el mundo. Estas cartas reflejan cómo Eielson era capaz de combinar ternura, calidez, inteligencia y elocuencia, convirtiendo estas epístolas en otros artefactos dignos de su obra inmarchitable.

“El derecho al ensueño: escritos inéditos de Jorge Eduardo Eielson”

Autor: Varios

Editorial: PUCP

Año: 2026

Páginas: 424

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