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Daniela Tovar nos dice que hoy es colibrí. Al periodista que escribe esta nota lo ve pingüino, y al fotógrafo que la retrata, gallinazo. Para decir qué ave es cada persona, dice la pintora, primero hay que conversar. “La personalidad marca su espíritu plumífero”, explica, y por eso ella se siente como aquel pajarillo tímido y esquivo. Esa ave y otras más aparecerán el 10 de octubre en La Rebelde Librería, donde presenta “Storyteller”, una exposición que transforma a personajes de la mitología griega en pájaros.
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Tovar, artista e ilustradora radicada en Valencia, busca con la acuarela hacer visible lo intangible, pero antes estudió lo concreto al prepararse para ser arquitecta de interiores. Luego probó con la ilustración infantil y las artes escénicas, y entre 2016 y 2020 se formó, como un aprendiz renacentista, con el pintor realista Eduardo Deza. Él enseñaba óleo; ella sentía que la naturaleza etérea de la acuarela se parecía más a lo que quería decir.
Salió entonces a buscar maestros en Lima, Madrid, Sevilla, Salamanca y Roma, e ilustró para la editorial peruana Colmillo Blanco. Hasta que un taller más dejó de cambiarle algo y la pregunta volvió. “¿Qué es lo que yo quería contar con todo esto que he adquirido?”, recuerda. La respuesta es esta muestra, síntesis de años de búsqueda, donde se reúnen las aves de toda su vida.

La muestra no pretende ser una enciclopedia ilustrada de la mitología griega sino un recorrido personal por los mitos que han tocado la vida de la artista. Fotos: Julio Reaño/@photo.gec
/ JULIO REAÑO
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El pudor de los símbolos
Que la vida de Tovar esté llena de símbolos, señala la artista, es gracias a Borges. El escritor argentino, cuenta, escribía así por pudor, no por frialdad, y ella pinta por la misma razón. “No hablo de biología porque no quiero explicar, sino interpretar”, dice. “Quiero protegerme al hacer mi arte, y que otros interpreten su propia historia a través de la mía, porque soy desagradablemente sentimental”.
Para ella cada ave carga un sentido. De niña, abrumada por el ruido visual de Lima, fijaba la vista en un pajarito del cable o del techo, y se calmaba. Luego empezó a leer señales, como el colibrí que trae buena suerte, el pájaro rojo que manda un abuelo fallecido o el tordo negro que representa para ella el conocimiento. “Es como ver pasar a la Mona Lisa volando”, comenta.
Los significados cambian con la cultura. Para los griegos, el pavo real lleva en la cola los ojos de un titán leal a Hera, sin rastro de vanidad. El cuervo, ave de mal agüero en Occidente, puede significar otra cosa en Oriente. La garceta con zapatillas de ballet que pintó en algún momento encarnó para ella la resiliencia, “y para el comprador de esa pintura significaba un grato recuerdo de un momento de su vida”, señala.
Durante su estadía en Lima prepara además dos talleres. El primero, de acuarela sobre la selva, es para niños hospitalizados del Instituto Nacional de Enfermedades Neoplásicas, que no pueden salir de su habitación. El segundo, aún sin fecha fija, es un taller para abogados estresados, donde aprenderán que, al igual que la acuarela, las cosas pueden tomar un rumbo diferente. “Hay pintores que retratan la realidad, que la denuncian; yo quiero que mis cuadros puedan ayudar a descansar a quien se encuentre agotado por tantas luchas”, concluye.

