La agresión contra Julio César Uribe no originó la crisis de Sporting Cristal. La expuso. Detrás del ataque hay una temporada de decisiones fallidas, cambios de entrenador, resultados que no corresponden a la historia del club y una hinchada que dejó de creer. Eso sí, nada justifica la violencia, en absoluto. Pero urge entender qué pasa en el Rímac y por qué el ídolo terminó pagando los platos rotos. Cómo es que se llegó hasta aquí y qué caminos hay para salir a flote.
La agresión contra Julio César Uribe no originó la crisis de Sporting Cristal. La expuso. Detrás del ataque hay una temporada de decisiones fallidas, cambios de entrenador, resultados que no corresponden a la historia del club y una hinchada que dejó de creer. Eso sí, nada justifica la violencia, en absoluto. Pero urge entender qué pasa en el Rímac y por qué el ídolo terminó pagando los platos rotos. Cómo es que se llegó hasta aquí y qué caminos hay para salir a flote.
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Julio César Uribe, uno de los grandes nombres de la historia celeste y hoy director general de fútbol del club, fue agredido por presuntos hinchas después de los entrenamientos. Al día siguiente, sentado frente a los periodistas en La Florida, no intentó esconder el problema. Tampoco justificó la violencia.
“Estamos un poco lejos de nuestra historia y el hincha tiene razón, pero no acepto la agresión”, dijo.
La frase permite separar dos cosas que en estas horas corren el riesgo de mezclarse: el reclamo de la hinchada y la violencia. Lo primero existe y tiene razones deportivas. Lo segundo es inadmisible.
Porque antes del golpe a Uribe hubo otra acumulación de golpes. Sporting Cristal cambió de entrenador, volvió a cambiar de entrenador, quedó fuera de la Copa Sudamericana en una llave decepcionante ante Bragantino y perdió terreno en el torneo local. Actualmente, ocupa el décimo lugar del acumulado con 29 puntos: ocho victorias, cinco empates y once derrotas.
Si seguimos escarbando a nivel deportivo, está por alcanzar el récord de partidos sin ganar de visitante y como en el 2009 podría quedarse sin competencias internacionales.
La pregunta, entonces, ya no es únicamente qué pasó con Uribe. Es cómo un club acostumbrado a pelear arriba terminó discutiendo su propia identidad.
Conferencia de prensa del director general del club Sporting Cristal, Julio César Uribe. Foto: Fernando Sangama / @photo.gec
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Mucho antes de la agresión.
El primer cambio llegó en marzo, cuando Sporting Cristal decidió terminar la etapa de Paulo Autuori, quien había dirigido al equipo desde abril de 2025. La salida se produjo después de una serie de resultados irregulares y abrió la búsqueda de un nuevo proyecto para 2026.
La apuesta fue Zé Ricardo. El brasileño llegó en abril con contrato hasta diciembre de 2027 y con la misión de recuperar competitividad en la Liga 1 y en la Copa Libertadores. Era, en teoría, una apuesta de mediano plazo.
Duró poco. Muy poco…
La campaña no encontró estabilidad y el club volvió a mover el banco. En junio, Zé Ricardo dejó la institución y Roberto Mosquera regresó a La Florida para hacerse cargo del equipo durante el resto de la temporada.
Ahí aparece el primer gran problema: Sporting Cristal cambió de entrenador tres veces en una misma temporada (además de un interino) buscando corregir un problema que no parecía estar solamente en el entrenador.
La salida de Autuori fue seguida por la contratación de Zé Ricardo. La salida de Zé Ricardo fue seguida por el regreso de Mosquera. Y la llegada de Mosquera tampoco consiguió transformar inmediatamente al equipo.
En julio llegó otro golpe: la eliminación de la Copa Sudamericana ante RB Bragantino. El propio Mosquera reconoció después del partido que Cristal había competido, pero no había conseguido el resultado.
Después llegó el torneo local.
El 30 de agosto, Sport Boys venció 1-0 a Cristal en el Miguel Grau y terminó con una racha de 19 años sin derrotar a los celestes. Fue la séptima fecha del Clausura y dejó al equipo de Mosquera con apenas tres triunfos en siete partidos de esta segunda parte del campeonato.
La derrota fue el último resultado antes de la agresión.
Pero no fue la causa.
Fue el fósforo sobre una superficie que llevaba meses acumulando combustible.
Es responsable de una parte. No de toda. Ese matiz resulta fundamental.
Uribe ocupa desde hace un año el cargo de director general de fútbol. Por su posición, participa en la conducción deportiva y es una de las personas que debe responder por el rumbo del área. Por eso es lógico que sea cuestionado.
Lo que no resulta serio es convertirlo en el único responsable de una crisis que empezó antes de su actual etapa y que involucra decisiones de diferentes niveles.
El propio Uribe lo explicó el viernes:
“Desde mi responsabilidad, le pedimos disculpas a la hinchada, pero tengo un año como director general y nuestro problema es de mucho más tiempo”.
La frase tiene dos partes. La primera es asumir. La segunda obliga a mirar hacia atrás.
¿Quién decidió la contratación de Autuori? ¿Quién aprobó la llegada de Zé Ricardo? ¿Por qué un entrenador contratado hasta 2027 terminó saliendo meses después? ¿Quién decidió recurrir nuevamente a Mosquera? ¿Quién construyó el plantel? ¿Quién define los refuerzos? ¿Quién evalúa las salidas?
