Hay una pregunta que el Perú debería hacerse con urgencia: ¿qué ocurrirá primero, el desarrollo de todos nuestros grandes proyectos cupríferos o el próximo cambio del ciclo internacional de los precios de los metales?
Hay una pregunta que el Perú debería hacerse con urgencia: ¿qué ocurrirá primero, el desarrollo de todos nuestros grandes proyectos cupríferos o el próximo cambio del ciclo internacional de los precios de los metales?
La pregunta no es trivial. Hoy el mundo vive una transformación tecnológica que está elevando estructuralmente la demanda por cobre. La electrificación del transporte, el crecimiento de las redes de transmisión, la expansión de los centros de datos para inteligencia artificial y el boom de las energías renovables requieren cantidades crecientes de este metal.
La oferta mundial tendrá enormes dificultades para seguir el ritmo de esa demanda. Desarrollar una nueva mina toma más de una década y los grandes yacimientos son cada vez más escasos. El mercado anticipa un escenario de precios elevados porque el cobre comienza a ser un recurso estratégico, no solo un ‘commodity’.
Pero la historia económica enseña otra lección igualmente importante: ningún ciclo de precios dura para siempre. Los mercados de metales son, por naturaleza, cíclicos. Incluso durante los llamados “superciclos” existen correcciones provocadas por desaceleraciones económicas, cambios en la demanda mundial, tensiones geopolíticas o ajustes financieros. Una tendencia estructural positiva no asegura una subida permanente de precios, eso sería un error de diagnóstico.
Precisamente por ello, el debate relevante no es cuánto llegará a valer el cobre dentro de cinco años, sino qué hará el Perú mientras el ciclo todavía juega a su favor. Nuestro país posee una de las mayores reservas cupríferas del planeta. Sin embargo, las reservas no generan crecimiento; lo hacen las inversiones que las convierten en flujos económicos futuros.
Si el gobierno que lidera la señora Keiko Fujimori aspira a inaugurar un nuevo ciclo de crecimiento, difícilmente encontrará una oportunidad más clara que la minería del cobre. Pero el objetivo no puede reducirse a destrabar expedientes. Se requiere una política minera de Estado que combine estabilidad jurídica, modernización de permisos, inversión concurrente en infraestructura, fortalecimiento institucional y una relación más armónica entre el Estado, las comunidades y las empresas. La competitividad minera no depende únicamente de la riqueza geológica; depende, sobre todo, de la calidad de las políticas públicas.
Nuestro gran desafío consiste en actuar antes que cambie el ciclo. Las minas que comiencen a construirse en los próximos años producirán cuando el mundo continúe demandando cobre en grandes volúmenes. Las que sigan esperando autorizaciones probablemente lleguen cuando los precios hayan iniciado una nueva fase descendente.
Nuestra ventaja competitiva no consiste en tener cobre bajo la tierra, sino en ser capaces de transformarlo en prosperidad antes que nuestros competidores. El mercado no esperará al Perú. La historia tampoco.

