domingo, mayo 24

Hay canciones que no necesitan parlantes. Nacen en la garganta de miles de personas y se convierten en una sola voz. Así sonó Matute este sábado. Desde varias horas antes del partido ante Los Chankas, cuando el sol todavía caía sobre las calles de La Victoria y las puertas del estadio recién empezaban a rodearse de camisetas blanquiazules, una consigna se repetía como una plegaria colectiva: “Quiero verte campeón”. No era un simple coro de un cántico de barra. Era un deseo acumulado durante los últimos tres años, pero también la certeza de que la historia estaba a punto de escribirse de azul y blanco.

LEE: Tabla de posiciones de la Liga 1: así va tras el empate de Universitario de Deportes

Alianza Lima llegó a la penúltima fecha del Torneo Apertura dependiendo únicamente de sí mismo. Un triunfo frente a Los Chankas bastaba para asegurar el título. Y el destino quiso que el desenlace ocurriera en casa, frente a 35 mil hinchas que agotaron las entradas desde el jueves y que transformaron Matute en una fiesta mucho antes del pitazo inicial. Los fuegos artificiales iluminaron el cielo victoriano. El humo azul y blanco cubrió las tribunas. Los cánticos bajaron desde las cuatro tribunas como una ola imposible de detener. Todo parecía preparado para una celebración que el pueblo aliancista llevaba días imaginando.

Pero los campeonatos no se ganan con la emoción de la previa. Había que jugar. Había que confirmar en el campo lo que el equipo había construido durante meses. Y Alianza respondió como lo hizo durante casi todo el Apertura: con autoridad, goleando 3-0 a su rival más cercano en la tabla de posiciones. Apenas a los 12 minutos, Jairo Vélez encontró el espacio necesario para abrir el marcador y provocar la primera explosión de la tarde. El grito de gol se sintió en cada rincón del estadio. Saltaron los titulares, los suplentes y los integrantes del comando técnico. La escena resumía una de las principales virtudes de este plantel: la sensación de que todos empujan en la misma dirección. Mientras el resto celebraba con euforia, Pablo Guede apenas apretó el puño. Su expresión transmitía calma. Sabía que todavía faltaba mucho.

La tranquilidad definitiva llegó quince minutos después. Eryc Castillo apareció para marcar el segundo y convertir la esperanza en convicción. El ecuatoriano salió disparado hacia un costado para celebrar con Fernando Gaibor, su compatriota y compañero de tantas batallas. Paolo Guerrero, el capitán de las grandes noches, reunió inmediatamente a sus compañeros. El mensaje fue claro: disfrutar sí, desconcentrarse no. El título estaba cerca, pero todavía había que terminar el trabajo. Esa madurez competitiva explica buena parte de la campaña que llevó a Alianza a la cima.

Eryc Castillo acabó como goleador del equipo con nueve tantos. (Foto: Jesús Saucedo / GEC)

`; document.body.appendChild(modalWrapper); let figcaption = modalWrapper.querySelector(«figcaption»); if(figcaption) figcaption.style.display=»none»; modalWrapper.querySelector(«.s-multimedia__close-modal»).addEventListener(«click»,()=>{modalWrapper.remove(); e.style.display=»flex»; if(caption) caption.style.display=»block»;});})})});});

En las tribunas ya se vivía otro partido. Los hinchas cantaban cada vez más fuerte. Algunos se abrazaban sin importar que aún quedaran minutos por jugar. Otros grababan videos para inmortalizar el momento. Muchos simplemente observaban el campo con los ojos brillantes. Otros, como un pequeño niño en la tribuna occidente, solo explotaban en llanto. Porque ser campeón siempre emociona, pero hacerlo en casa tiene un significado especial. Es una celebración íntima, familiar, compartida con quienes acompañan en las victorias y también en las derrotas.

El segundo tiempo tuvo menos vértigo y más administración. Alianza controló el encuentro con la serenidad de los equipos que entienden perfectamente lo que está en juego. Los Chankas intentó reaccionar, pero chocó contra una defensa que se convirtió en una de las grandes fortalezas del ciclo Guede. Y cuando el reloj se acercaba a los minutos finales, apareció uno de los símbolos de esa solidez. Renzo Garcés se elevó dentro del área y, con un cabezazo contundente, decretó el 3-0 a los 81 minutos. Ahí sí. Ahí terminó cualquier duda. Ahí empezó oficialmente la fiesta.

El pitazo final encontró a un estadio rendido ante su equipo. Los jugadores se abrazaron en el césped mientras las tribunas seguían cantando. Era el premio a una campaña notable. Alianza conquistó el Apertura tras construir números que explican su superioridad: ganó en plazas históricamente complicadas como Tarma, consiguió una goleada récord de 8-0 sobre Cusco FC, sumó 13 de 15 puntos posibles en ciudades de altura y mantuvo una consistencia defensiva extraordinaria, dejando su arco invicto en más de la mitad de sus partidos.

Pero las estadísticas cuentan solo una parte de la historia. La otra se encuentra en la conexión entre el equipo y su gente. En esa relación que volvió a fortalecerse durante estos meses. En los niños que celebraron junto a sus padres. En los adultos que recordaron títulos pasados. En las lágrimas que aparecieron cuando el campeonato dejó de ser una ilusión para convertirse en realidad.

Alianza Lima levantó su séptimo Torneo Apertura y dio el primer gran paso hacia un objetivo mayor. La historia dice que en cinco de las seis ocasiones anteriores en que ganó este certamen terminó proclamándose campeón nacional. El reto ahora será sostener el nivel durante el resto de la temporada. Pero esa preocupación pertenece al futuro.

Alianza Lima vs. Chankas por la jornada 17 del Torneo Apertura de la Liga 1 - 2026 en el Estadio Alejandro Villanueva (Matute).
Fotos: Jesús Saucedo/@photo.gec

Alianza Lima vs. Chankas por la jornada 17 del Torneo Apertura de la Liga 1 – 2026 en el Estadio Alejandro Villanueva (Matute).
Fotos: Jesús Saucedo/@photo.gec

`; document.body.appendChild(modalWrapper); let figcaption = modalWrapper.querySelector(«figcaption»); if(figcaption) figcaption.style.display=»none»; modalWrapper.querySelector(«.s-multimedia__close-modal»).addEventListener(«click»,()=>{modalWrapper.remove(); e.style.display=»flex»; if(caption) caption.style.display=»block»;});})})});});

La noche de Matute fue para celebrar. Para cantar. Para abrazarse. Para volver a sentir que el corazón de La Victoria late más fuerte cuando su equipo gana. Porque después de meses de esfuerzo, de trabajo y de convicción, Alianza Lima volvió a hacer feliz a su gente. Y pocas imágenes son tan poderosas en el fútbol peruano como 35 mil almas cantando al unísono el mismo sueño cumplido: ver a su equipo campeón.

Ya en la celebración, Pablo Guede decidió que todos los reflectores se dirijan a sus jugadores. No estuvo al momento de la premiación en la que Renzo Garcés recibió el título del Apertura. Tampoco estuvo Franco Navarro, director deportivo, quien prefirió la soledad en la tribuna luego de haberse abrazo en el campo con el técnico y su hijo Franco Navarro Mendayo. Los Navarro confiaron en Guede en una situación extrema (tras la eliminación tempranera de Alianza en la Libertadores) y ahora celebran el fruto de su arriesgada decisión.

Share.
Exit mobile version