Que César Acuña le haya dicho “chau” a la política no significa que este adiós alcance necesariamente a Alianza para el Progreso.
Su vínculo fundacional con este partido, con sus activos y pasivos, lo compromete de por vida.
De ahí que sea válido advertir de cuán complicado es el dilema de irse de la política.
Además, históricamente, la política peruana no reconoce despedidas ni epitafios entre sus actores y organizaciones. Tanto se van como vuelven. Tanto están abajo como arriba. Tanto se dan por perdidos como por reencontrados.
A veces ni el 1% de aprobación, como el de Alan García el 2000, en su retorno a la política, pudo descartar que el 2001 disputaría la presidencia con Alejandro Toledo y el 2006 vencería a Ollanta Humala y volvería a Palacio de Gobierno.
Acuña y APP, como todos los liderazgos y partidos, son parte del designio político imprevisible del país, en manos de electores que tienen sus demonios y de un JNE que también tiene los suyos. Un día el JNE sacó del sistema a dos partidos históricos: el Apra y el PPC; otro día hizo de la vista gorda para que Perú Libre accediera al gobierno; y hoy carga sobre sí el inexplicable enredo jurídico de la última elección municipal en Lima.
Desear o decidir irse de la política encierra un dilema hecho de ciclos quinquenales, en los que el ganador de la elección presidencial nunca sabe si culminará su gobierno, a causa de una vacancia o un golpe de Estado, y si el partido que lo llevó al poder vivirá o sobrevivirá con él o sin él.
Los ganadores de la elección parlamentaria llegan al ejercicio del poder con la pesadilla de la disolución del Congreso sobre sus cabezas y con la pérdida esencial de su sentido de representación. ¿Responden a sus electores, a sus bancadas, a sus facciones antidemocráticas? No es fácil saberlo.
De este modo, presidentes y parlamentarios pasan a existir frágilmente y en pugna sobre la frágil existencia de los partidos.
En medio del colapso de las organizaciones políticas del siglo XXI, desde Perú Posible hasta Peruanos por el Kambio, pasando por el Apra y el Partido Nacionalista, Acuña y APP han mantenido una ininterrumpida vigencia de 25 años, con influyentes representaciones parlamentarias, regionales y municipales, hasta su acelerado desgaste a lo largo de los vacíos de poder y las transiciones que marcaron la década del 2016 al 2026, entre Pedro Pablo Kuczynski y José María Balcázar.
Que ahora APP esté obligado a reinscribirse no descarta su reinvención futura, como cuando el 2006 le quitó al Partido Aprista su histórico bastión electoral del norte, al obtener la primera de tres victorias continuas por la municipalidad de Trujillo y la región La Libertad.
En sus efímeras integraciones y sus constantes fragmentaciones, los partidos políticos en el Perú son los que sus electores quieren que sean. No hay quien arroje la primera piedra respecto de cuál debe irse y cuál debe quedarse.