Responder esas preguntas permitirá saber cuánto de la crisis corresponde a Uribe y cuánto corresponde a la estructura que está por encima y alrededor de él.
Porque una cosa es ser responsable de la conducción deportiva. Otra, ser responsable de todo lo que ocurre en un club.
Uribe, además, no renunciará.
Después del ataque, confirmó que continuará en el cargo y aseguró:
“Por principios uno nunca debe abandonar el barco cuando las cosas están mal, voy a seguir luchando, voy a seguir peleando”.
La decisión está tomada. Ahora empieza la parte difícil: demostrar que quedarse sirve para cambiar las cosas.

Roberto Mosquera se retira molesto al no poder brindar conferencia de prensa (Foto: @NKADIGITALTV)
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En la falta de continuidad. El caso de los entrenadores es apenas la expresión más visible. En menos de un año, Cristal pasó de Autuori a Zé Ricardo y de Zé Ricardo a Mosquera.
Pero cambiar al técnico no cambia automáticamente un modelo deportivo. El club necesita responder qué quiere ser.
¿Un equipo que apuesta por jóvenes? ¿Uno que combina experiencia y proyección? ¿Un club exportador que prioriza desarrollar futbolistas? ¿Una institución construida para ganar inmediatamente? ¿Puede hacer las dos cosas?
Son preguntas que deberían estar resueltas antes de elegir al entrenador y contratar jugadores. Hoy la sensación es la inversa: se toman decisiones para corregir los problemas que aparecen durante la marcha. Eso explica buena parte de la incertidumbre.
Cuando Zé Ricardo llegó, el mensaje era el de una apuesta de largo plazo. El contrato anunciado llegaba hasta 2027. Dos meses después, el club ya estaba buscando otra solución.
Cuando llegó Mosquera, la prioridad pasó a ser recuperar competitividad durante el Clausura. Y el propio Uribe ha reconocido ahora que el futuro del entrenador será evaluado al terminar el año. Entonces aparece una pregunta que Cristal deberá responder antes de diciembre: ¿Está buscando otro entrenador o está construyendo un proyecto?
Joel Raffo es presidente de Sporting Cristal desde octubre del 2019 (Jesús Saucedo/ GEC)
/ JESUS SAUCEDO
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Sí. Y eso no convierte en justificable la agresión.
Los números explican parte del malestar. Después de 24 partidos, Sporting Cristal tiene 29 puntos y un registro de 8 victorias, 5 empates y 11 derrotas. Es décimo en la tabla acumulada.
Para un club acostumbrado a disputar los primeros lugares, no es una posición menor. También existe una deuda internacional. La eliminación ante Bragantino volvió a dejar al equipo fuera de una competición continental antes de alcanzar una instancia que permita hablar de una campaña satisfactoria.
Y existe, sobre todo, una sensación que los números no pueden medir: la pérdida de confianza. El hincha dejó de esperar que el siguiente partido sea el comienzo de una recuperación. Ahora espera el siguiente problema.
Eso es lo que explica la tensión. Pero también aquí debe existir una frontera.
El propio Sporting Cristal fue claro después de la agresión: la crítica y la discrepancia son legítimas; la violencia, la intimidación y el agravio no lo son.
Uribe lo resumió mejor desde su lugar de víctima:
“Acepto los reclamos de los hinchas, pero no la agresión”. Un club puede y debe escuchar a su hinchada. Lo que no puede hacer es permitir que la violencia se convierta en un mecanismo de decisión.
No alcanza con ganar el próximo partido. Tampoco alcanza con cambiar al entrenador. Sporting Cristal necesita una evaluación mucho más incómoda: revisar cómo está tomando sus decisiones deportivas.
El primer paso es definir quién manda. Si Uribe continuará, debe quedar claro cuál es su autoridad, qué decisiones puede tomar y con qué respaldo las ejecutará. Si el directorio será quien determine las principales decisiones, también debe asumir públicamente esa responsabilidad.
El segundo paso es definir un proyecto. Eso significa evaluar al plantel, al comando técnico y a las incorporaciones, pero también determinar qué fútbol quiere jugar Cristal y qué futbolistas necesita para hacerlo.
El tercero es recuperar competitividad. Los 29 puntos en 24 partidos no son solamente una estadística. Son la consecuencia de una temporada en la que Cristal ganó ocho partidos y perdió once.
Y el cuarto es reconstruir el vínculo con el hincha. No desde la concesión a la violencia, sino desde las respuestas. El hincha puede equivocarse en la forma y tener razón en el fondo. Cristal tiene que ser capaz de escuchar esa segunda parte sin aceptar nunca la primera.
Por eso la conferencia de Uribe terminó teniendo un significado mayor al de una simple respuesta después de una agresión. El ‘Diamante’ reconoció que el equipo está lejos de su historia. Dijo que conoce las decisiones que deben tomarse y que serán tomadas “sin sentimentalismos”. También confirmó que seguirá.
Ahora tendrá que demostrarlo.
La agresión a Uribe fue el límite que no debió cruzarse. Pero también fue una alarma. Y ahí viene otro problema, quizá el más crucial: la distancia entre el hincha y el club hoy en día se define por la percepción negativa de quien los gobierna, Joel Raffo.
Quizá la piedra mayor que impide la comunión entre club e hincha, responsabilidad ganada a pulso por errores y apuestas fallidas que podríamos enumerar en estos siete años. Basta con recordar una: el hecho histórico de ver enmarrocado a un presidente rimense. Esa escena no se olvida, ni se perdona para el hincha.
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