Carol Núñez Vélez
Psicóloga y comunicadora
Lo ocurrido en el Liceo Naval Almirante Guise ha generado indignación por la gravedad de la denuncia. Pero mientras las autoridades determinan responsabilidades, hay una pregunta que no deberíamos perder de vista: ¿qué pasa antes de que una situación de violencia llegue a un extremo? El bullying rara vez comienza con el episodio más grave. Muchas veces empieza mucho antes, con una burla que nadie detiene, un apodo que incomoda, una humillación celebrada por el grupo o una agresión que alguien decide interpretar como una simple “broma”.
Ese proceso tiene un componente psicológico importante: la normalización. Cuando una conducta se repite y el entorno deja de cuestionarla, poco a poco pierde su capacidad de alarmarnos. El problema no es solamente quien agrede. También importa el grupo que observa, ríe, graba, comparte o simplemente aprende que intervenir tiene un costo. En determinadas dinámicas escolares, pertenecer puede convertirse en algo tan importante que algunos adolescentes prefieren adaptarse al comportamiento colectivo antes que enfrentarse a él.
Por eso frases como “son cosas de chicos”, “así se llevan entre ellos” o “tiene que aprender a defenderse” no son inocentes. Pueden convertirse en maneras de minimizar señales que deberían preocuparnos. Una cosa es el conflicto natural entre adolescentes y otra muy distinta una relación sostenida en la humillación, el miedo o el abuso de poder. Cuando los adultos confundimos ambas situaciones, podemos terminar enseñándoles a los jóvenes que existen violencias que deben soportarse para pertenecer.
También debemos mirar a quienes observan. Frente al bullying solemos pensar únicamente en dos posiciones: víctima y agresor. Sin embargo, alrededor existe casi siempre un tercer actor: el espectador. Es quien presencia una agresión y tiene que decidir, muchas veces en segundos, si interviene, busca ayuda, se retira, ríe o guarda silencio. Educar contra el bullying también significa trabajar con esos espectadores y enseñarles que pedir ayuda por otra persona no es delatarla ni traicionar al grupo.
Y aquí aparece una responsabilidad que corresponde a los adultos. Una institución educativa no debería actuar solamente cuando ocurre un episodio grave. Profesores, padres, psicólogos y autoridades necesitan aprender a reconocer cambios de conducta, aislamiento, temor a asistir al colegio, modificaciones repentinas en los grupos de amigos o bromas recurrentes dirigidas siempre hacia la misma persona. Ninguna señal aislada necesariamente demuestra que existe bullying, pero varias de ellas deberían ser suficientes para escuchar, preguntar y observar antes de descartar.
Los padres tenemos, además, una responsabilidad que no podemos delegar por completo en el colegio. Conocer con quiénes se relacionan nuestros hijos, interesarnos por lo que ocurre en sus grupos, prestar atención a cambios que parecen pequeños y conversar también sobre cómo tratan ellos a los demás forma parte de la prevención. Porque acompañar no significa solamente preguntarnos si nuestro hijo puede estar siendo víctima. También implica atrevernos a preguntarnos si está participando de una humillación, si la celebra, si la observa en silencio o si necesita herramientas para decir basta cuando todos los demás prefieren seguir.
Hay además algo especialmente delicado en la adolescencia: pedir ayuda no siempre es sencillo. A esa edad importa enormemente la mirada de los demás. Reconocer que algo nos está haciendo daño puede sentirse como exponerse todavía más. Por eso no basta con decirles a nuestros hijos “cuéntame cualquier cosa”. Debemos construir previamente una relación en la que sepan que, cuando finalmente hablen, serán escuchados sin interrogatorios, burlas, culpabilización ni respuestas automáticas.
Quizás esa sea una de las principales reflexiones que este caso debería dejarnos. La prevención de la violencia escolar no comienza después de una denuncia. Empieza mucho antes, cuando enseñamos que poner límites no es debilidad, que pedir ayuda no es vergonzoso y que pertenecer a un grupo nunca debería exigir soportar una humillación. Porque una comunidad verdaderamente segura no es aquella en la que nunca ocurre un conflicto, sino aquella que sabe reconocerlo y actuar antes de que la violencia termine convirtiéndose en paisaje.



