La selección peruana atraviesa un proceso en el que mirar más allá de los resultados inmediatos resulta inevitable. Con el Mundial 2030 como horizonte, Mano Menezes empezó a ampliar el universo de jugadores observados y a darle espacio a una generación que todavía necesita experiencia, continuidad y tiempo para consolidarse.
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Noriega, por ejemplo, ya dio el salto al fútbol brasileño después de su etapa en Alianza Lima y fue precisamente Menezes quien recomendó su contratación por Gremio. Fabio Gruber juega en Alemania y ya forma parte habitual de las convocatorias. Alfonso Barco encontró en Croacia una oportunidad para relanzar su carrera. Joao Grimaldo continúa su experiencia en Europa después de salir del fútbol peruano y Bassco Soyer, con apenas 19 años, representa uno de los proyectos de mayor proyección dentro del grupo.
En el torneo local también hay nombres que Menezes viene siguiendo de cerca. Matías Zegarra y Matías Lazo pertenecen a Melgar; Marco Huamán y César Inga han tenido participación con Universitario y Alianza Lima, respectivamente; mientras que Adrián Quiroz, luego de su etapa en Los Chankas, también se incorporó al cuadro crema.
Pensando en el Mundial 2030, el escenario puede cambiar considerablemente. Los referentes actuales seguirán teniendo un papel importante mientras mantengan su nivel. Yoshimar Yotún, por ejemplo, representa experiencia y liderazgo, mientras que Pedro Gallese continúa siendo una figura de peso dentro del vestuario.
Pero una selección que quiera competir en el próximo proceso necesitará mucho más que los nombres que hoy sostienen al equipo. Necesitará jugadores que dentro de cuatro años hayan acumulado experiencia internacional, partidos importantes y, sobre todo, continuidad.
Ahí aparece el verdadero valor de este 51%. No significa que los 17 Sub 25 vayan a ser la base de Perú en 2030. Tampoco que todos vayan a consolidarse. Lo que sí representa es un universo que antes no tenía necesariamente el mismo espacio dentro de la selección y que ahora está siendo observado directamente por el comando técnico.
Menezes dijo que no llegó para revolucionar el fútbol peruano. Y quizá esa sea precisamente la clave para entender su trabajo hasta ahora. La revolución, si llega, no necesariamente tendrá que ser inmediata ni estruendosa. Puede construirse poco a poco, convocatoria tras convocatoria, mientras una generación que hoy todavía está buscando su lugar comienza a tomar el espacio que necesitará cuando llegue el momento de pensar seriamente en 2030.
Porque el próximo Mundial todavía está lejos. Y para Perú, quizá lo más importante sea que los jugadores que lleguen a ese momento ya no sean una promesa, sino una realidad.
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