Aceptar un cargo público, y más aún una responsabilidad ministerial, exige mucho más que conocimiento, experiencia o capacidad de gestión. Exige aprender el difícil arte de la ubicuidad: saber cuándo estar, cuándo hablar, cuándo escuchar y, sobre todo, cuándo guardar silencio.
En la gestión pública como en el ‘management’, más no siempre es más. Muchas veces, más es menos. Menos exposición puede significar más autoridad. Menos palabras, más credibilidad. Menos protagonismo, más liderazgo. Porque liderar es, ante todo, servir. Y servir supone entender que el poder no necesita ser exhibido permanentemente para existir. La autoridad se construye con consistencia, con respeto, con decisiones sólidas y con la capacidad de hacer que otros también puedan brillar.
La prudencia es, probablemente, la madre de todas las protecciones. Hablar de más, querer figurar de más, interrumpir públicamente a otros –especialmente a quienes tienen menos autoridad para defenderse– o arrogarse espacios que no corresponden pueden parecer una demostración de poder. En realidad, suele ser una demostración de inseguridad. Y la factura llega rápido: en credibilidad, respeto y, finalmente, legitimidad.
También en política como en la vida empresarial, hay que aprender a “esquivar la mediocridad”, tal como reza el título del libro del genial consultor español Xavier Marcet. Ser auténticos. No pretender saberlo todo. Tener la serenidad de decir: “No lo sé; lo voy a averiguar”. Esa frase, lejos de restar autoridad, puede ser una de las mayores expresiones de inteligencia y humildad.
La inconsistencia y la arrogancia desgastan. La empatía construye. La sobriedad da perspectiva. El respeto por los demás –y por los límites que corresponden a cada posición– debería ser parte esencial de una verdadera cultura de gestión.
Quizá hoy necesitamos más estrategia y menos publicidad; más propósito y menos protagonismo; más escucha y menos interrupción; más trabajo y menos exhibición. Comunicar bien no significa ocupar todos los espacios. Significa saber elegirlos. Significa hablar con sencillez, sin exagerar, sin copar, sin convertir cada aparición en una demostración de poder. La verdadera autoridad no necesita recordarnos todos los días que existe. Se siente. Y cuando está acompañada de respeto, coherencia, prudencia y servicio, se vuelve mucho más poderosa que cualquier exposición pública.
Al final, el liderazgo no se mide por cuánto espacio ocupamos, sino por cuánto valor somos capaces de generar en aquel espacio que nos haya tocado ocupar.
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